La peor enfermedad de Daniel Ortega

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La enfermedad no tiene cura, es de por vida. Es contagiosa, sobre todo afecta a los miembros de la familia inmediata y provoca además, otras enfermedades psicológicas que son aún peores, como la paranoia compulsiva y aunque la enfermedad fue más común en la era medieval, aún hay brotes contemporáneos sobresalientes en países modernos como Corea del Norte y Rusia.

La enfermedad contagiosa es el apego al poder, tan extremo que se transforma en dinastía y provoca la paranoia compulsiva. En el acto de celebración 19/46, que más bien pareció una despedida, el mensaje que quedó flotando en el ambiente fue claro: pronto Daniel va a ser de los muertos que nunca mueren, pero hay sucesión dinástica para 100 años y quienes se atrevan a oponerse serán apresados y procesados.

La paranoia en que viven los dictadores quedó evidenciada en la doble muralla humana que flanquearon su Mercedes Benz blindado cuando hicieron su entrada a la plaza Juan Pablo II y en el orden sepulcral de la plaza, acondicionada por primera vez con asientos individuales para cada uno de los espectadores.

En este acto fue notoria la ausencia de otras figuras sandinistas que hicieron posible el triunfo revolucionario en 1979, incluso los más leales y cercanos a Ortega como Bayardo Arce. Definitivamente el nivel de paranoia al que han llegado les hace creer que todo aquel que les haga sombra es un potencial conspirador, de allí que cada vez más se vayan aislando en el entorno familiar. Es un régimen aislado por dentro y por fuera.

Hubo una clara señal de despedida del propio Ortega cuando exclamó “todos somos Daniel” y al mismo tiempo una clara exhortación a la sucesión familiar, la que estuvo acentuada con una frase al final de su aburrido discurso, cuando dijo que ni se les ocurra pretender acceder al poder a los que no han sido heredados con su ideología y principios, es decir: su familia inmediata.

En la historia de Nicaragua, plagada de dictadores, nunca ha habido un dictador más longevo y que se haya mantenido tantos años en el poder como Ortega, quien ya tiene asegurada la sucesión inmediata en su propia esposa Rosario Murillo y esta pretende que la suceda Laureano, que ya fue colocado ostensiblemente en el “cajón de bateo”. Después vendrá toda su familia, que por cierto es muy numerosa. Tan sólo en este fastuoso evento las cámaras del oficialismo enfocaron a tres de sus hijos, pero todos tienen posiciones en el vasto aparato estatal.

Entre tanta confusión y tergiversación histórica durante su extenso discurso de despedida podemos distinguir los dos deseos últimos del dictador derivados de su enfermedad de poder: que su familia siga en el poder hasta la consumación de los siglos e incrementar la vigilancia y represión a todo aquel que se atreva a desafiar este deseo.

Si antes exclamó “vamos a gobernar desde abajo”, ahora exclamó vamos a seguir gobernando bajo el terror para preservar la paz, léase, el poder dinástico. El caudillo ha sellado su testamento, la historia lo revertirá.

El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos Heredados” y “Un cauce hacia la democracia”.

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