¿Un papa progresista?

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En vísperas de la elección del sucesor de Pedro hay un buen sector del público que anhela que salga electo un pontífice progresista; uno inclinado a permitir una moral sexual relajada, donde casi nada sea pecado, que bendiga las uniones entre parejas del mismo sexo, las prácticas LGTB, la comunión a los divorciados, y también identificado con la defensa del medioambiente y una simpatía no disimulada hacia los políticos de izquierda.

Evidentemente, este sector es más abundante entre los no católicos, ya que a ellos no tiene por qué interesarle la salud de la Iglesia ni mucho menos su ortodoxia. Pero aún entre los que se consideran católicos hay quienes de una forma se acercan a dichas preferencias cuando hablan de un papa que no sea “retrógrado” sino más abierto, más conciliador, menos rígido en materias doctrinales. Entre quienes favorecen este tipo de papado suelen resonar también algunos de los sones que tocaba la teología de la liberación del siglo pasado: el llamado a que la Iglesia se preocupe más por cambiar las estructuras sociales que por convertir a las personas.

En el fondo, algo que muchos parecen anhelar es un papa más acorde con los tiempos; es decir, uno que abrace las tendencias morales y políticas en boga; que oiga mejor lo que el gran público prefiere, que disminuya las molestas y tradicionales prohibiciones y conceda mayor libertad a los fieles para escoger su propia ética.

Lo que parecen ignorar, quienes así piensan, es que la Iglesia católica es, por definición, una institución esencialmente conservadora en el sentido de que su misión ha sido, sigue y seguirá siendo, preservar inalterable el mensaje y doctrina evangélicos de Cristo. Ya desde sus inicios San Pablo previó esta tendencia universal a introducir desviaciones doctrinales o conformar el mensaje de Cristo a las presiones ambientales. En Gálatas 1:8-10: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema (maldito)”. Y remata su amonestación preguntándose: ¿A quién busco agradar yo, a Dios o a los hombres? Mensaje que se encuentra también en Romanos 12:2: “No os conforméis (amoldéis) a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento…”

Una de las misiones que Cristo encomendó a su Iglesia fue la magisterial; ser maestra; interpretar rectamente las verdades reveladas a fin de evitar lecturas torcidas y enseñar las normas morales derivadas del evangelio. Aquí entraron en acción los primeros padres que, junto con el aporte de teólogos, concilios y declaraciones dogmáticas, refinaron y precisaron el depósito de la fe. Corolario de este proceso ha sido el celo por la ortodoxia doctrinaria con la que la Iglesia ha preservado inalterable sus preceptos doctrinales y morales básicos por dos milenios. 

Esto no significa que a lo largo de su historia la Iglesia no haya hecho o deba hacer algunos cambios en aspectos no esenciales, como cuando ha adaptado algunas de sus prácticas y liturgias a las realidades circundantes; permitir celebrar las misas en los idiomas locales en lugar del latín, acortar el período de ayuno antes de la comunión, etc. También han ocurrido matizaciones sobre aspectos morales como el de la pena de muerte, tradicionalmente aceptada pero adversada, aunque no prohibida, por Francisco. Hay temas, también, susceptibles a modificaciones por no ser parte del corpus dogmático o inalterable, como el del celibato sacerdotal, el cual no existió en los inicios ni existe en el rito ortodoxo oriental.

Los católicos podremos preferir papas más o menos acordes con el cambio climático o con los aranceles o el libre comercio, que son más bien temas opinables provincia de los laicos, pero no alguien que oiga la voz del mundo en detrimento de la de Dios. Lo ideal sería, citando a un autor anónimo, un papa que sea un hombre de oración, un defensor valiente de la verdad, capaz de nadar contra corriente, un evangelizador incansable que encuentre la forma de hacer atractiva la fe a las audiencias del siglo XXI, pero sin cambiarla en lo más mínimo, un hombre además que una sólida formación filosófica y teológica, además de sencillo y compasivo. En dos palabras; un líder santo.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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