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Pareciera una escena de películas surrealistas o novelas de alta ficción: treinta mil uniformados de pantalón negro, camisa blanca, y pasamontañas negros juramentándose como “policías voluntarios” ante la pareja dictatorial nicaragüense. Todos enmascarados, como lo hacían los verdugos de antaño, los miembros del Ku Klux Klan, y los delincuentes de hoy. Como ellos, evocan un sentimiento siniestro: la presencia de un ejército despersonalizado, de una legión de robots sin expresión ni individualidad, listos para obedecer las órdenes de matar como lo hicieron en 2018, cuando asesinaron a centenares de manifestantes.
Las dictaduras más radicales han solido tener tropas paramilitares o milicias de choque integradas por civiles. Hitler tenía sus camisas pardas, Mussolini las negras, Mao sus guardias rojos. Pero se les veía la cara. La creación de fuerzas enmascaradas era, hasta hace poco, exclusiva de los terroristas de Hamás e Isis (estado islámico).
¿Por qué los matones de los Ortega Murillo ocultan sus rostros? La razón es obvia: tienen temor a ser identificados y quieren actuar con total impunidad. Que nadie sepa en su barrio que son instrumentos de intimidación y represión de los tiranos. En el fondo es cobardía. Miedo a su propio pueblo. Les da horror que sus vecinos los reconozcan. Junto con ello tienen conciencia de estar al servicio de algo sucio o, al menos, impopular. Si se viesen como servidores de su pueblo, estimados por su comunidad, no tendrían ningún inconveniente en mostrar sus rostros. Pero saben que el pueblo los odia y que el día en que se voltee la tortilla serán señalados y quizás —Dios no lo quiera— linchados.
La creación de esta fuerza oscura y anónima es parte de un síndrome que sufre la dictadura: la paranoia, esa perturbación psicológica frecuente entre tiranos. Stalin la tenía en extremo y por eso eliminó a millares de sus colaboradores más cercanos. El paranoico ve enemigos por todos lados. No confía en nadie. Piensa que todo el mundo conspira contra él. Piensa que quien no está expresamente con él es sospechoso y probablemente malvado. Jamás se siente seguro.
Esta patología mental explica muchas de las actuaciones aparentemente desconcertantes de los OrMu. Duplican el número de policías, crean una legión de ochenta mil encapuchados listos a portar los akas suministrados por el ejército, hacen desfilar tanques de guerra soviéticos y acordonan todo el barrio donde viven con barricadas y soldados. Pero eso no les basta: les inquieta, preocupa, todo vestigio de organizaciones o iniciativas independientes. El que no depende del Gobierno es, por definición, peligroso. Por eso le cayeron encima a Teletón y expulsaron a su presidente. Por eso han anulado y/o confiscado más de cinco mil oenegés. No importa que hicieran una gran labor benéfica. No importa que miles de niños o personas vulnerables queden sin sus insustituibles servicios. La única fuente de caridad y bienes debe ser el Estado. El que actúa por cuenta propia o suministra beneficios que no llevan la impronta gubernamental es intolerable pues está fuera del control oficial y puede captar simpatías y agradecimientos que sólo deberían cosechar los gobernantes.
El paranoico piensa, a veces correctamente, que no es amado, que en las sonrisas adulonas de sus seguidores hay cuchillos ocultos, por eso prefiere ser temido. Consideran que el temor es mejor cemento que el amor. Las purgas y los castigos a personajes cercanos sirven para mandar el mensaje deseado: nadie está a salvo.
Triste es su vida. Se sienten rodeados de enemigos, de seres viles y desleales que solo buscan su ruina. Así vieron y por eso expulsaron a la FAO (Fondo de Alimentación de la Naciones Unidas) rompieron con la OIT (Organización Internacional del Trabajo), con la OEA, la comisión de derechos humanos de la ONU y tantos otros foros. Es natural entonces que el odio los consuma y destilen amargura. Por eso insultan, injurian y calumnian; desde sus opositores, hasta el mismísimo Lula, hasta el Santo Padre. Triste. Sus fantasmas no los dejan gozar las alegrías naturales de la vida. La explosión de júbilo que produjo la miss universo nicaragüense, la vieron como una terrible amenaza. Pobres los que sufren este síndrome y pobres los gobernados por ellos.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.