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La luz brilla más, se nota más, cuando está rodeada de tinieblas. Doña Violeta brillaba aún en plena luz del día, pero ahora, que Nicaragua está en su peor noche oscura, su luz brilla mucho más. Su ejemplo hermoso, inigualable, adquiere mayor belleza por el contraste con la negra realidad actual.
Recordarla produce una mezcla de nostalgia y dolor; aquella voz maternal que nunca insultó ni sembró división, que ante las turbas que causaban violentas asonadas jamás respondió con violencia y menos con balas. Igual produce nostalgia y admiración recordar la Nicaragua que ella dejó; sin ningún preso político, donde se practicaba la más completa e ilimitada libertad de expresión, donde no se expatrió ni confiscó a nadie, bajo cuyo gobierno millares de compatriotas regresaban en lugar de huir, donde su multiplican las radioemisoras y estaciones de TV, al igual que docenas de nuevas universidades, donde cualquier nicaragüense era libre de pensar, criticar, reunirse y protestar sin el más mínimo temor.
Su mérito aumenta si se considera que ningún presidente en la historia de Nicaragua ha tenido que enfrenta retos tan formidables. El país acaba de pasar la guerra civil más cruenta de su historia. Subsistían dos bandos armados, llenos de odios mientras la economía estaba en ruinas. El nivel de vida de la población había caído a los niveles de hace cuarenta años. La inflación era la más alta del mundo (11,200 por ciento anual), y la deuda externa se había sextuplicado, llegando a US$11,470 millones. Cerca de medio millón de nicaragüenses, un octavo de la población, usualmente aquéllos con mayores conocimientos y habilidades, habían emigrado. Lo único que había crecido espectacularmente era el estado; de 65,000 empleados en tiempos de Somoza a 285,000.
Ante este panorama desolador doña Violeta debía traer la paz a una sociedad profundamente dividida con mucha tradición de violencia y sectarismo y sin experiencia o cultura democrática. También sanear la economía; reducir el Estado, acabar la inflación y reactivar un sector privado que las políticas del FSLN habían reducido a su más mínima expresión. No le iba a ser nada fácil.
El FSLN había perdido las elecciones, pero controlaba el ejército y la policía mientras Daniel Ortega había anunciado que gobernaría “desde abajo”. Para complicar las cosas, en los cuatro meses entre les elecciones y su toma de posesión, los sandinistas gastaron más de la mitad del presupuesto de 1990, triplicaron el salario de los empleados públicos y saquearon las dependencias estatales. Luego comenzaron a hostigar al gobierno con una serie de asonadas violentas que paralizaban el país.
Ante estos desafíos doña Violeta, auxiliada por su yerno Antonio Lacayo, ministro de la Presidencia, adoptó una actitud política nada tradicional: evitar antagonizar o condenar a nadie y acercar las partes a través del diálogo. Ella se declaró “presidente de todos los nicaragüenses” y otorgó varias amnistías, incluyendo una que cubría los beneficiarios de la piñata. Su más controversial decisión fue dejar en su puesto al jefe del Ejército, Humberto Ortega, hasta 1995.
Dicha actitud y acciones le acarrearon grandes dificultades e incomprensiones. El bloque electoral UNO, más parte de la jerarquía católica, Arnoldo Alemán, y algunos legisladores norteamericanos, denunciaron al nuevo gobierno de cogobernar con los sandinistas. Esto retrasó por mucho tiempo la urgente ayuda financiera que necesitaba el país. Téngase en cuenta que en esos tiempos el gobierno no contaba con los ingresos de remesas ni mucho menos con la billonaria ayuda que más tarde brindaría Chávez a Ortega. Para complicar más las cosas aparecieron en el campo grupos armados de la contra, llamados “recontras”, y otros del lado sandinista llamados “recompas”.
En medio de estas aguas turbulentas, el dúo Chamorro Lacayo siguió navegando hasta lograr lo increíble. El primero fue la paz. Luego la economía: se detuvo la inflación, se redujo considerablemente el estado y a más de la mitad la deuda externa. La economía comenzó a crecer y los nicaragüenses a regresar. Otro de sus más grandes legados fue la democratización del país dejando el marco de libertad más grande que ha conocido el país. Inició la profesionalización del ejército y la policía, estableciendo la renovación de sus mandos cada cinco años. Y cabe añadir otra herencia que refuta las injustas críticas de cogobierno: dejó al FSLN sumamente debilitado De los doce magistrados de la Corte Suprema solo cuatro eran sandinistas. En el Consejo Supremo electoral no había ninguno. Al final de su período hizo lo típico de los gobernantes democráticos: entregó la Banda Presidencial a su legítimo sucesor.
Yo tuve la suerte y el honor de servirla como ministro de educación y tratarla de cerca. A ella le repugnaban las escoltas y el boato. En una ocasión que le acompañe a un viaje a Estados Unidos no quiso que la recibieran como jefe de estado. En las bancas del aeropuerto era una ciudadana cualquiera; sin cortejo, sin escoltas, en la sencillez absoluta que le encantaba. Otro día, en su despacho, me dijo algo que sentí que le salió del fondo del alma: “Yo todo esto lo estoy haciendo por ustedes”. Creo que esto la resume: no tenía mayor afán que servir. Para ella la presidencia fue una carga que asumió por altruismo, por amor a su país y a su gente sin esperar recompensas.
No tengo duda que, desde la perspectiva de la historia, y posiblemente desde lo alto, sea juzgada como el mejor presidente que ha tenido el país. Fue un regalo de Dios. Y si su legado ha sido pisoteado por los demonios del autoritarismo, el mayor tributo que le podemos rendir es luchar porque Nicaragua vuelva a ser la república por la que ella soñó y entrego sus mejores años.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta y es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019”, disponible en Amazon (versión digital o física) y en librerías locales.