Un viaje al corazón del Museo d’Orsay

Para muchos parisinos, el museo d΄Orsay es el más representativo de la cultura francesa. Ahí yacen las obras más connotadas de los pintores que asentaron escuela —la de los rechazados a las normas más clásicas —para imponer su gusto por la luz, el movimiento y las escenas cotidianas de la calle, con personajes corrientes.

Los refusés se convirtieron en rénomés.

Era la revolución francesa de la pintura.

Al entrar hay cientos de personas intentando colmar los pasillos, las salas, las tiendas. Otros como yo, solo queremos tener un diálogo con las pinturas (¡Todas las pinturas me parecen muy fuertes, cargadas de espiritualidad mayor!).

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La pintura es la estadística esculpida del color.  

Busco la conexión con el tiempo, el pasado que siempre vuelve y se revive como si fuera una dimensión atemporal.

Voy en busca de Paul Gauguin. Pero me topé con Emile Bernard, a quien no conocía. Los franceses aquí lo veneran.

También me tropiezo como Manet, Monet, Renoir, Cézanne, Courbet, Utrillo. Y otros. Los nombres no alcanzan en un papel.

Edgard Degas me volvió a asombrar con sus ojos puestos en las escuelas de ballet, y los hipódromos parisinos.

Vincent Van Gogh es igual a sus autorretratos tímidos y desmaquillados. Se pinta con sobriedad y fuerza en pequeños trazos que crean grandes figuras. ¿Uso más la espátula que el pincel? Parece un ceramista bizantino.  

Tuve la suerte placentera de ir a ver personalmente a Vincent en su casa de Ámsterdam, hace 23 años. Castillo sin rey, atiborrado por las multitudes que lo querían acompañar, ya cuando la soledad le había quitado entusiasmo, y la angustia le había robados sus alegrías —si es que hubo alguna alegría en su vida—. Bueno, las epístolas con su hermano Theo revelan pesares insondables, angustias, ansiedad, y tristezas confesas.

Estaba ansioso por ver a Paul Gauguin porque, para mí, era el Guy Maupassant, el Jules Verne de la paleta. Todo lleno de imaginación, exótico, desbordante, misterioso. Quería ver los ojos de su Heidi Klum de las Marquesas.

¡Ah! Mujeres de otras tallas, pieles de otros tonos, ojos menos exquisitos, pero no por ello desprovistas de belleza, bondad o transparencia.

No quería ver al Paul Gauguin pendenciero y desdibujado de Vargas Llosa, en su novela “El Paraíso en la otra Esquina”. Quería captar el olor del pincel en el pacífico Sur, el calor de colores modernos que podían transfigurar el azul o desfigurar la realidad en sus tonos cálidos rojos. Todo en este impresionista es surreal.

¡Cómo puede ser la vida interior de un artista sino un remolino de conflictos y trazos agitados de tristezas y emociones desbordadas! Quedaron atrás su esposa danesa, sus hijos, sus días en los bancos. Su vida de señor pulcro de barba Goatee; sus pasiones ahora acumuladas en las manos y mostradas en las lámparas rasgadas de sus ojos desconfiados.

Cuánto recordaría a Vincent, ese holandés de carácter explosivo y corazón de niño. “Sus estrellas eran como huevos fritos” —dijo mi madre, al referirse al cuadro “La noche estrellada sobre el Ródano”.

Se atrevió a pintar la noche al igual que lo haría el noruego Münch. Uno, impresionista; el otro, expresionista.

Gauguin se fue al Sur lejano en busca de otras emociones. El arte es un imán que nos catapulta. ¿Qué pensarán los astronautas cuando a través de las escotillas ven hacia el espacio infinito y perciben otras luces, otras galaxias, otras formas de vida?

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¿Sólo ellos pueden ver mucho de la obra de Dios? Igual lo hacen los artistas.

Paul vuelve y se va a la playa a retratar mujeres de otras tallas, con trajes escasos de colores abigarrados, con los gruesos pies desnudos, sobresaliendo unos dedos toscos. Otros estándares de estética. Pero esas miradas las buscaba para las lentes de sus ojos, para los pinceles de sus dedos, para las pinturas de su paleta.

¿Y el caballo rojo? ¿Y el perro rojo? ¿De dónde salieron?

Entonces comprendo que hay una manifestación más de la profundidad de Dios en estos seres. Tanto en los que captan como en los que pasan a la inmortalidad porque hay un espíritu que va en busca de la línea, la forma, el volumen, el espacio, el tono. El arte en el lienzo pasa de geometría a pintura. Hay magia. Hay asombro. Hay misterio. Hay trascendencia.

¿Y quién nos lo narra?

Si nuestro mundo es griego, la pintura griega no conocía la perspectiva (Igual la pintura Oriental –más concretamente la china y japonesa–fusiona poesía con pintura en planos sin volúmenes o sin perspectiva). 

¿La hicieron evolucionar Masaccio, Brunelleschi, Della Francesca?

En Gauguin los lienzos están pintados con trazos secos. Se deslizan el pincel y la espátula que arrasa para dar el tono opaco y crear la luz de la vida que, para Gauguin, otras veces era otra luz.

Veo sus cuadros de las mujeres semidesnudas y voluminosas cómo esculturas de barro, hombros fuertes envueltos en pieles cafecinas o marrones. Hay una mirada que cautiva.

¿Qué hay en los ojos de la dama del Giocondo de Da Vinci, o en los de la muchacha del arete de Vermeer, que no haya en los ojos de las tahitianas?

Misterio sin revelar. 

La de la italiana es una mirada sutilmente burlesca; la de la holandesita de Delft es una mirada de alegría contenida.

¿Y qué hay en las pupilas de la tahitiana…?

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