¿Es posible una Nicaragua bilingüe?

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¿Podría convertirse Nicaragua en una nación bilingüe? Esta es una pregunta pertinente como parte de la reflexión que hemos venido manteniendo sobre reformas educativas que podrían cambiar el país cuando caiga la dictadura (“Educar, ¿para qué?”, LA PRENSA 18 agosto).

Imaginemos por un instante qué sería de Nicaragua si se convirtiera en el primer país bilingüe de Centroamérica; uno donde sus egresados de secundaria hablaran con fluidez suficiente el inglés. Su importancia al nivel individual es indiscutible; hace a las personas más empleables y las abre a toda la vasta literatura profesional, técnica y científica, que se produce en ese idioma. Menos meditada es el gran impacto que tendría a nivel nacional si se masificara al punto de crear una juventud verdaderamente bilingüe.

Una primera consecuencia sería la proliferación de calls centers. Esta es una ventaja que ha capitalizado la India a consecuencia de haber adoptado el idioma inglés al ser colonizada por Inglaterra, pero con la desventaja de no estar en el mismo huso horario de Estados Unidos. Cuando es mediodía en ellos es medianoche en la India. Esto crea serios problemas de comunicación que no tendría Nicaragua.

Otro plus es que el país se convertiría en un imán para las inversiones. Puede ilustrar el punto una experiencia que viví siendo rector de la universidad bilingüe, Ave María College, en San Marcos, cuando nos visitó un grupo de inversionistas norteamericanos interesados en expandir sus operaciones en Centroamérica. Ellos querían saber cuántos egresados podríamos producir. Les pregunté entonces sobre sus planes de inversión, alegando que nos servirían para estimar cuántos debíamos graduar. “No es esa la pregunta correcta”, me dijo el gringo, “díganos ustedes primero cuántos profesionales pueden producir en X plazo y nosotros les diremos cuánto podremos invertir en Nicaragua”.

Moraleja: el recurso humano es primero. Hacerlo bilingüe aumentaría muchísimo la productividad y las posibilidades de progreso del país entero. Evidentemente, no bastará para lograrlo impartir algunas clases de inglés a la semana. Habría que sumergir a los estudiantes en dosis intensas de inglés, desde preescolar y los primeros años de primaria —cuando los alumnos aprenden con idiomas con más facilidad— hasta lograr que la mayoría de las asignaturas de secundaria se impartan en dicho idioma.

Lo más difícil en este ambicioso plan es, evidentemente, vencer el talón de Aquiles de todo el sistema escolar nicaragüense: la baja calidad de sus docentes. Habría que conseguir suficientes y bien capacitados maestros de inglés lo que exigiría medidas como importar muchos y apelar a los modernos medios de educación a distancia. Esto requeriría a su vez de una voluntad política dispuesta a financiar el proyecto y perseverar en el mismo. Pero es realizable. La historia colonial muestra como las potencias occidentales lograron hacer de sus idiomas la lengua oficial de sus dominios de ultramar. Inglaterra, entre ellas, logró convertir a una India plagada de dialectos en un país angloparlante, dándole, de rebote, la mejor de sus herencias.

El reto es formidable y costoso. Pero los beneficios que traería para la nación y su juventud serían extraordinarios. Es intentando lo imposible como se realiza lo posible (Henri Barbusse). Hay que pensar fuera de la caja y atreverse a soñar. Proyectos de este tipo podrían enrumbar a Nicaragua hacia una prosperidad insospechada. La dotarían de una gran ventaja competitiva, revolucionaría sus universidades y abriría a su juventud horizontes mucho más luminosos.

El autor es sociólogo. Exministro de Educación.

COMENTARIOS

  1. Hace 10 meses

    La idea que llevamos todos los nicas en el corazón, parafraseando a nuestro Rubén:
    “Si la patria es pequeña, uno grande la sueña.”

    Normalmente tengo mis reservas con el señor Belli por sus posiciones teológicas, pero no es nada personal. Como dicen los gringos: “only business.”

    Y es que, ¿quién no ha soñado con Nicaragua? Yo he soñado con construir, con mi propio esfuerzo y dinero, en aquella escuelita primaria donde estudié, un verdadero liceo dedicado a enseñar inglés, ciencia y tecnología. A veces me quedo en un trance, imaginando lo que se podría lograr.

    Sueño con darles a los muchachos la posibilidad de ver en vivo los experimentos que, en mi niñez, sólo podía abstraer en teoría gracias a la entrega y la nobleza de mi profesora. Recuerdo cuando nos explicó el sistema solar: con una vieja bola de tenis y otra de jacket, nos mostraba la relación entre el sol y la tierra bajo la fuerza de la gravedad. Me emociona pensar cómo sería poder volver y explicar, ahora yo, que la gravedad no es realmente una fuerza, sino la distorsión del espacio-tiempo ante la presencia de un objeto masivo, y que incluso la luz se curva al modificarse su trayectoria. Sonrío como un niño al imaginarlo.

    Pero luego aterrizo. Sé que si estuviera en Nicaragua, el gobierno me metería preso por no permitir en mis clases el culto a la personalidad de la dictadura bicéfala, ni de ningún caudillito de turno. Y de inmediato, el globo se desinfla.

    Entonces sólo me queda resignarme a cantar, con la voz entrecortada de la nostalgia:
    “Pero ahora que seas libre, Nicaragüita, yo te amaré mucho más.”

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