Palabras de Pedro Joaquín Chamorro Barrios en la misa de Violeta B. de Chamorro en Maryland

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En primer lugar, quiero agradecer en nombre de mis hermanos Claudia Lucía, Cristiana, Carlos Fernando y familias, la presencia de todos y cada uno de ustedes congregados hoy aquí para rendir tributo y oraciones a mi madre Violeta Barrios de Chamorro expresidenta de Nicaragua, quien falleció en la madrugada del 14 de junio a la edad de 95 años.

Agradezco muy especialmente al reverendo Joseph González, vicario parroquial de nuestra iglesia Saint Raphael Catholic Church, quien nos brindó todo el apoyo para oficiar, el 21 de junio, esta misa por el eterno descanso del alma de nuestra querida madre y abuela, la “Tete” como cariñosamente le llamaban sus nietos.

Vale destacar que mi madre era una persona de profundas raíces cristianas que predicó toda su vida con su ejemplo. Su principal característica era su autenticidad, no había en ella un asomo de arrogancia, prodigaba su amor diariamente a todos los que le rodeaban. Es decir, amaba al prójimo como a sí misma, sin distingo de clases sociales, políticas, ni jerarquías.

Ella era auténtica, no escondía nada. Su autenticidad se transmitía en el hecho de que al conocerle por tan solo un minuto ya lo trataba a uno con cercanía de “mi alma” “ajá linda”, “mis muchachos”. Tuvo la oportunidad de conocer reyes, príncipes, reinas, y presidentes de todo el mundo y los trataba como si fueran amigos de toda una vida, nunca se le subieron los humos a la cabeza.

Gobernó firme, pero con guante de seda.

Sus profundas raíces cristianas la llevaron a perdonar e indultar, ya siendo presidenta de la República, a los cuatro asesinos materiales de mi padre… una acción inédita en la historia de Nicaragua, donde la venganza ha sido siempre una característica redundante en todos los conflictos sociales y políticos.

Sus principales logros fueron haber alcanzado la paz, la reconciliación nacional, el progreso económico y la democracia en libertad, dejando un legado brillante para las futuras generaciones y cuando tuvo la oportunidad de continuar en el poder, prefirió dejar el ejemplo de no continuismo retirándose a su casa en Las Palmas.

Un día que estaba de visita, llegaron a proponerle que se lanzara nuevamente a la presidencia y después de despedir tan cariñosamente a los personajes en la puerta de su casa, creyendo que estaba acariciando la idea, le pregunté si de veras lo estaba pensando, a lo que ella me respondió tranquilizándome con una de sus geniales salidas metafóricas: “¿vos crees que yo me quiero hacer cargo de semejante nacatamal?”.

Yo la visitaba religiosamente todas las tardes y recuerdo que ella tomándome de la mano, mientras me sobaba la cabeza, a menudo me decía con resignación cristiana: “de aquí voy directo al cementerio”, levantando su mano derecha mientras con un silbido indicaba su partida.

Sus deseos no se cumplieron porque la providencia quiso que el viaje fuera mucho más largo y que regresara a Costa Rica a pasar sus últimos días bajo la tutela y el amor de sus hijos exiliados, donde por una ironía del destino se fue a reencontrar con su hija María Milagros Chamorro Barrios, fruto del amor de mis padres en el exilio en 1957-1959, fallecida el 25 de abril de 1959.

También descansará en la misma morada con su abuelo Manuel Joaquín Barrios Guerra, quien vivió muchos años en Costa Rica. Pero allí descansarán sus restos solo temporalmente, porque como dijeron mis hermanos Cristiana y Carlos Fernando durante la misa de cuerpo presente en San José, sus restos serán trasladados un día a su patria, que tanto amó y sirvió, cuando Nicaragua vuelva a ser República, junto con los de María Milagros a la tumba donde descansan los restos de mi padre, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y los de su nieto Tolentino Bárcenas Chamorro.

Hasta entonces concluirá el viaje de Las Palmas al cementerio, mientras tanto, su alma descansa eternamente en la paz del Señor.

Opinión Violeta Barios de Chamorro archivo

COMENTARIOS

  1. Hace 1 año

    Quiero referirme a la carta, que doña Salvadora Somoza Urcuyo, le escribió a su hermano Carlos Fernando.

    Reclamar que se elimine el término “dictadura somocista” del relato histórico nicaragüense no solo es un intento de borrar la memoria colectiva, sino una falta de respeto a miles de víctimas que vivieron en carne propia la represión, el saqueo y la brutalidad con que su familia gobernó Nicaragua durante más de 40 años.

    No se trata de un insulto, señora, sino de una verdad histórica: la dinastía Somoza fue una dictadura militar-familiar, instaurada por la fuerza, sostenida con violencia, censura, corrupción y represión armada. Un régimen que convirtió al país en una finca privada donde la familia Somoza fue dueña del Estado, de las tierras, de las armas… y hasta del miedo.

    Que usted, como nieta, sobrina e hija de dictadores, quiera limpiar el apellido familiar es comprensible desde lo emocional. Pero intentar imponer un relato donde la dictadura no fue dictadura, donde los crímenes son anécdotas y donde su familia fue símbolo de progreso y democracia, es no solo revisionismo: es descaro.

    Nadie le niega el derecho de amar a su padre o a su apellido. Pero usted no tiene derecho a exigir que la historia se reescriba a su conveniencia. Nicaragua no fue más democrática que Suiza bajo los Somoza, fue más sufrida que Haití.

    Los hechos no se debaten con nostalgias ni apellidos ilustres. Se enfrentan con memoria, verdad y justicia. Y si algo quedó claro tras la muerte de doña Violeta, es que el pueblo no olvida.

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