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Laplace (Pierre-Simon 1749-1827) se planteó, que si hubiera un ser sobrehumano y pudiera conocer la posición y la velocidad de todas las partículas del universo en un momento dado, conocería el devenir de todo lo existente. En otras palabras, este ser sobrehumano podría predecir con absolutamente certeza todos los acontecimientos del futuro y del pasado.
Nosotros por nuestra parte nos hemos planteado la posibilidad de que haya entre nosotros alguien con una memoria extraordinaria no selectiva y una percepción extrasensorial inaudita, capaz de reconstruir el estado de todas las cosas de un momento dado, y que no sería imposible que nos describiese también, este congénere, con sus detalles, todos los momentos de su vida.
Tanto lo que se planteó Laplace, como lo que me planteo yo, es muy halagador, pero lamentablemente es pura ficción. Ejercicios mentales, deseos. Laplace, posiblemente no tomó conciencia antes de morir, de que su enfoque era pura ficción. Que un ser como el que modeló, hoy por hoy, después del desarrollo de la física cuántica, en el sentido de que es imposible hasta hoy conocer la posición y la velocidad a la vez de una partícula determinada, (principio de incertidumbre) o sea que, si conocemos su velocidad se nos escapa su posición y viceversa. Estas ocurrencias sólo son concebibles en una trama de ficción.
Nosotros en cambio, somos conscientes de que nuestro enfoque es un ejercicio mental. Sabemos que todas las cosas cambian continuamente de forma y de lugar y, de hecho, cambia también su estado interno y que por esto no es posible reconstruir en su totalidad, ningún momento del pasado. Mucho menos que alguien pueda contar, de modo detallado, todos los momentos de su vida; pues en ese empeño, lo alcanzaría la vejez y después la muerte.
Existimos de modo precario. Nos hacemos y nos rehacemos con fragmentos rescatados del pasado y de la última catástrofe y si podemos autoidentificarnos es en virtud de que cada vez que tropezamos con algo, esto nos actualiza y nos recuerda quiénes somos. La vida, literalmente, es un proceso precario, es preciso, para existir, que nos imaginemos continuamente a nosotros mismos. La vida también es una cuestión de creación y recreación. Pero, podemos mantener nuestra actividad vital en el mundo, aunque precariamente, en virtud de nuestras cuatro facultades básicas, que son: sensibilidad, memoria, conciencia y lenguaje. —Estas cuatro facultades son también los cuatro pilares que sostienen el mundo, tanto a nivel cosmológico como a nivel del mundo intersubjetivo de la vida—. Sin memoria y sin conciencia, aunque tuviéramos sensibilidad y lenguaje; no tendríamos noción de nosotros mismos y del resto del mundo, y sin sensibilidad y lenguaje, aunque poseyéramos memoria y conciencia no podríamos hacer una descripción de nosotros mismos y del mundo.
Por lo demás, estas cuatro facultades son interdependientes. Tienen una función arquitectónica. Una casa, por ejemplo, para que sea casa, ha de tener por lo menos cuatro columnas. Nosotros como seres humanos, para poder describir el mundo y a nosotros mismos, hemos de tener intacta, la memoria, la conciencia, el lenguaje y la sensibilidad. Si a una casa, independientemente que sea de cuatro o más columnas, le tumbamos una, se debilita, si es que no cae parte de ella. Nosotros, con una de nuestras cuatro facultades básicas que perdiéramos, no podríamos funcionar bien en la sociedad y en el mundo, y el mundo mismo no sería lo que es, sería otra clase de mundo.
Laplace estaba obsesionado por el futuro. Él, al igual que todos los pensadores de su tiempo concebía el mundo como un orden estable y homogéneo y los elementos de que estaba compuesto, eran objetos persistentes y bien determinados. Su preocupación estaba en cómo poder predecir todo el devenir (orientación determinista) y en el peor de los casos, poder predecir, al menos aquellos acontecimientos próximos a manifestarse. Él estaba enfocado, como lo estarían sus contemporáneos, en la idea de progreso. Presumían que todo tiempo venidero sería mejor. El mundo estaba diseñado de un modo que, a través del tiempo, cada proceso de que estaba compuesto iría perfeccionándose. Y la historia humana como proceso secuencial avanzaría de modo lineal, irreversiblemente hacia un estado de convergencia y de plenitud espiritual.
Por mi parte, ya sé que el futuro es incierto y que por tanto no nos permite importantes conocimientos a priori, pero es preciso que nos preparemos para lo que venga. El presente lo tengo frente a mí, por lo que debo estar atento, muy atento. No sabría dar una ubicación del pasado, pero en virtud de la memoria cuento con un cúmulo de experiencias adquiridas en él.
Concibo el espacio-tiempo como una pluralidad y, además, divergente. Pero podemos pensar un espacio para la vida, en ese caso, el pasado estaría repleto de vida como lo está el presente.
Cuando morimos, algo queda de nosotros en el espacio en que por cierto tiempo vivimos, pero como somos incapaces de reconstruir el pasado, sólo podemos recrearlo o reinventarlo, no podemos saber qué tanto queda de cada uno de nosotros en nuestro espacio vital después que morimos.
Es verdad que el futuro es el gran reto de los seres humanos, pero en el pasado reside el mayor misterio, nos exige las mayores interrogantes que podamos hacernos, por ejemplo: ¿Cómo, dónde y cuándo surgió la vida? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué habrá sido de Nietzsche, de Einstein, de Jesús, de Sócrates…?
El autor es escritor nicaragüense.