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Si la lucha política del siglo es entre libertad y tiranía, como planteaba en mi artículo con el mismo nombre del pasado 30 de junio, es necesario que las sociedades libres o democráticas se empeñen decididamente porque prevalezca la primera. Desafortunadamente en demasiadas ocasiones se trata a los déspotas con una inmerecida complacencia. Unas veces quizás se les critica con declaraciones retóricas carentes de músculo o consecuencias prácticas. Otras veces no se dice nada o, peor aún, se les trata con benigna cortesía e incluso se les ofrecen ayudas a cambio de contraprestaciones que no tienen que ver nada con la libertad.
Un ejemplo de la primera actitud son los organismos internacionales como la OEA. Ante tiranías flagrantes, como las de Venezuela y Nicaragua, jamás logran los votos necesarios para desconocerlos como legítimos y exigirles elecciones verdaderamente libres y, mucho menos, para aplicarles sanciones. Ejemplos de la segunda son los gobiernos coquetos, como Méjico y Brasil, que incluso tratan con gran cortesía a tiranos descarados.
Existen también ejemplos de complacencia indebida procedentes del mundo desarrollado. La presidenta Meloni, de Italia, en su afán de contener la inmigración ilegal ha ofrecido ayuda económica a varios países africanos, pero sin una correspondiente exigencia de democratización. Algo parecido ha hecho Trump al ofrecerles mejor trato tarifario a cambio de que acojan a los deportados.
Es entendible de que desde un punto de vista pragmático dicha indiferencia al estado de libertad interna de los países pueda generar ciertos dividendos, pero a más largo plazo tiene un costo mayor. Una de las razones es la relación que tiene la democracia con la paz y el progreso. El siglo XX mostró cómo sus terribles guerras fueron causadas o iniciadas por gobiernos dictatoriales. Las democracias rara vez producen guerras y si las pelean es en auto defensa. En ellas los dirigentes deben tener muy en cuenta la voluntad popular y esta suele favorecer la paz. Los dictadores, en cambio, no necesitan consultar al pueblo para sus aventuras guerreristas. Quien las objete corre el riesgo de perder la libertad o la vida. Es por lo que los llamados a la paz quedan huecos o incompletos si no van acompañados por llamados a la libertad. Por mucho tiempo se ha insistido en la relación entre paz y justicia social. Es hora de reivindicar la aún más importante relación entre paz y democracia.
La historia reciente también ha demostrado cómo el progreso está íntimamente relacionado con la libertad al igual que la pobreza lo está con la falta de ella. La correlación estadística entre prosperidad y libertad es indisputable. Los países más ricos y vivibles del mundo son invariablemente los países más libres y los más pobres los menos. Aún en China, excepción a la regla, su prosperidad se debió a su apertura a la libertad económica. Su autoritarismo político, sin embargo, la hace un gran peligro para la paz y su futura prosperidad.
Mas no solo la paz y el progreso son mejor servidos por sistemas políticos fieles a los principios democráticos. También lo es, y fundamentalmente, la misma dignidad del ser humano. Como le dijo Don Quijote a Sancho: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden compararse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”
Para servir y defender el don de la libertad y asegurar de rebote un mundo más seguro, justo y próspero, es preciso que las naciones abandonen su inexcusable tolerancia y asuman la responsabilidad y costos de defenderla. En el campo cultural esto demanda tanto un esfuerzo por apreciar las ideas y valores que la sustentan, como por enseñar lo abominable que es pisotearla. En el campo político esto implica que las democracias exijan a las que no lo son el respeto a la libertad y derechos del hombre, y que usen todos los recursos a su alcance para frustrar o detener a los tiranos.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.