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En la mañana del 9 de julio recibimos comunicación que, similar al caso de Masaya unas semanas antes, los obispos saldrían a evitar un ataque paramilitar. En este caso a Diriamba y Jinotepe donde ya se estaba desarrollando la «operación limpieza» de la manera más brutal. Salimos de Managua en mi camioneta una representación de la Alianza Cívica compuesta por Sandra Ramos, Harley Morales, Douglas Castro, y el conductor Santiago Obando. Nos detuvimos en El Boquerón a esperar la caravana mientras esta se desplazaba desde la Nunciatura, ya que habían pasado trayendo al nuncio.
Pasó la caravana precedida por un auto de la CPDH que manejaba Álvaro Leiva. Conducimos sin novedad hasta las Cuatro Esquinas, donde el día anterior habían capturado a unos muchachos y los habían torturado. Eso era lo único que sabíamos de ellos. En ese punto había una gran cantidad de policías y gente de los alrededores con banderas del Frente Sandinista gritando de manera violenta. Fue el primer signo diferente a Masaya, donde la gente ondeaba la bandera nacional y recibía a los obispos con imágenes y rezos. Los piquetes de sandinistas se extendieron hasta la entrada a Diriamba. Conforme entrábamos a la ciudad, empezamos a sentir cierta preocupación por lo que íbamos viendo.
Ya en la ciudad, a las primeras cuadras, era evidente que nadie nos estaba recibiendo. Logré mirar un par de caras asustadas detrás de las ventanas de las casas y cerca de la gasolinera donde había muerto un joven. Dos tipos de apariencia militar sólo levantaron la mano haciendo la “guatusa” mientras el microbús de los obispos pasaba, ondeando una gran bandera de la Iglesia. La desolación y el cierre total de las casas era más que abrumador. Doblamos un par de cuadras antes de la Torre del Reloj y empezamos a ver a los camisas negras armados de AK, que sumaban decenas, sino centenares. También vi pistolas, carabinas y M16 que tenía años de no ver. Era evidente que nos estábamos metiendo en territorio paramilitar. Al llegar frente a la Basílica de San Sebastián había una aglomeración de gente humilde, muy agitada. Hasta pensé por un momento que finalmente habíamos encontrado a gente que nos esperaba, pero me equivocaba. Las recriminaciones e insultos no se hicieron esperar, en especial contra monseñor Silvio Báez. El cardenal Brenes lucía sereno y trataba de apaciguar los ánimos. Nos movimos del atrio de la Basílica a la entrada de la Sacristía, al otro lado de la manzana. Ya para ese momento había más gente, y cada vez más agitada.
La entrada a la Sacristía era angosta, una sola puerta para todos los que queríamos acceder. Teníamos que entrar sacerdotes, periodistas, organizaciones de derechos humanos y los cuatro miembros de la Alianza. En algún momento se apostó en el marco de la puerta un sacerdote diciendo que sólo sacerdotes podían entrar. El acoso y la violencia de la turba iban en aumento, así que quedarse afuera simplemente ya no era opción, así que empujamos fuertemente hasta que pudimos entrar a la Sacristía del templo, uno de los más hermosos y espaciosos del país. Ya adentro, la mayoría se quedó en la Sacristía. Nosotros cuatro nos dirigimos por la nave central a la entrada principal del templo, que estaba trancada por dentro. Ahí se nos acercaron tres mujeres que de manera desesperada nos gritaban a todo pulmón, una de ellas nos pudo reconocer y nos decían improperios y maldiciones. Hablaban de que habían sido víctimas de violencia de los azul y blanco y que en el campanario habían francotiradores. Se nos acercó un muchacho muy joven, parte de la protesta anticlerical, y con un tono educado nos empezó a hablar. Nos dijo que ellos sabían que habían francotiradores en las dos torres, y que desde ahí le disparaban a gente inocente. Les propuse en ese momento que hiciéramos un equipo de ocho personas, nosotros cuatro y cuatro de ellos y subiéramos a las torres a corroborar si ahí estaban los francotiradores o las armas que supuestamente estaban usando.
De eso estábamos hablando, cuando un grupo de seis paramilitares encapuchados y vistiendo camisas negras y botas militares entraron a la Basílica. Habían pasado por la Sacristía con el grupo que había golpeado al obispo Báez, a monseñor Mántica, al padre Román y demás. En el altar, agarraron a dos mujeres que servían de enfermeras que atendían a unos heridos en un improvisado hospital y se las llevaron. Posteriormente se dirigieron justo hacia nuestro grupo, compuesto por mujeres y jóvenes de ellos y nosotros, los cuatro miembros de la Alianza. Los paramilitares no nos reconocieron, a Dios gracias, y más bien debieron de pensar que éramos de ellos mismos por estar reunidos sin mostrar conflicto alguno. Sí les llamó la atención una cámara de video de un periodista y uno de los paramilitares se abalanzó sobre ella. La agarró y la tiró contra el piso con gran fuerza y odio, las diferentes partes rodaban por el templo. Los que estábamos ahí sólo nos quedamos viendo, esperando que después de destruir la cámara se nos vinieran contra nosotros. Estaba el tipo recogiendo lo que quedaba de la cámara y volviéndola a estrellar contra el piso cuando uno de los sujetos encapuchados, seguramente el líder, con una pistola en una mano y un radio en la otra, les gritó de manera militar y levantando el brazo hizo señas que debían irse de ahí. De manera automática, los demás encapuchados se encaminaron detrás del líder y en cuestión de segundos se habían ido, muy a nuestro alivio.
Me dirigí luego a la Sacristía y el escenario era caótico. Al primero que vi fue a Jackson Orozco, periodista de 100% Noticias, completamente bañado en sangre, con heridas en la cabeza y su camisa blanca llena de manchas rojas. Estaba otra cámara de TV destruida y pude ver a monseñor Mántica con heridas en su cara. Nunca olvidaré ver a monseñor Báez con los brazos heridos y con su cadena obispal rota. Todos estábamos en shock sin creer que las turbas pudieran ser capaces de agredir a los obispos.
La turba de afuera había crecido considerablemente y estaba cada vez más enardecida. A todas luces, la visita a la Basílica en apoyo al pueblo se había convertido en una situación de secuestro, y los secuestrados éramos nosotros. No podíamos salir de la Basílica sin arriesgar nuestras vidas.
En medio de este caos, se me acercó el nuncio para decirme que la presencia de la Alianza en la Basílica había molestado mucho al Gobierno y a sus bases, y que básicamente el Gobierno nos acusaba de ser los responsables de la violencia contra los obispos. Lo que le decían al nuncio era fácilmente demostrable como falso, ya que los que protestaban ahí ni nos habían reconocido, y como consecuencia de lo anterior, ni nos habían agredido. Me dijo el nuncio que estaba hablando para dejarnos salir, pero que debíamos salir por separado de los obispos.
Me fui a comunicarles lo que me acababan de decir a Harley, Douglas y Sandra, quienes no daban crédito a lo que les decía. En verdad que era prácticamente imposible salir de ahí sin la protección del cardenal y los obispos. Estaba tratando de procesar todo lo que estaba ocurriendo cuando me tomó del brazo Álvaro Leiva y con tono severo me dijo: “He escuchado lo que te han dicho y te lo digo a vos: con los obispos venimos, y con los obispos nos vamos”. Me pareció muy razonable su propuesta por lo que decidimos no hablar mucho con los obispos y sólo seguirlos cuando salieran del templo. Llegó un comisionado de la Policía, con el uniforme sucio, claramente desvelado y confundido, y me preguntó que quiénes éramos nosotros. Le dije que éramos de la Alianza Cívica, igual el tipo no entendió y continuó revisando todo el sitio para quién sabe qué instrucción.
Afuera de la iglesia, justo a la salida de la Sacristía, lograron poner el microbús y protegido por un grupo de antimotines que no dejaban pasar a los protestantes, quienes no se cansaban de gritar improperios en contra de los obispos: golpistas, satánicos, asesinos. Mi vehículo había quedado detrás de los antimotines, en medio de la turba, y no iba a ser posible pasar los antimotines, caminar entre la turba y montarme a la camioneta como si nada. Me acerqué entonces al chofer del microbús de los obispos y le dije que se adelantara unos metros a la vez que llamaba a Santiago diciéndole que por ninguna razón se separara de ese microbús. Luego no tuve más remedio que dirigirme al mismo jefe policial que me había topado para pedirle que dejaran pasar los vehículos que estaban detrás de la valla policial, a lo cual, a mi sorpresa, accedió.
Mientras esto pasaba podía oír los gritos de la turba que cada vez se desenfrenaba más. Era una situación peligrosísima en la que nos encontrábamos y teníamos que salir de ahí sí o sí. Al final, en medio de una enorme confusión y gritería, los obispos se lograron montar al microbús y nosotros a la camioneta. En adición a los originales ocupantes de la camioneta, se montaron con nosotros Uriel Velázquez, periodista de El Nuevo Diario y Guillermo Cortés. La caravana fue escoltada por la Policía y logramos salir ilesos de Diriamba. Las implicaciones de tener al representante del papa secuestrado en un templo hubieran sido catastróficas.
Esa fue la última vez que acompañamos a los obispos en alguna misión de defensa de derechos humanos, primero porque el nuncio había sido claro que era recomendable no andar juntos y segundo porque no se volvió a dar una operación de este tipo. Como todo el episodio había sido transmitido en vivo por la TV y la radio, la preocupación de familiares y amigos era enorme, y pocos daban crédito de cómo habíamos podido salir de ahí sin un rasguño, sobre todo por la violencia con la que habían agredido a los obispos.
Los paramilitares que vimos, rigurosamente vestidos con camisas negras (usaron diferentes colores en otras localidades), su porte, botas militares y armamento indicaban claramente que eran personas de entramiento militar, seguramente militares activos. Ocupaban lugares estratégicos como la Torre del Reloj y otras esquinas, y se movilizaban en grupos pequeños de dos, cuatro o seis, según pudimos observar. Los que topamos dentro de la Basílica estaban comunicándose con un lugar central y salieron como entraron, con mucha precisión militar. Fotos de Masaya, Jinotepe y diversos lugares confirman todos estos elementos que indican una operación bien planificada y apertrechada.
El episodio de la Basílica de San Sebastián fue, en mi opinión y la de quienes me acompañaban, el momento más cercano a que nos hicieran daño los paramilitares, quienes por alguna asombrosa razón no nos reconocieron en medio de tanta confusión. Ignorábamos en ese momento la barbarie que estaba ocurriendo en Jinotepe, ciudad que iba a ser nuestra segunda parada ese día. Posiblemente nos hubiera ido mucho peor. Viendo en perspectiva, fue un milagro que nadie de la Alianza saliera herido y una atrocidad haber atacado a los obispos. También era muy evidente que la turba había sido movilizada por el régimen para enviar un mensaje claro que las cosas habían cambiado, que los obispos eran enemigos y que iban con todo. En esa ocasión, mientras salíamos de la Basílica, frente a la turba, pude escuchar claramente cómo esta repetía, palabra por palabra, las palabras de odio de su caudillo.
El episodio de Diriamba me dejó una gran lección: lo peligroso que son los mensajes de odio, que se instauran en las mentes de los seguidores y los repiten y amplifican, sirviendo así los intereses de los tiranos, agrediendo a quienes consideran sus enemigos.
El autor es ex preso político desterrado y exiliado. Miembro de la Concertación Democrática Nicaragüense (Monte Verde).