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Un artículo de la corresponsal del diario El País de España en Washington, Macarena Vidal, fue lo que inspiró este artículo. Ella expresaba con mucha certeza que, durante milenios, el proceso ha sido siempre el mismo. Un imperio, un centro de poder, podía caer con rapidez o gradualmente, fruto de su descomposición interna o por factores ajenos: una invasión, una catástrofe natural. Pero nunca porque su líder decidiera dinamitar su hegemonía a conciencia. Y, sin embargo, es lo que el presidente estadounidense Donald Trump está haciendo, afirmaba. Aseveración con la que estoy totalmente de acuerdo.
A raíz del triunfo electoral del candidato presidencial Donald Trump y su posterior investidura como el 47 presidente de los Estados Unidos el pasado 20 de enero, le consulté a un amigo qué podíamos esperar de la presidencia de Donald Trump durante los próximos cuatro años de su gobierno. Me contestó exactamente lo que estamos viendo. Me dijo: hará exactamente lo que ha prometido durante su campaña, iniciará una persecución inmisericorde contra los inmigrantes irregulares y por todos los medios posibles tratará de deportar los once millones que prometió. Por otro lado, su slogan de volver a América grande otra vez, lo interpreta como dejar que el resto del mundo resuelva sus problemas mientras él se dedica a reconstruir la economía norteamericana.
Eso es lo que ha estado haciendo, según él. A mi juicio ha estado metiendo la pata y haciendo las del pato por donde pasa. Por décadas los Estados Unidos ha sido el líder de una buena parte del mundo, su potencial económico, político y militar dictaron la política en muchas regiones del globo. Renunciar a seguir siéndolo tendrá consecuencias graves para los Estados Unidos y resto del mundo cuya política giraba alrededor de los principios políticos del norte.
La pregunta del millón es ¿qué pasa o qué le pasa a un imperio cuando deja de serlo? En el contexto actual esto es lo que asombra al mundo, que por voluntad propia el líder elegido por los norteamericanos para gobernarlos, decida dejar de ser lo que es sin medir las consecuencias futuras.
Dicho esto, les recuerdo que hay dos potencias mundiales que por décadas han tratado de imponernos su visión de cómo debe conducirse la política de los países bajo su círculo de influencia, ahora que el presidente Donald Trump ha decidido renunciar a su hegemonía, en el corto plazo los países que se sentían protegidos por el imperio norteamericano lo pagarán caro si no se autoprotegen, pero en el mediano y largo plazo los que pagarán un precio altísimo serán los ciudadanos del norte, los que verán cómo se destruye su sistema de vida, sus principios y lo que será peor, pasarán a ser sometidos por ideologías ajenas a su idiosincrasia.
En pocas palabras, en lo único que está teniendo éxito, es en lograr que muchos latinoamericanos comiencen a considerar el retorno a sus países de origen por las dificultades que están enfrentando por su política segregacionista. Pero cuando decidió renunciar a que los EE.UU. siguieran siendo un imperio, también renunció a seguir influenciando en la política de los países bajo su influencia. Cuando inició una guerra arancelaria contra sus aliados, expuso a los ciudadanos estadounidenses a un bajón sustancial en el estilo de vida del norteamericano promedio, algo que considero que comenzará a pagar en pérdida de popularidad y apoyo a su gestión de gobierno muy pronto.
Para finalizar, solo queda seguir observando el desmoronamiento por voluntad propia del imperio del norte y para ser precavidos, los insto a buscar cómo aprender chino o ruso. Yo, desgraciadamente ya no estoy en condiciones de aprenderlos, pues como dice el dicho, lora vieja no aprende.
El autor es analista político y directivo nacional de las Fuerzas de Veteranos de guerra de la Resistencia Nicaragüense.