Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Un estremecimiento de alegría sacudió a los millares congregados en la Plaza de San Pedro cuando brotó la fumata blanca anunciando la elección de un nuevo papa. Visto con ojos de un científico social, neutro en cuestiones de fe, el acontecimiento en sí era extraordinario: se trataba del anuncio del pontífice número 267 de la Iglesia católica, continuador en línea directa del primero que fue Pedro, dos milenios atrás.
Ninguna institución en la historia de la humanidad exhibe semejante récord. Desde cualquier ángulo que se le examine, la Iglesia católica es la organización humana más duradera en la historia de la humanidad. ¿Qué otra institución humana puede mostrar semejante resiliencia y continuidad? Los imperios surgen, pueden durar algunos siglos, mas terminan desapareciendo. Igual los regímenes políticos.El comunismo, el nazismo, y tantos otros ismos fueron, ante el telón de la historia, como llamaradas de tuza. Millares de partidos y organizaciones de todo tipo se crean, crecen y desaparecen.
La Iglesia católica, en cambio, ha mantenido, por nada menos que dos milenos, básicamente su misma estructura jerárquica, y su mismo mensaje o cuerpo doctrinario. Cambios menores los ha tenido, crisis formidables también, tanto externas como internas, pero asombrosamente ha mantenido su integridad institucional y coherencia interna en todo ese tiempo; ¡veinte siglos!
Aumenta la excepcionalidad de este fenómeno el hecho de que esta institución, vista desde afuera, está compuesta por esos seres tan falibles o pecadores como son todos los hombres. En la primera Iglesia de Cristo, las de doce apóstoles, hubo un traidor. ¿Qué institución puede existir sobre la tierra donde todos sus integrantes sean puros y sin mancha? Basta que echemos una mirada a nuestro alrededor para ver las manchas que aquejan a prácticamente todos los partidos, gobiernos, u organizaciones.
Los miembros de la Iglesia no han sido inmunes a estas manifestaciones de la fragilidad humana. En su larga historia ha padecido también, al lado de multitud de papas santos, la presencia de algunos —aunque muy pocos— papas malos, corruptos, junto con muchos sacerdotes y fieles indignos. Pero con todo y estas limitaciones, lo que es verdaderamente sorprendente es que, tras dos mil años de avatares cuajados además de persecuciones y hostilidades, la reciente fumata en San Pedro ratificara la proeza de su permanencia.
¿Qué explica esta excepcionalidad histórica? La principal razón que argumenta la propia Iglesia es que además de humana la Iglesia tiene una naturaleza divina por ser el cuerpo místico de Cristo y contar con la asistencia del Espíritu Santo. A esto añade la explicación más poderosa: la promesa de su mismo fundador de que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Otra razón de su permanencia, que también tiene sustento sociológico, es el haber sido constituida por su fundador como una institución jerárquica; es decir, bajo la guía absoluta de los sucesores de Pedro, y con la función de ser la única que, en comunión con él, está autorizada para interpretar y guardar inalterable la palabra de Dios. Esto le ha suministrado una unidad y coherencia doctrinal ausente en el protestantismo pues éste, al defender la interpretación individual de cada creyente, hace que se produzcan miles de versiones divergentes con la correspondiente multiplicación de sus denominaciones y sectas.
Son muchos, sin embargo, los que, en lugar de maravillarse ante esta institución excepcional, que además de permanente ha sido la más influyente en la historia de la humanidad, verdadera luz y faro civilizador, portadora del mensaje de amor y paz más profundo jamás conocido, desconfían de ella y hasta la critican acerbamente señalando los pecados o fallas de sus miembros. Pero si el pecado de algunos curas pedófilos, o la corrupción o fallas de algunos de sus jerarcas, pueden ser argumento para despreciarla, ¿cómo no lo es para apreciarla el testimonio de santos como Madre Teresa de Calcuta, Don Bosco, Juan Pablo II y tantos héroes y mártires anónimos que han dado su vida por ella y el mensaje de Cristo?
Ante quienes la aprecian o desprecian vale recordar las palabras del Maestro dirigidas a sus discípulos: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha, quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia, y quien a mí me desprecia, deprecia al que me envió”.
El autor es sociólogo e historiador, autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.