En una Nicaragua donde se ha sometido la institucionalidad, sofocado la pluralidad, y constitucionalizado la represión, la prensa independiente ha sido empujada al borde del abismo.
Los medios han sido amenazados o confiscados, los periodistas forzados al silencio o al destierro. LA PRENSA, símbolo de resistencia y dignidad, galardonada en 2025 con el Premio Mundial a la Libertad de Prensa Unesco/Guillermo Cano y el Premio Internacional Rey de España al Mejor Medio de Iberoamérica —no como gesto de sobrevivencia, sino como acto consciente de rebeldía contra el olvido— continúa informando desde el exilio acompañada por otros diversos medios en línea.
En este mismo destierro, han surgido tres rostros de la patria dispersa: una diáspora ciudadana, compuesta por quienes han adquirido nuevas nacionalidades y derechos plenos en tierras lejanas. Gozan de libertad para organizarse, alzar la voz y construir redes de apoyo a los derechos humanos y al proceso democrático. Pueden actuar sin miedo, ejecutar demandas legales y hasta optar a ser electos en su nuevo país. Pero deben tomar en cuenta que el compromiso con su terruño no autoriza la representación sin diálogo.
Otro es un exilio político, frágil y expuesto, formado por quienes apenas sobreviven como huéspedes temporales. En Costa Rica, al menos nueve atentados contra opositores nicaragüenses han sido denunciados desde 2018, pruebas del alcance brutal y transfronterizo de la represión. Quienes viven en ese margen merecen visibilidad, protección y respeto por su voz propia.
Y un tercer grupo lo integran los exiliados dentro del país, los insiliados, quienes no pueden salir de Nicaragua: médicos, abogados, periodistas, docentes, y otros profesionales cuyos oficios son poco viables, es decir, difícilmente reubicables fuera del país. Permanecen por necesidad, por compromiso o porque el régimen les ha cerrado las salidas. Viven bajo una vigilancia constante, con temor a represalias, y atrapados en una paradoja desgarradora: si logran salir, quizás no puedan volver; y si se quedan, viven en silencio, bajo la suspicacia y el control. Son la resistencia silenciosa dentro del país, quienes cada día ejercen su profesión como un acto de dignidad en un ambiente que criminaliza hasta el pensamiento independiente y crítico.
Estas tres realidades no tienen que competir entre sí. Al contrario, deben entenderse y complementarse. La unión nacional real exige reconocer las distintas posiciones de vulnerabilidad y capacidad. Las líneas rojas están claras: la representación no se impone ni se exige, se gana. La estrategia no se dicta, se concierta, y el liderazgo no se hereda, se construye con legitimidad y coherencia. En este esfuerzo no caben caudillos, ni ungidos ni ayatolas, sino servidores igualitarios colaborando sin soberbia ni actitudes superciliares, es decir, encima de las demás.
La lucha por Nicaragua no es patrimonio de quienes más alto hablan o de quienes más aparecen en los medios, sino de quienes más firmemente resisten, afuera o adentro. Porque el exilio y el destierro también deben ser resistencia. La diáspora no tiene que ser olvido, sino continuidad. Y la permanencia forzada no debe ser pasividad, sino coraje cotidiano.
Es un compromiso complejo y enorme, pero indispensable cumplirlo para poder liberar a Nicaragua y que vuelva a ser República.