El novelista y sus ficciones reales

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La vida no se conforma sólo de aquellas cosas establecidas, con las que nos encontramos en nuestro paso por el mundo, nuestra vida se hace, en su mayor medida de aquellas cosas que fuimos capaces de imaginar y que contra viento y marea les hicimos un espacio —por nuestra propia cuenta—.

Si pensamos un momento, pareciera que logramos iniciarnos en el mundo, gracias y sólo gracias a la imaginación, por esto es que, da la sensación de que pasamos todo el rato en el filo de la navaja, en cada paso que damos, entre un pie y el otro, hay un profundo abismo y en cada palabra que decimos va una infinidad de significados y contenidos diversos que no podemos prever; el lenguaje corporal puede llevarnos también —sin percatarnos— al borde del abismo.

La plasticidad de nuestro cerebro nos permite vivir en función de una infinidad de contextos. Podemos reconocer las cosas que nos precedieron, aquellas que hemos descubierto ahí afuera, que son producto también de acontecimientos que nos precedieron, pero en virtud de que tenemos la capacidad de fantasear e imaginar no nos satisfacen del todo esas cosas y esos acontecimientos en que no tuvimos una coparticipación activa, por esto creo que fue que inventamos ese género literario híbrido y flexible —como lo llama Javier María— y que se llama novela y que es el reino de la ficción.

En la dimensión ficcional nos encontramos en un punto de inflexión, en este contexto asumimos todos los riesgos y nuestra vida ya no se compone solo de elementos reales y tangibles, nuestra vida se vuelve un proceso precario, e incluso el mundo es un proceso precario, pues, para que pueda existir, ha de haber un narrador que lo recuerde y lo recree continuamente. Y se conforma de elementos indefinidos y fragmentarios, en tanto que la vida se hace de fragmentos rescatados de último minuto, de catástrofes inmemoriales, porque el pasado tampoco está determinado y cerrado.

Podemos imaginar el futuro, pero también revisar el pasado. Los seres humanos somos producto de todo lo que ha sucedido, de lo que está sucediendo y de lo que sucederá. Somos lo que somos, pero también somos lo que pudimos haber sido y no fuimos. La vida de un ser humano no podemos describirla partiendo de elementos simples y tangibles, es verdad que hay que tomar en cuenta aquellas cosas con las que un agente se ha ido encontrando en su paso por el mundo. Todas las cosas que existen a su alrededor lo afectan, porque ha tomado conciencia de ellas.

Una persona no se limita a convivir con lo que ya existe y con lo que ha acontecido. No importa si es mucho o es poco, la cuestión es que, se percata de que tiene cosas dentro de sí, que no las ve ahí afuera y siente una imperiosa necesidad de ponerlas a formar parte de la totalidad de la realidad y como todos somos artistas, novelista o poetas en potencia, para ninguno de nosotros —seres humanos—, será imposible ir más allá de la realidad convencional. Ni siquiera me imagino un mundo de dimensiones fijas y bien determinadas. El ser de las cosas —este verbo ha de estar muy trillado ya, pero he de usarlo, aunque sea sólo por hoy— depende de quién las mire.

Pero volvamos a la dimensión ficcional. Un novelista, un relator o un narrador, como lo queráis llamar, cuando construye su trama novelesca lo hace urgido por la imperiosa necesidad de hacerles un espacio a aquellas cosas que lleva dentro de sí, que, para ser justos, no son sólo, simplemente cosas, en su ser interno también se encuentran seres con locomoción y es por ello la urgencia de hacerles un espacio.

 Debió haber sido terrible para el autor de Don Quijote de la Mancha, cargar en su dimensión interna con semejante engendro; pues el mundo supo de lo que era capaz, solo cuando Cervantes pudo arrojarlo a formar parte del cúmulo de la realidad. ¿Quién se atrevería a afirmar, que Don Quijote de la Mancha es una mentira, que no existe en el mundo real? Yo por mi parte, siempre he creído, que todo aquello a lo que le damos una descripción o lo caracterizamos, al momento cobra existencia real.

No le creería a alguien que haya leído Crimen y castigo, si me dice que al leerlo no fue afectado por Raskolnikov. Entre el lector y el personaje que vive en la trama del texto se produce una afectación mutua, y hasta me atrevería a imaginarlo —al personaje novelesco— como alguien que vive a la expectativa, como cualquier agente del mundo de la vida.

Hay quienes creen en la inequivocidad de las convenciones, en los órdenes establecidos y en referencias constante, esto implica reconocer a la realidad con sus fenómenos “reales” —olvidando que la misma realidad, en mayor medida es creación humana— como la rectora de cómo debemos vivir en el mundo y cómo debemos hablar acerca de las cosas del mundo y esto implica también, el creer que no deberíamos hablar de cosas que no hayan acontecido por el curso normal de los acontecimientos.

Pero el punto es que, ni el mundo mismo puede sostenerse por sí mismo, necesita para existir de alguien que lo recuerde y lo recree continuamente. En última instancia, el universo, con todo lo que representa, termina siendo, una obra de ficción.

El autor es poeta y escritor, novelista y filósofo
nicaragüense.

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