La lucha política del siglo: libertad vs. tiranía

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Esta es la lucha política de nuestros tiempos: libertad versus tiranías; la lucha entre sistemas políticos basados en la libertad y la democracia, contra aquellos basados en la opresión y el autoritarismo. Ya no se trata tanto de socialismo contra capitalismo, derecha vs. izquierda, sino entre sociedades que respetan la libertad y aquellas que la pisotean.

Atrás ha quedado la idea del fascismo y nazismo como enemigos mortales del comunismo. En realidad, son lo mismo. Todos comparten el desprecio por los derechos individuales y la creencia de que una minoría, ya sea en nombre de la raza, la nación o la clase social, tiene derecho a imponer su agenda a todos; a sangre y fuego si es preciso.  

Ciertamente, entre estos polos existen grados intermedios. En el primero desde los libertarios, que buscan maximizar la libertad individual y reducir al mínimo el poder o influencia del Estado, hasta la izquierda democrática, pasando por los de centro, ambos proclives a incrementar, aunque en distintas proporciones, el poder del Estado. En el polo autoritario tenemos desde los regímenes dictatoriales, que persiguen a quienes incurren en el delito de oponerse al poderoso Estado, pero dejan en paz a los demás, hasta los regímenes totalitarios, que persiguen, además de los opositores, a quienes incurren en el delito o pecado de omisión de no apoyarlo expresamente.  

Los pilares o fundamentos filosóficos que sustentan los Estados verdaderamente libres son dos e importa repasarlos: primero, un gran respeto a la dignidad individual por considerar sacro al ser humano, es decir, depositario de derechos inalienables o inviolables. Segundo, el respeto a la soberanía popular, reconocida como origen de todo poder y cuyo corolario es considerar a este como servidor y no como amo del pueblo. Estos principios se traducen en seis exigencias propias y esenciales de los Estados democráticos: 1. respeto a la libertad individual —de pensamiento, movimiento, asociación, etc.—, también expresada como respeto a los derechos humanos.  2. Elección periódica de las autoridades a través del voto libre y secreto. 3. Estado de derecho, es decir, donde todos, incluyendo a los gobernantes, están sujetos a los límites que impone la ley. 4. Separación e independencia de los poderes legislativos, ejecutivo y judicial. 5. Pluralismo político. 6. Libertad de iniciativa económica, lo que implica respeto a la propiedad privada. 

Los regímenes autoritarios son como el negativo de la anterior descripción. Independiente del color que presenten, ellos consideran al individuo como una pieza del engranaje que debe estar totalmente subordinada al poder. Pieza que no tiene derechos propios, salvo los que el Estado decida otorgarle mientras le convenga. Aunque hablan de soberanía la niegan, pues no dejan al pueblo, sitial de ella, escoger sus autoridades. En lugar de elecciones entre candidatos de distintos grupos imponen el partido único. Típicamente sus gobiernos suprimen la libertad de expresión —prohíben los medios y encarcelan o exilian periodistas— y las demás libertades públicas—asociación, movilización, etc. Igualmente colocan a los gobernantes por encima de la ley, subordinan al ejecutivo todos los poderes del Estado, e intervienen, en mayor o menor grado, en la esfera de libertad económica. Los más extremos no reconocen o respetan la propiedad privada.  

Las consecuencias entre estos dos tipos de sociedades están a la vista. Las libres, sin ser idílicas —ningún sistema en la tierra lo puede ser— son muchos más felices, estables, creativas y prósperas. También las más pacíficas. Si los gobernantes no satisfacen las aspiraciones populares pueden ser desplazados a través de elecciones. El cemento que las une es la aceptación voluntaria de sus ciudadanos y no el temor a la policía secreta. Los flujos migratorios son la mejor prueba de su superioridad: a las primeras todos quieren inmigrar, de las segunda todos quieren escapar.   

Mas las diferencias entre las sociedades libres y las oprimidas no se limita a las esferas de lo económico, político o cultural. Las primeras son también moralmente superiores en cuanto honran al hombre al respetar su sagrado derecho a la libertad. Las segundas son abominables precisamente en cuanto lo irrespetan y desprecian al aplastarlo. Luchar contra ellas es afirmar la dignidad humana luchar contra sistemas malvados merecedores del repudio mundial. 

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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