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No hacen falta argumentos para concluir que nada impulsa más el desarrollo de un país que mejorar sus recursos humanos. Pero no existe la misma claridad con respecto a cuáles deben ser los principales contenidos de la educación. Aquí propondré algunos. El primero, y a su vez el más básico y general es que el objetivo primordial de la educación debe ser la formación de mejores ciudadanos.
La enseñanza de habilidades cognitivas o técnicas son indudablemente muy importantes, pero con la advertencia de que su contribución al bien común depende de la primera. Enseñarle administración a un buen ciudadano no es lo mismo que enseñársela a un gánster. Queremos aumentar las capacidades de gente buena no de gente mala. Precisamente uno de los factores que más causa corrupción, criminalidad y pobreza en muchas sociedades es el déficit de buenos ciudadanos.
Debe pues ocupar un lugar preeminente en el currículo escolar las enseñanzas que más contribuyen a mejorar la calidad ética y cívica de los alumnos. Aunque idealmente el más importante sitial de este esfuerzo debería ser la familia y subsidiariamente iglesias o instituciones de formación, en países como Nicaragua la inmensa mayoría de las familias son disfuncionales; más del 70 por ciento son rotas, en gran parte por el abandono paterno, y pocos progenitores asumen su responsabilidad educativa. Le tocará pues al Estado asumir gran parte de este papel formativo.
Una primera política para lograrlo es aplicar el ejemplo de una de las sociedades más exitosas del planeta: Singapur. Su novedad, que puede resultar extraña para quienes tienen una visión estrecha de lo que deber ser el Estado laico, fue reivindicar el papel educativo de la enseñanza religiosa. Sus escuelas ofrecen clases de las principales religiones del país, como budismo, cristianismo, islam e hinduismo.
La razón de fondo de esta política no fue confesional sino eminentemente pragmática; el convencimiento de que las religiones son una de las mejores transmisoras de valores. Una realidad empíricamente comprobable es el extraordinario poder civilizador que ha tenido el cristianismo. Estadísticamente es demostrable también que las personas con formación religiosa suelen tener conductas más éticas.
No es de extrañarse. La religión judeo-cristiana arranca con la enseñanza de los diez mandamientos y continúa con la prédica incesante del amor, del servicio, la compasión, etc., junto con la importancia de evitar el pecado. Un hilo subyacente es su concepto de la responsabilidad personal; uno se salva o condena por sus propias decisiones, más la creencia de un premio o castigo final. Podrá algún lector agnóstico o ateo reírse de estos preceptos, pero no ignorar el hecho de que rechazarlos suele resultar en personas menos éticas. Excepciones siempre las hay y habrá, pero la regla general es esa. Un estudio descubrió, en Estados Unidos, que más del 95 por ciento de los criminales son completamente irreligiosos.
¿Cómo reconciliar la enseñanza religiosa con la libertad de conciencia y el Estado laico? Es sencillo: se dejará a los padres de familia que decidan las clases de religión (católica, evangélica, mormona, etc.) que desean para sus hijos y también se eximirá de estas a quienes no quieran ninguna.
Junto con la anterior, y con obligatoriedad para todos, deberá enfatizarse la educación en virtudes. Sólo por mencionar algunas; la honradez, la responsabilidad, la constancia, la diligencia, la templanza o auto control, el orden, la puntualidad, la limpieza y varios etcéteras. El ex secretario de educación de Ronald Reagan, William Bennett, produjo con este fin un libro excepcional titulado: El Libro de las Virtudes. Evidentemente esto demandará un elaborado proceso de reeducación y selección de los maestros.
Deberá ser también relevante la formación cívica. El sistema escolar debe formar ciudadanos que amen y estén dispuestos a luchar por la libertad, la democracia, y los derechos humanos. Y, como corolario, que detesten y sepan detectar el autoritarismo y los abusos de poder; que no sucumban a los engaños del populismo y que conozcan las barbaries cometidas por los enemigos de la libertad.
En la próxima entrega abordaré aspectos más utilitarios de la educación, entre otros la propuesta de generar una juventud bilingüe —inglés español— el énfasis en aprender a pensar, en lugar de memorizar, y la importancia de las matemáticas.
El autor es sociólogo. Exministro de Educación.