¿Por qué al cristianismo?

En la contemporaneidad hemos sido testigos de una creciente persecución hacia el cristianismo, aunque esta vez revestida con formas más sutiles, pero no por ello menos efectivas o peligrosas. La nueva estrategia no recurre a las armas ni al castigo físico, sino a herramientas profundamente simbólicas y culturales: las ideologías, la industria del entretenimiento y los medios de comunicación masiva.

Históricamente, el cristianismo ha sido blanco de hostigamientos desde su nacimiento. Basta con rememorar el pasaje bíblico en que Herodes, temeroso del cumplimiento de la profecía sobre el nacimiento del Mesías, ordenó el asesinato masivo de niños menores de tres años. La novedad actual no es la persecución en sí, sino la forma sofisticada y persuasiva con que esta se ejecuta: a través de los códigos culturales y la ingeniería social.

Una de las manifestaciones más visibles de esta nueva cruzada cultural contra el cristianismo es el avance del hedonismo como cosmovisión dominante, que permea especialmente a los sectores más vulnerables de la sociedad: los jóvenes. Este grupo etario, en pleno proceso de formación de identidad y carácter, se ve sometido a una narrativa que promueve el placer inmediato, el consumo irracional y la desvinculación ética.

A ello se suma un fenómeno preocupante: la desatención de muchos padres hacia sus hijos. Cabe aclarar que no se trata únicamente de una omisión voluntaria, sino de una consecuencia generacional. Muchos progenitores actuales, pertenecientes a la generación milenial, han sido ellos mismos formados en un entorno ya intoxicado por las ideologías globalistas, que socavan progresivamente los pilares morales y espirituales.

La música popular, por ejemplo, ha sido instrumentalizada como vehículo para la híper sexualización de la infancia y la adolescencia. Las letras de gran parte de los éxitos comerciales carecen de contenido edificante, promoviendo la cosificación del ser humano en especial de la mujer, a quien se representa como un objeto de intercambio desprovisto de dignidad intrínseca.

Simultáneamente, los grandes conglomerados mediáticos realizan esfuerzos deliberados por invisibilizar o minimizar cualquier acontecimiento vinculado al cristianismo, ya sea positivo o trágico. Un caso reciente ilustra este punto: la masacre de más de 2,000 cristianos —en su mayoría católicos y también protestantes— ocurrida en África fue completamente ignorada por cadenas informativas de alcance global como CNN, NBC, ABC News o Fox News. ¿Se trata de una omisión involuntaria, de una coincidencia… o de una agenda estructurada?

La pregunta central de este artículo, sin embargo, exige ser abordada de forma directa: ¿por qué se ataca al cristianismo? La respuesta es tan sencilla como profunda: porque es, desde hace siglos, el principal generador de valores, principios éticos, normas de conducta y cohesión social. En otras palabras, el cristianismo constituye una barrera natural ante cualquier intento de imponer modelos de control totalitario.

No es el “mundo” en abstracto el que desea su erradicación, sino un grupo de élites globalistas que promueve una nueva arquitectura de poder social, moldeada a sus intereses y desprovista de fundamentos trascendentes. El proyecto no es otro que la creación de una sociedad dócil, desarraigada de la moral, sin convicciones profundas y dispuesta a aceptar cualquier paradigma impuesto desde organismos internacionales.

La llamada Agenda 2030 de las Naciones Unidas, por ejemplo, ha sido señalada por diversos sectores como un vehículo para el avance de políticas que, aunque revestidas de lenguaje técnico y derechos humanos, encubren postulados éticamente cuestionables: el control de la natalidad a través del aborto, la imposición de la ideología de género bajo la etiqueta de “igualdad”, y la reorganización urbana mediante las llamadas “ciudades de 15 minutos”, orientadas al control social.

En este nuevo orden global, la ética y la espiritualidad no tienen cabida. Una población sin Dios es una población dispuesta a colocar su fe en figuras tecnocráticas, mesiánicas y totalitarias. Así, bajo el supuesto altruismo de organismos internacionales, podríamos convertirnos en esclavos de una nueva era: la generación obediente 2.0, carente de libertad espiritual, y con ello, de verdadera libertad.

El autor es licenciado en Comercio Internacional y magister en Administración de Empresas. Capacitador empresarial y de ONG.

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