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Hay un fuerte sentimiento de frustración entre los nicaragüenses. Siete años han pasado desde la rebelión de abril del 2018 y no se vislumbra todavía el surgimiento de una oposición capaz de liderar la lucha contra la dictadura. Una de las razones del impasse ha sido conceptuar la unión opositora, entendida esta como una gran alianza entre las principales fuerzas políticas del país, como un elemento indispensable de su estrategia.
Desde el inicio fue una aspiración noble, pero fantasiosa. Una de las razones fue la inexistencia de movimientos o partidos políticos fuertes capaces de unirse. Los pocos con cierto cuerpo, como CxL y el Movimiento Campesino, fueron aplastados por la represión, aunque subsistan remanentes dispersos de sus tendidos internos. Lo que quedó, sobre todo fuera del país, fueron fundamentalmente centenares de agrupaciones pequeñas, muchas de ellas “sopas de letras” como se les denomina, y un buen número de aspirantes a líder.
Al desafío de unir tantas tribus pequeñas con tantos caciques se unieron algunos rasgos de nuestra idiosincrasia; el individualismo extremo, la desconfianza recíproca y los celos interpersonales. Sugiera usted a un grupo el nombre de cualquiera que pueda designarse como líder y cosechará de inmediato una lluvia de críticas u objeciones. El nica es irremediablemente hipercrítico; casi nadie le cuadra.
Pero no hay que buscar muchas razones para demostrar lo irrealizable de la unidad. La mejor prueba de ello es el hecho que después de seis años de incontables encuentros, millares de horas hombre discutiendo, y disponibilidad de recursos, no se haya logrado la unión. Son encomiables, son patrióticos, los esfuerzos por lograrla de personas como el padre Benito Martínez y algunos integrantes de Monteverde y otras plataformas, pero la dura verdad es que no podrán.
Lo anterior no es necesariamente una mala noticia. Porque lo más importante, el mayor reto opositor, no es presentar al mundo un amplio frente unido, con todo y lo ideal que teóricamente sería, sino algún cuerpo organizado que sea reconocido como el más legítimo, respetado y promisorio de la oposición.
La idea es que surja un grupo que por las personas que lo integran pueda ser reconocido nacional y externamente como capaz de liderar la lucha manejar bien el país. Para esto sus dirigentes han de ser personas de renombre y buena reputación; competentes, creíbles, confiables. Algunos habrán de ser líderes fogueados en la lucha, otros profesionales o intelectuales con prestigio, otros tendrán conexiones o capacidad de moverse internacionalmente.
En otras palabras: los distintos grupos opositores deben competir entre sí hasta que entre todos salga uno que destaque más que los demás: por la seriedad de sus planteamientos, por las cualidades de quienes lo dirijan y por las acciones concretas de lucha que pueda protagonizar.
Este grupo deberá articular, desde muy temprano, su filosofía y plan de gobierno. Ofrecer a la nación un conjunto de ideas y propósitos claros, concisos, entendibles, que logren inspirar y entusiasmar; una plataforma que evite las generalidades difusas, como “incrementar el empleo o disminuir la pobreza”, sino que presente pasos concretos, innovadores, para realizar sus diversos objetivos y cambiar de veras Nicaragua.
Junto con lo anterior deberá tener una estrategia realista de lucha que considere los posibles escenarios. Hasta el momento muchos grupos enuncian como dogma el principio de la lucha pacífica asumiendo que las presiones internacionales llevarán a los Ortega Murillo a la mesa de negociaciones. Ignoran que estos jamás harán concesión alguna que arriesgue su poder. Como bien lo dijo Zoilamérica, ellos prefieren la muerte antes que perderlo. Una apertura democrática quizás sería viable si la dictadura fuera desplazada por algún golpe o crisis interna. La posibilidad existe y hay que estar preparado para ella. Pero podría no ocurrir. Los Somoza lograron una dinastía de tres familiares. Los Ortega Murillo podrían intentar lo mismo si mantienen el apoyo del ejército. Otra posibilidad que también existe y ante la cual el liderazgo opositor debe también prepararse; planteando y visualizando otras alternativas de lucha.
En fin, lo que la oposición necesita no es una amalgama sino una vanguardia; con buena gente, buenos planes, decidida a todo y con mucho de lo que ponen las gallinas.
El autor es sociólogo e historiador, autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.