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Uno de los méritos de Milei ha sido reivindicar el credo libertario, una filosofía política que no había tenido mucho eco en Latinoamérica. Es una gran noticia. Por más de un siglo nuestro continente ha sufrido los estragos de ideologías que han centrado sus esperanzas de progreso en Estados coercitivos supuestamente benévolos, investidos de muchos poderes, y con buenas dosis de recetas socialistas o de izquierda. Milei ha señalado con elocuencia cómo ellas han arruinado a su país, y cómo hoy es necesario dar un golpe de timón hacia la libertad. Es necesario que las nuevas generaciones de políticos se familiaricen con su visión por la sencilla razón que contiene los principios capaces de romper con el pasado y construir un nuevo orden donde la libertad y la prosperidadvayan de la mano.
Uno de los principios fundamentales libertarios es la desconfianza del Estado. No llega al extremo de rechazarlo, como los anarquistas, pero lo considera un mal necesario. Una de las razones es que otorga mucho poder a quienes gobiernan; la facultad de castigar o premiar, de manejar muchos recursos, de encubrir muchos abusos, de extraer muchas ventajas personales. De aquí que el poder corrompa. O sea, al menos, adictivo. La sensación de sentirse importante y tener dominio sobre los demás y peor, sobre un país entero, marea a cualquiera. Abundarán los cortesanos que endulzarán los oídos del poderoso invitándolo a divorciarse de la realidad y a que trate de aumentar siempre su poder.En el proceso verá beneficioso repartir beneficios a costa del erario —léase los impuestos de los demás— por encima de la capacidad de financiarlos, y de rebote corromperá al pueblo. Es curioso como el mismo Jesús advirtió a sus discípulos sobre los gobiernos al decirles: “Como saben, los que se consideran jefes de las naciones oprimen a su gente, y los grandes abusan de su autoridad. Pero no sea así entre ustedes…” (Marcos 10:42).
Otra razón para desconfiar del Estado es que, a diferencia del sector privado, carece de mecanismos que midan su eficacia. El empresario sabe que su gestión es acertada cuando aumenta sus ganancias. Esto lo hace consciente de la necesidad de bajar costos, innovar, y contratar personal competente. En el Estado, en cambio, si los costos se disparan se cubren con más impuestos. Además, los recursos suelen orientarse a premiar partidarios o buscar votos. Quien corre más peligro de perder su puesto no es el ineficiente sino el desleal; el que no endulza suficientemente los oídos al jefe. Todo esto se agrava si el Estado llega a caer en manos de villanos, peligro siempre latente aún en las mejores democracias. La tendencia universal de los Estados es limitar la libertad. El caso más extremo es el del Estado socialista, aunque quizás la variante más común sea el Estado redistribucionista que, pretextando justicia social, se arroga el derecho a intervenir en las transacciones individuales, sobrecargar de impuestos a las clases productivas, dictar precios, etc.
Por estas y similares razones el libertario trata de que el Estado sea lo más pequeño y se limite a ejercer sus funciones básicas: mantener el orden público, administrar justicia, y defender la soberanía. Lo que exceda estos límites pavimenta, parafraseando a Hayeck, el camino a la servidumbre. Su filosofía es una defensa ardiente de la libertad; la fe en la capacidad del individuo de trazar su propio camino sin burocracias que lo dirijan, y su fe en las virtudes del orden espontáneo que nace de miles de iniciativas libres. Por eso en el plano económico defiende el capitalismo y en el plano político la democracia. Al primero le atribuye el gran progreso material y disminución de la pobreza de los dos últimos siglos, y a la segunda la superación de las guerras civiles y la creación de un orden armónico y pacífico.
Decía al respecto Tocqueville, en 1848: “La democracia extiende la esfera de la libertad individual, el socialismo la restringe. La democracia atribuye todo valor posible a cada persona, el socialismo la hace un mero número”. Ambos buscan igualdad, pero mientras la primera lo hace promoviendo la igualdad de oportunidades, los estatistas quieren imponer la igualdad de resultados a expensas de la libertad. De aquí que sea tan oportuno y profético el grito de Milei: “¡Viva la libertad carajo”.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.