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He venido monitoreando por años las plataformas de gobierno de los partidos o grupos de oposición y nunca he podido encontrar políticas concretas para fortalecer la familia. Tampoco las he detectado dentro de las feministas ni en las pasadas o actuales constituciones rojinegras. Sí se encuentran hermosas declaraciones líricas que la proclaman como algo central, importante, en la vida de los pueblos o como “forjadora de valores” art. 4CnCh (Constitución Chamuca) con derecho a la protección del Estado, pero no llegan a proponer políticas o leyes diseñadas para lograrlo. Omisión inexplicable si es que verdaderamente reconociéramos a la familia como una institución de primer orden.
Dicha inatención se debe, precisamente, a que no terminamos de conocer por qué es tan importante la familia ni tampoco las grandes consecuencias que tiene el que funcione bien o mal. A esto se suma el desconocimiento de la gravedad del tema en Nicaragua: que dos tercios de nuestras familias son rotas o inestables; que el abandono paterno es endémico, que la mayoría de sus jóvenes sufren mayores problemas de carácter, fracasos académicos, mayor propensión a las drogas y a la delincuencia, y algo que debería sonar fuerte en los oídos de los políticos y defensores de la mujer: de mayor pobreza.
La pobreza sí está en el centro de casi todas las plataformas electorales o de gobierno de izquierda o derecha. Pero no deja de ser desconcertante que ignoren que una de sus causas más importantes es la desintegración familiar. El hecho ha sido debidamente comprobado en muchos países y es algo entendible aún sin estadísticas. ¿Qué pasa con una madre con varios hijos cuando la abandona su marido o compañero? A menos que ella fuese rica y el sustento del hombre, en la casi totalidad de los casos sufrirá un bajón en sus ingresos. Bajón cuya severidad aumentará en proporción a su poca educación formal y al número de sus hijos.
Hay pues que meterle el diente al tema. Bajar la proporción de familias rotas y subir el de las estables traería beneficios inconmensurables al país, a la niñez, y a las mujeres. Sólo imaginemos una Nicaragua donde en lugar de ser dos tercios quienes crecen sin padre o en hogares rotos fuesen dos tercios los que lo hagan con sus padres y madres biológicos. No serán estos necesariamente hogares ideales, pero, y con todo a sus seguros defectos, serían nido de mejores y menos pobres ciudadanos.
Aunque lograr esta aspiración es algo que requiere mucho esfuerzo y tiempo, hay medidas que pueden contribuir a irlo logrando. Para comenzar: hay que eliminar la reiterada insistencia en tratar como iguales a las familias matrimoniadas que a las uniones de hecho. Las primeras se pueden romper, pero son mucho más estables que las segundas. De nuevo; mil estadísticas y el sentido común lo comprueban y junto con ello sus diferentes efectos sobre la niñez y sus ingresos. Lógico es entonces que un afán de legisladores y gobernantes sea crear un marco legal y financiero que promueva las uniones mediadas por matrimonio formal; como tratamiento tributario preferencial y subsidios. Al interior del Estado, y de las empresas privadas, podrían instituirse premios monetarios a las familias de menores ingresos que hayan alcanzado X número de años juntas; así un premio a los primeros 10, otro mayor a los 20, etc. Además, debían honrarse en los medios de comunicación.
Otra muy importante: abolir la figura del divorcio unilateral (vigente en el art. 71 CnCh) penar fuertemente al encontrado culpable del rompimiento e igualmente al abandonador. El abandonador, decía el padre Azarías Pallais, “es el más bestia de las bestias”. El que irresponsablemente deja en la orfandad y la miseria a su mujer y su prole debe sufrir cargas tributarias pesadas, ser excluido de empleos públicos o pagar su deuda en trabajos comunales.
Otra medida, ya mencionada en otras ocasiones, es convertir el tema de la unión matrimonial estable en parte central del currículo escolar: educar para la familia, para el respeto entre los sexos, etc. Son estas y muchas otras las medidas que con creatividad y audacia pueden concebirse y discutirse a fin de lograr familias mejores y, con ello, una Nicaragua mejor, que es la que todos queremos.
El autor es sociólogo e historiador y fue ministro de Educación de Nicaragua. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.