Patocracia y ponerología

El antropólogo cultural salvadoreño Marvin Aguilar asegura que el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, está implantando en ese país un sistema de gobierno denominado patocracia.

Bukele inició su carrera política en el partido de extrema izquierda FMLN, pero se convirtió en derechista autoritario y en junio de 2019 asumió la Presidencia de El Salvador al obtener más de 53 por ciento de votos en la elección presidencial. Al mismo tiempo consiguió una amplia mayoría legislativa que le permitió colonizar a las demás instituciones del Estado y convertirse en un presidente sumamente poderoso.

Bukele desplegó una violenta y exitosa campaña contra la mara Salvatrucha, pero al mismo tiempo suprimió los derechos políticos de todos los salvadoreños. Y luego de una mañosa reforma constitucional se reeligió todavía con más respaldo popular y fortaleció su poder autoritario.

Más recientemente Bukele hizo reformar la Constitución para reelegirse de manera indefinida —igual que Daniel  Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela— y así atornillarse en el poder de manera vitalicia.

El antropólogo cultural salvadoreño antes mencionado asegura que el sistema político establecido por Bukele es una patocracia, como se llama en la ciencia política a “un tipo de sistema político en el cual personas con trastornos psicológicos, especialmente trastornos de personalidad como la psicopatía, llegan al poder y dominan las estructuras de gobierno y control social”.

En un artículo de opinión publicado en La Prensa Gráfica de El Salvador, Aguilar explica que el término ponerología política lo creó el estudioso polaco Andrzej Lobaczewski, quien fue víctima de las atrocidades de los nazis y durante su cautiverio estudió minuciosamente sus personalidades. Y explica que de la ponerología política se deriva la patocracia, que es un sistema político controlado por personas que carecen de empatía, tienen rasgos patológicos y problemas graves de personalidad y se perpetúan en el poder.

Para que haya una patocracia, según el antropólogo cultural, “deben ascender individuos con trastornos severos a cargos de poder (gobierno, justicia, policía, inteligencia)”. Agrega que, si bien no hay un diagnóstico clínico sobre Bukele, como tampoco se tuvo alguno de Hitler o Stalin, es por sus actos personales, “por su sistema de poder centralizado, persecutor, manipulador e insensible al sufrimiento de las personas inocentes, que se puede asegurar que en El Salvador hay una patocracia”.

Bukele —sigue diciendo el investigador salvadoreño— “ha creado un sistema de poder basado en el control emocional, la manipulación del lenguaje y la represión del disenso; que muestra rasgos que, aunque no clínicamente diagnosticados, son funcionalmente afines a la psicopatía política —narcisismo extremo, desprecio por el sufrimiento ajeno (detenciones arbitrarias masivas), uso sistemático de la mentira estratégica y anulación de normas democráticas—, y ha generado un entorno institucional donde personas empáticas, éticas y críticas son marginadas o castigadas…”

De manera —concluye— que “no por  un examen médico de Bukele, sino por una lectura estructural-antropológica del bukelato como fenómeno político salvadoreño, no podemos menos que sostener que es un régimen que funciona con lógicas patológicas según la teoría ponerológica”.

Si eso se dice de Bukele y del “bukelato” de El Salvador, con mayor razón se puede decir lo mismo, y más todavía, de Nicaragua y los Ortega Murillo, que de hecho son los maestros del dictador salvadoreño en desarrollo.

Editorial
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