“Mejor que Somoza cualquier cosa”

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

Buena parte de los capítulos trágicos de nuestra historia han sido causados por nuestra atávica ofuscación; nuestra tendencia a dejarnos cegar por las pasiones políticas y actuar impulsiva e irreflexivamente. La recién visitada historia de los Somoza nos ofrece lecciones muy vívidas del daño causado por dicho síndrome.

Tras heredar de su padre Anastasio la Presidencia en 1957, Luis Somoza Debayle, hizo una propuesta extraordinariamente atractiva a la encendida oposición: recortar su período a dos años para llamar entonces a elecciones supervigiladas con observación externa. Era, en realidad, una oportunidad para encauzar al país por la senda democrática. Pero sus adversarios la rechazaron. No hubo apertura a explorar negociaciones políticas y en su lugar optaron por el camino de la conspiración y la violencia. Les cegaba el odio a su padre y la idea infantil, expresa con toda libertad por el conservador Luis Cardenal en las páginas de LA PRENSA, de que “la victoriosa guerrilla de Fidel Castro había demostrado la receta infalible para derrocar a los tiranos”. 

Eran tiempos entonces en que, junto a los esfuerzos armados por botar a Somoza, el Diario LA PRENSA y las radioemisoras opositoras, como Radio Mundial, habían caído en el maniqueísmo radical. Nada de lo que Luis hiciera podía ser bueno; ni la libertad irrestricta de prensa y movilización, ni las muchas amnistías a quienes le habían declarado la guerra armada, ni la concesión de la autonomía universitaria, ni la independencia del poder judicial, ni el vigoroso crecimiento económico. Tampoco se vio como genuina su reforma constitucional prohibiendo la reelección ni se quiso ver que Luis no apoyaba las pretensiones electorales de su hermano Anastasio, sentimiento que expresó cuando confió a sus amigos que “el problema con Tacho no va a ser que suba, sino que baje”. Él veía que el continuismo familiar era peligroso y quiso evitarlo. La oposición nunca aprovechó esta apertura. Luego Luis no pudo contra su hermano ni contra la muerte, que se lo llevó antes.

Con la ascensión al poder de Tacho las cosas se complicaron. Ahora la oposición tenía razones para clamar al cielo y ver el espectro de una dictadura interminable. El maniqueísmo adquiriría carta de ciudadanía, más cuando Somoza reprimía los brotes guerrilleros del FSLN incurriendo en graves violaciones de los derechos humanos y hacía crecer sus negocios, sobre todo después del terremoto de Managua de1972. Aunque, de nuevo, no todo era negro como lo pintaban. El dictador Somoza, aún próximo a su caída, seguía permitiendo muchas de las libertades públicas practicadas por su hermano. Luego vino el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, su principal crítico. Somoza no tuvo nada que ver, pero la oposición quiso culparlo y la demonización de su régimen llegó al paroxismo.

Con la agudización de la crisis ganó una fuerza inusitada la insurgencia del FSLN apoyado por Fidel Castro y presidentes como Andrés Pérez de Venezuela, Torrijos de Panamá y Carazo Odio de Costa Rica. Ni el empresariado, ni los clérigos, ni los mismos conservadores, atinaron a ver, o denunciar, el peligro que significaba que un grupo casado con la ideología más antidemocrática e inhumana de la historia pudiera hacerse con el poder. La ofuscación anti somocista reinaba. Quienes intentaban advertir el peligro recibían el grito de “Mejor que Somoza, cualquier cosa”. Incluso el presidente Carter, a sabiendas de que Castro armaba masivamente al FSLN, llegó a cortarle todo apoyo al régimen. Tacho, acorralado, estaba dispuesto a ceder. Ofreció dejar la presidencia y jefatura del ejército en 1981. Luego se enfrascó en negociaciones con el FAO, (Frente Amplio Opositor) avaladas por la OEA y EE. UU., que proponía reemplazarlo con un gobierno de unidad nacional que convocaría a elecciones. Pero abrupta e inesperadamente FAO rompió las pláticas en octubre de 1978 alegando que todo era un intento de mantener un “somocismo sin Somoza”. 

El resto de la historia ya lo sabemos. Tanto la oposición como Somoza reemplazaron el diálogo por la metralla y la victoria la cosechó la fuerza política más nefasta de la historia de Nicaragua. Hoy, uno de sus líderes y victoriosos de entonces, protagoniza la dictadura tan brutal y absoluta que jamás ha sufrido el país. Son muchos los responsables.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí