Poco a poco, en la medida que ha avanzado su radicalización totalitaria la dictadura de Ortega y Murillo ha venido sacando a Nicaragua de los organismos que le dan forma a la comunidad internacional.
La razón aparente de ese aislacionismo es que varios organismos internacionales han cuestionado o condenado las violaciones de la dictadura a los derechos humanos y su atropello a las normas del derecho internacional y los principios de la convivencia civilizada.
La dictadura comenzó sacando al país de la Organización de Estados Americanos (OEA), en el año 2023. Siguió con los organismos funcionales de la ONU como la Unesco, Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros, que son los que coordinan las políticas y ejecutan las responsabilidades del organismo mundial en los ámbitos de la salud pública, educación y cultura, relaciones económico-laborales, derechos humanos, etc.
Ahora está por verse si la dictadura también sacará a Nicaragua de las propias Naciones Unidas. Lo que podría ocurrir si la Asamblea General de la ONU, que se reunirá a partir de septiembre próximo en su período de sesiones de 2025, aprobara el último informe del Grupo de Expertos Internacionales sobre Derechos Humanos en Nicaragua (GHREN).
Como es bien conocido, ese informe documenta de manera detallada las peores violaciones a los derechos humanos en Nicaragua, señala personalmente a los integrantes de la línea de mando en la ejecución de las acciones criminales y sugiere que el régimen de Ortega y Murillo pueda ser acusado ante la justicia internacional por delitos de lesa humanidad.
Expertos jurídicos nos dicen que con su política de aislamiento internacional “el régimen de Ortega ha demostrado, con total impunidad, una de las grietas más peligrosas del sistema internacional liberal surgido después de la II Guerra Mundial”. Es decir, que “si un Estado se aísla o se sale del orden multilateral, los organismos internacionales pierden toda capacidad real de presión o influencia”.
Explican que el sistema de relaciones internacionales “parece no castigar a quienes rompen sus reglas, y eso lo convierte en un espacio cada vez más débil frente a las autocracias como la de Nicaragua”. Esto ocurre, indican, porque “el actual orden global está basado en la buena voluntad de los Estados… no hay ninguna normativa ciento por ciento vinculante, el poder disuasivo del Consejo de Seguridad (de la ONU) se ha limitado a puros intereses mezquinos de las (grandes) potencias y hoy no funciona realmente…” Y precisan que “lo peor es que estas grandes potencias han dejado de apostar por el multilateralismo, por ejemplo, Estados Unidos, con su actual política aislacionista”.
En realidad, eso se debe a que la Carta de las Naciones Unidas, aprobada en 1945, establece el principio y norma de que “los pueblos tienen derecho a elegir libremente su sistema de gobierno, su organización política, económica y social, así como sus instituciones”. Pero en el lenguaje del derecho internacional que reconoce y aplica la ONU, “los pueblos” son los Estados, o peor aún, los gobiernos y los gobernantes.
De manera que si quienes mandan en un país imponen de cualquier manera el autoritarismo e incluso el totalitarismo como su sistema de gobierno, la ONU no tiene nada que hacer porque según ella eso es de la competencia interna de cada país o Estado. Mejor dicho de quienes detentan el poder y lo ejercen mediante el uso de la fuerza policial y militar contra el pueblo.
Ahora bien, el aislamiento de Nicaragua promovido por la dictadura no es de todo el sistema internacional, es sólo de los organismos que la critican y le exigen respeto a los derechos humanos y democráticos. No se retira, al menos por ahora, de las instituciones financieras internacionales que proveen los créditos para inversiones, ni del comercio con Estados Unidos y otros países del Occidente democrático que son sus socios principales.
Es evidente que el objetivo de la dictadura es aislarse sólo de la comunidad de países democráticos. En cambio, con las potencias dictatoriales como China, Rusia e Irán, el régimen estrecha relaciones de toda clase, desde las políticas y económicas hasta las estratégicas y militares. Y además promueve su cercanía con todos los países del llamado sur global, los que, igual que Nicaragua, se distinguen por su falta de libertad, democracia y respeto a los derechos humanos.