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El mundo viene cambiando, transformándose a pasos agigantados, lo que nos permite únicamente salvaguardar las grandes hazañas de los grandes hombres de nuestro pasado. Emularlos desde la tecnología moderna y el proceso global científico, social y cultural sería un completo absurdo, como lo sería también ocultar sus valores patrimoniales negativos, o bien repetir sus errores políticos.
En ese sentido los nicaragüenses tenemos mucho que aprender de unos cuantos estadistas y políticos del pasado, como es el caso del expresidente de la República José Santos Zelaya y su periodo conocido como «zelayismo» (1893-1909), que trajo auténticas reformas económicas y sociales marcando la modernidad en la Nicaragua de finales del siglo XIX.
Pero la actualidad y sus contundentes precipicios, como el atraso económico con el asalto al poder por el marxismo cultural sandinista en 1979 y la segunda llegada de dicho sistema en 2007 hasta la actualidad, impondrá obligadamente el redoble de sacrificios y esfuerzos por tratar de recuperar tanto tiempo perdido en una solemne estafa revolucionaria, amamantada por los verdugos padrinos del fracasado socialismo del siglo XXI, represiva a más no poder, con el exilio más grande de la historia del país y nuevamente endeudada a pesar del maquillaje de las carreteras afanosamente vendido como un gran logro del régimen orteguista.
Esta agenda laboral para la época pos-Ortega, (que se avecina), impondrá además no sólo sacrificios laborales para la reconstrucción de la nación, sino también sacarle el jugo a las más innovadoras estructuras tecnológicas, estructurales y de recursos con los que el país cuenta.
De igual manera esto no se logrará si no se da un cambio de mentalidad dirigencial y colectiva en donde el respeto a las ideas, la institucionalidad y la libertad humana sean de primer orden. Sólo así, entonces, podremos, asomándonos a los anales solventes y postergables de la historia a la que Zelaya pertenece, aspirar a esa selecta pretensión de convertir a la pobre y empobrecida Nicaragua en una potencia de nación para bien de su propio pueblo.
Las paralelas históricas, liberal y conservadora, son las matrices del proceso económico nicaragüense que, pese a la dinastía de los Somoza con los pactos con el conservatismo lograron mantener el modelo de producción viable para un país que prometía llegar lejos en la forja de su desarrollo humano y social.
El sandinismo como tal resulta ser un fracaso en todo lo que va de lo económico a lo mental. Lo que vendrá tras la actual administración es parte de una película que ya empezó a rodar: la herencia de una sociedad nuevamente dividida, exiliada, patológicamente enfermiza, desarraigada, bajo el discurso de la mentira, el resentimiento social y la chambonada discursiva.
Pero es ahí donde entra en juego Zelaya, en este 132 aniversario de la revolución liberal que impulsó, poniendo fin a los 30 años del conservatismo y moviendo los cimientos hacia la modernidad. Siendo esta la única gran revolución en Nicaragua, sus hechos, legado y sentido de nación de cara a su inserción en la modernidad así lo demuestran, sin justificar sus abusos de poder y sus arbitrarios escenarios de favoritismo y prepotencia.
Desde una visión objetiva y ética y a pesar de sus intenciones de perpetuidad, es con Zelaya que se afirma el espíritu de soberanía nacional —no como la que vocifera el sandinismo acusando a Estados Unidos de todos nuestros males pero entregándola, empeñándola, cediéndola en sus recursos naturales a China, Rusia y al dislocado socialismo del siglo XXI—, así como también con él nacen la aplicación del liberalismo europeo que se traduce en la modernización y reforma al Estado para la fortaleza y la prosperidad nacional.
Con Zelaya se da la promulgación de la Constitución de 1893, que trajo una radicalización absorbente y eficiente que movió los cimientos de toda la nación. La educación, el fomento de la incipiente industria, el desarrollo agrícola, las reformas laborales, la sanidad, la agroexportación, las artes, la secularización, la separación entre Iglesia y Estado, la implementación de una política exterior dinámica, lo situaron en la cima del presidencialismo centroamericano, siendo uno de los tantos propulsores de la Unión y a la vez, una figura polémica a nivel geopolítico, tanto con Estados Unidos como con Colombia.
Zelaya heredó un destino de emancipación hacia el progreso y la modernidad, ese legado lo dejan por otras vías una parte del conservatismo y la herencia de la dinastía Somoza. Corresponde a la nueva generación política y dirigencial continuar lo bueno de su gesta, y no obviando sus errores, sus marcadas complejidades en estas horas de un nuevo pedal para acelerar el rumbo de nuestra realidad de la dictadura a la democracia, hacer viable lo imposible, soñar despiertos y con los pies clavados en la tierra.
En un debate reciente vía zoom de la Fundación Herencia Transatlántica, sostenía el activista libertario nicaragüense Rinaldo Ebanks que Zelaya fue el gran reformista, “al reconocer los derechos civiles del ciudadano que garantizaban la vida, la propiedad privada y el derecho al justo proceso (habeas corpus), mediante la Carta Magna conocida como la Libérrima, que establecía procesos legales del individuo frente al poder del Estado…”
No podemos aspirar a tener autopistas cosmopolitas ni trenes balas ni acabar de sopetón con la pobreza, sin antes desarticular esa dañina mentalidad que, a golpe de influencias nefastas, inocularon a muchos inocentes en la depresión socialista, el parasitismo izquierdista y el atraso marxista en sus cabezas. Zelaya, desde otras latitudes nos lleva de la mano a ese océano fértil y fecundo, a esa potencia económica cuya realidad deberá ser primer tema de agenda en la resurrecta Nicaragua.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional.