Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
La hermosa tuberculosis
Allá en la Europa del siglo XIX, cuando la penicilina estaba a décadas de ser descubierta, morir de tuberculosis era considerado romántico y elegante. La tisis era una “enfermedad halagadora”, en palabras de la escritora británica Charlotte Bronte, quien ya había perdido a una hermana y estaba a punto de perder a otra a causa de la misma enfermedad, cuando escribió eso en su diario, en 1849.
La tuberculosis potenció características físicas que ya eran consideradas hermosas en Europa; de modo que las mujeres delicadas y pálidas, con los labios enrojecidos por las fiebres de la “peste blanca” se convirtieron en el ideal de belleza de la época victoriana. Los artistas contemporáneos se encargaron de plasmarlo en innumerables retratos de celestial atmósfera: jóvenes blancas, de mirada profunda, cintura delgada y con un pie en la tumba.
Tampoco es casualidad que existan tantas heroínas literarias que morían lenta y trágicamente en las garras de la tisis. Marie Duplessis, en La dama de las camelias; Fantine, en Los miserables; Katerina Ivanova, en Crimen y castigo; Catherine Earnshaw, en Cumbres borrascosas, y un largo etcétera.
La letal infección, que afecta primero los pulmones y se extiende a otros órganos, alcanzó niveles epidémicos a mediados del siglo XIX, volviéndose responsable del 25 por ciento de las muertes anuales en Europa. Perdió su carácter romántico cuando dejó de ser una enfermedad de ricos y se le asoció con las clases pobres.

Arsénico para blanquear
Aunque tiene que ver con la tuberculosis, esta costumbre merece mención aparte. En busca de los tan codiciados efectos blanqueadores de la tisis, las mujeres de la época victoriana tragaban obleas de arsénico, un producto cosmético que en ese momento se creía inofensivo y hoy está asociado con enfermedades cardiacas, deterioro cognitivo, cáncer y diabetes, entre otras calamidades.
Como si la tisis hubiera necesitado ayuda para causar daño pulmonar, también se lavaban con amoníaco y se cubrían el cuerpo “con pinturas blancas y esmaltes tóxicos”: cremas a base de plomo (veneno capaz de dañar todos los sistemas del organismo), tiza y pizarra (que afectan las vías respiratorias). Las usaban en todo el rostro e incluso otras partes del cuerpo, narra la periodista Carmen Macías, para el diario español El Confidencial.
A esto había que sumar la falta de sol y, en consecuencia, de vitamina D, para encajar en el ideal romántico de la época. Con el tiempo se recomendaron los baños de sol como tratamiento, se aflojaron los corsés y el dobladillo de los vestidos subió para dejar de recoger bacterias en las calles. Esto llegó a nuestra época en la industria de la moda, el calzado y el bronceado.

Duelos por honor
Hubo un tiempo en que la menor ofensa era motivo de un callejero combate a muerte. Decían que para salvar el honor. La fiebre de los duelos tuvo lugar en la Europa del siglo XVII, pero en ningún país se vivió con tanto ardor ni con tan alarmantes consecuencias como en Francia. En esa época, precisamente, está ambientada la novela de Los tres mosqueteros.
National Geographic explica que los duelos debían ajustarse a una serie de ritos. Era necesario el desafío. En caso de honra herida, el ofendido podía retar al ofensor, ya fuera con palabras o con una brutal bofetada. Otra forma, más elegante, era la del desafío por escrito, mediante cartas o incluso carteles.
Las peleas se realizaban “en camisa” (sin armadura), generalmente a pie, pero también a caballo. El arma favorita era la espada, sobre todo la llamada “ropera”, larga y delgada, letal pero gentil, pues no causaba mutilaciones ni desfiguraba la cara. Las armas de fuego no estaban bien vistas en estas lides, pues no compaginaban con el ideal de valentía de los aristócratas franceses duelistas.
Los duelos llegaron a ser tan comunes, que en la década de 1630 el cardenal de Richelieu se quejó de que las calles francesas comenzaban “a servir de campo de batalla”. Inclusive hubo casos que podrían considerarse asesinatos en serie más que peleas por honor. Se sabe de un tal caballero D’Andrieu, que “con solo 30 años había matado a 72 hombres en duelo, hasta que fue ejecutado por la justicia real”, dice el artículo de National Geographic.
A veces podían evitarse los desenlaces fatales: los duelistas se reconciliaban antes de cruzar espadas o se daban por satisfechos en el momento en que alguno de ellos sangraba. Bastaba con una herida ligera para salvar la reputación y, en ocasiones, ni siquiera eso era necesario, pues el asunto se saldaba con un par de estocadas al aire.
De todas formas, los duelos cobraron miles de vidas. Se ha estimado que durante el reinado de Enrique IV (1589-1610) tuvieron lugar en Francia alrededor de 10 mil encuentros en los que participaron unos 20 mil duelistas, de los que 4 mil o 5 mil perdieron la vida. Los testigos de los combatientes también entraban a la pelea, engrosando las cifras mortales.
Luego de numerosos edictos que los prohibieron, el último duelo mortal en Francia ocurrió en 1892, entre un capitán judío y un marqués antisemita. Murió el primero, pero fue elevado a héroe por la opinión liberal.
En Rusia también
Alexander Pushkin, considerado el padre de la literatura rusa moderna, no había cumplido los 40 años cuando perdió la vida en un duelo. A pesar de ser corto de estatura, su personalidad arrojada y susceptible lo llevó a verse envuelto en 21 desafíos, de los cuales cinco se llevaron a cabo, el último con consecuencias mortales.
En el otoño de 1836 apareció Georges d’ Anthès, un oficial francés de 25 años con intenciones de cortejar a Natalia Gonchanova, aclamada beldad moscovita y esposa de Pushkin. El joven continuó interesado en Natalia incluso después de casarse con su hermana, lo cual rebasó la de por sí escasa tolerancia del escritor.
El 7 de febrero de 1837 envió a su rival la carta más insultante que sus dotes literarias le permitieron escribir y el duelo se realizó el 8 de febrero junto a un río de San Petersburgo. Una bala se alojó en el abdomen de Pushkin y dos días después murió por peritonitis, mientras que su contrincante fue expulsado de la corte imperial y tuvo que abandonar Rusia.

El suicidio por amor
En la época del romanticismo se desarrolló una peculiar moda: los jóvenes empezaron a suicidarse en masa, emulando a sus ídolos literarios y, en particular, al protagonista de Las penas del joven Werther, quien se mata de un disparo al ser rechazado por su amada Lotte, comprometida con otro hombre.
La novela de Johann Wolfgang Goethe, publicada en 1774, tuvo un éxito sin precedentes y fue traducida en poco tiempo al francés, inglés, neerlandés, sueco, serbio, ruso y el castellano (en 1803). Su triunfo fue tan arrollador que los jóvenes vestían al estilo de Werther, las mujeres se perfumaban con Eau de Werther y las efigies de la trágica no-pareja inundaron los hogares.
Pero la moda más notoria fue la del suicidio en cadena, con ejemplares del libro apareciendo en las escenas fatales, bajo alguna almohada, abierto sobre una mesa o en el bolsillo de una joven que se arrojó voluntariamente a un río.
Esto llevó a que se calificara el libro como “peligroso” y a su censura o prohibición en algunos países, como Italia, Alemania, Austria, España y Dinamarca. En 1787 el propio Goethe agregó una advertencia a su obra: «Sé un hombre y no sigas mi ejemplo». Aquella fiebre suicida incluso acuñó un término, el “efecto Werther”, para hablar del suicidio por contagio.
Sin embargo, el suicidio por amor ya era un tema en Europa antes de Werther y la novela sólo habría llegado a echar más leña al fuego que consumía a la sociedad prerromántica, que veía como héroes a los protagonistas reales o ficticios que morían en la más absoluta desesperación. E incluso antes del prerromanticismo, ahí estaban Romeo y Julieta, amantes suicidas por antonomasia.
La nueva moda, no obstante, terminó convirtiéndose en algo más absurdo que trágico, lejos de su objetivo de expresar individualidad, pasión y grandeza. Sátira del suicidio romántico, obra del pintor español Leonardo Alenza (1807-1845), presenta un retrato casi caricaturesco de la ola de suicidios, con un escritor fracasado lanzándose a un precipicio mientras se apunta con un puñal, por si falla en la caída.
Ya sea por ironía de la vida o por falta de antibióticos, Alenza murió a los 38 años, por tuberculosis.