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Proponer nuevas políticas para la Nicaragua post dictadura es un ejercicio saludable pues invita a intercambiar puntos de vista y generar comentarios. Entre los anteriores quiero destacar algunos hechos por un par de economistas muy distinguidos a propósito de mis artículos sobre reformas educativas.
En relación con mi propuesta de que las familias con hijos en las escuelas públicas aporten el uno por ciento mensual de sus ingresos para mejorar los salarios docentes, uno de ellos sugirió ofrecer como compensación cierta rebaja en el IVA —el actual impuesto del 15 por ciento sobre las compras—. De esta forma la medida se haría más vendible mientras mantendría su objetivo principal: interesar más a los padres-madres en el servicio educativo estatal. También haría más transparente el hecho, oculto por la mentira populista de la gratuidad, de que son siempre ellos, los contribuyentes, quienes pagan por los servicios del Estado. Porque ninguno de ellos es gratis. En países como Nicaragua, con una estructura tributaria regresiva, estos son financiados en gran medida por los impuestos indirectos de los pobres.
Otro comentario, esta vez sobre la propuesta de revolucionar la educación superior a través de váuchers a los alumnos, fue la necesidad de que a ella se incorpore un plan de implementación gradual y a plazo de varios años, ya que es una política tan meritoria como compleja. Junto con esto se objetó la propuesta de hacer que los egresados paguen más tarde el costo de su educación en proporción a sus ingresos, alegando que todos saldrían similarmente preparados y que cobrar más a los más exitosos no solo sería discriminatorio, sino que crearía desincentivos. Habría pues que establecer un costo parejo.
Tras estas valiosas observaciones pasemos ahora a otro tema de vital importancia para mejorar la educación: la remuneración de los maestros. No hay duda de que una de las tareas más prioritarias y urgentes de la nueva administración será incrementar sus salarios. Pero el caso es más complicado de lo que parece: a primera vista pareciera que la calidad de los maestros mejoraría si se les pagase más y fueran mejor capacitados. Pero lo sorprendente es que ninguno de estos dos factores ha demostrado mejorar apreciables sus enseñanzas. Un extraordinario hallazgo, reportado por Vanessa Castro, PhD, demostró hace pocos años que los maestros con más cursos de capacitación no enseñan mejor que los que tienen menos; peor aún: que no hay diferencias discernibles entre la calidad de los maestros graduados y los empíricos. Similar falta de conexión existe entre los maestros mejor pagados y los de menor salario.
Una razón de esta paradoja es el hecho de que ni los salarios ni las capacitaciones están vinculados al desempeño. El maestro pésimo gana exactamente igual que el bueno. Entre maestros con los mismos títulos los salarios sólo premian la antigüedad. El efecto es perverso: el mediocre esconde su ineficiencia y sabe que puede tomarse las cosas “al suave” pues, además, la legislación laboral y su sindicato le aseguran la permanencia en su puesto. No sorprenda entonces que el ausentismo magisterial sea tan común —en muchos sectores del país los alumnos reciben la mitad o menos de los días programados de clase— y que muchas capacitaciones sean echadas en saco roto.
La solución, ligar la remuneración al desempeño, es una medida usualmente resistida por los sindicatos pero que es indispensable para mejorar la calidad. La medición de este puede hacerse a través de pruebas periódicas a los docentes o monitoreando el progreso de sus alumnos. Un sistema que no puede evaluar resultados vuela a ciegas. Esto implica, entre otras cosas, establecer estándares claros de aprendizaje. Que, por ejemplo, sea conocido por todos, incluyendo los padres de familia, el nivel de habilidades matemáticas que se espera de un estudiante de tercer grado, y que cada escuela reporte periódicamente sus resultados. Una medida que haría más aceptable la idea es no tocar los salarios actuales, pero establecer que los nuevos aumentos serán mayores para quienes demuestren mayor progreso en sus alumnos.
Como venimos haciendo, estas propuestas, al igual que las otras, se beneficiarán de las observaciones o críticas que se dignen hacer los lectores.
El autor es sociólogo. Exministro de Educación.