Los más increíbles dibujos en estatuas y vasijas dan fe del ingenio y el talento de los habitantes de Nicaragua a la llegada de los españoles. LA PRENSA/ ARTE

Las siete maravillas de la arqueología y el arte de los indígenas antes de la llegada de los españoles

Una pirámide, colecciones de estatuas y cerámicas y hasta un cementerio revelan que los indígenas nicaragüenses estaban dotados de grandes conocimientos de ingeniería y también de talento artístico.

En los últimos dos siglos se han encontrado vestigios del ingenio, la creatividad y las habilidades de los indígenas que habitaron Nicaragua poco antes de la llegada de los españoles.

El Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) elaboró una lista de siete de esos testimonios a la que llamó Siete maravillas de la arqueología y el arte precolombino.

Incluye, desde una pirámide que está en Chontales y se considera el “origen de la civilización americana”, hasta un cementerio indígena que fue descubierto en Villa Tiscapa, en el centro de Managua, donde se han hallado urnas funerarias que denotan que los indígenas creían en la vida después de la muerte.

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La Revista DOMINGO les presenta un detalle de cada una de esas “siete maravillas” que develan la grandeza de la ingeniería y el arte de los indígenas nicaragüenses.

El sitio arqueológico Huellas de Acahualinca se encuentra en el norte de Managua, en el barrio del mismo nombre, muy cerca del lago Xolotlán. LA PRENSA/ INTERNET

La primera evidencia de humanos en Nicaragua

Un total de 1,072 huellas de personas, animales y hasta de flora conforman el sitio arqueológico Huellas de Acahualinca, considerado por el Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) como la primera maravilla de la arqueología y el arte precolombino, a pesar de que no son meramente obra de los humanos, pero sí constituyen las evidencias más tempranas del ser humano en Nicaragua.

Las huellas, descubiertas en 1874 y fechadas por métodos de C14 con una antigüedad aproximada de entre 4,000 y 8,000 años, fueron dejadas por un grupo de alrededor de 10 personas entre hombres, mujeres, niños y animales, a cuatro metros de profundidad del piso actual.

Estos individuos se dirigían caminando de este a noroeste siguiendo la orilla del lago de Managua, probablemente en busca de agua y comida y el registro de las pisadas fueron dejadas bajo de una capa de arena volcánica que las cubrió conservándolas en perfecto estado.

La parte principal es una senda de pasos dejados por los amerindios de manera accidental cuando caminaban sobre el lodo volcánico, proveniente de una erupción del Volcán Masaya. También hay huellas de venados, aves y roedores.

Pirámide de Garrobo Grande, en Chontales. LA PRENSA/ REDES SOCIALES

La pirámide de Garrobo Grande

En 1853, en una comunidad que se llama Garrobo Grande, a 14 kilómetros del municipio de La Gateada, Chontales, un señor de apellido Ferrer puso un rótulo que decía: “Ruinas Antiguas”, pero no sería hasta más de 100 años después que un promotor cultural y un maestro chontaleños, Gustavo Villanueva y Gregorio Aguilar Barea, se cercioraron de que en el lugar existe una pirámide que se cree fue construida hace 10,000 años.

En los años ochenta del siglo pasado, el lugar estaba en malas condiciones y con signos de haber sido saqueado.

A la pirámide se le conoce como la Mastaba de América y, según el científico Jorge Espinosa Estrada, se trata de la construcción más antigua del continente americano, aunque el mundo reconoce como tal a una que está en Perú.

Espinosa Estrada, quien ha dedicado muchos años al estudio de esa estructura, considera que la pirámide de Garrobo Grande es el “origen de la civilización americana” y, tras escribir un libro, espera que el mundo científico la reconozca como tal.

El Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) tiene a la pirámide como la segunda maravilla de la arqueología y el arte precolombino nicaragüense y se trata de al menos seis estructuras o montículos escalonados, el más grande de ocho metros de alto y 40 metros de largo por 30 metros de ancho, de diseño piramidal de tres niveles o escalones, y que contiene ídolos y metates, estos últimos utensilios de cocina de los indígenas.

Uno de los montículos más interesantes tiene dos estructuras con una escalinata y están unidas por un camino de piedra.

La pirámide probablemente tenía un uso ceremonial y es toda una obra de arte de la ingeniería de los indígenas, que para construirla utilizaron bloques de piedra que pesan entre tres y cuatro toneladas cada uno.

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Espinoza Estrada señala que con esa pirámide nació el concepto de hacer gradas en las edificaciones, lo cual fue replicado posteriormente por los mayas, aztecas y olmecas.

Estatuas en el museo Gregorio Aguilar Barea, en Juigalpa, Chontales. LA PRENSA/ INTERNET

Las estatuas de Chontales

Es también en el departamento de Chontales, en Juigalpa, en el museo Gregorio Aguilar Barea, donde se encuentra la tercera maravilla de la arqueología y el arte precolombino nicaragüense, constituida por 98 estatuas entre las que se encuentra la segunda escultura más alta de América, con 5.18 metros, solo por detrás de otra que está en Bolivia.

En el siglo XIX, el viajero austríaco Von Friedrichsthal fue el primero en mencionar las estatuas de piedra, aunque no proporcionó mucha información sobre las mismas.

En 1874, el viajero Thomas Belt las describió por primera vez y fue hasta en 1949 que el profesor chontaleño Gregorio Aguilar Barea, junto con grupos de estudiantes, se dedicó a rescatarlas.

Análisis estilísticos han revelado en las estatuas diseños de ropa, armas y animales acompañantes. Las esculturas, según un informe del INC, comprueban la mezcla de dos culturas indígenas, la de los quiribíes o caribíes y la de los chorotegas.

Todavía son un misterio los significados de los múltiples dibujos calados en las estatuas, escribió el promotor cultural Clemente Guido.

Guido también indicó que algunos arqueólogos han intentado descubrir el origen del pueblo que las construyó y su propósito, pero hasta la fecha ninguno ha sido categórico en sus conclusiones.

Se cree que fueron esculpidas entre los años 800 y 1500 de la era cristiana y fueron encontradas en diversos sitios de Chontales, especialmente en la Sierra de Amerrisque, del lado oriental de los dos grandes lagos, el Cocibolca y el Xolotlán.

Las esculturas representan a seres humanos, zoomorfos o sobrenaturales, esculpidos en bajo relieve en columnas de piedra. Son cilíndricas o rectangulares en su forma. El tamaño es variable, pueden tener una altura entre 50 centímetros y los 5.18 metros, la más alta, talladas en andesita, la mayor parte, y algunas en basalto columnar.

Las estatuas, indica un informe del INC, revelan la capacidad de los chontales para trabajar las rocas y fueron halladas en sitios que era considerados sagrados por los indígenas.

Las estatuas de la isla Zapatera. LA PRENSA/ INTERNET

Las estatuas y alter egos de la isla Zapatera

Son más de 30 estatuas elaboradas en la isla Zapatera, dentro del lago Cocibolca, por los chorotegas y que ahora se exhiben en el convento museo San Francisco de la ciudad de Granada.
La primera vez que se conoció de ellas fue en 1849, a través del diplomático norteamericano Ephraim George Squier, quien reveló la existencia de 15 estatuas y, en 1883, el biólogo y arqueólogo sueco Carl Bovallius encontró 25 más en Sonzapote.

Las esculturas fueron encontradas asociadas a montículos ceremoniales en la isla y según los especialistas fueron elaboradas en el periodo Sapoá, que se ubica entre el año 800 y el 1350 de la era cristiana.

Las estatuas son tridimensionales, antropomorfas tanto de mujeres como de hombres, con dibujos de animales en la espalda, a los que se conoce como alter-egos y entre los más comunes están el jaguar, el lagarto, el coyote y el águila.

Están esculpidas en enormes bloques que descansan sobre bases cuadradas que realzan su aspecto monumental, representando a jefes, dioses y chamanes. La altura de las principales oscila entre los 1.35 y los 2.25 metros. El diámetro fácilmente supera los 60 centímetros.

Se considera que representan también a deidades de la vida y de la muerte, además exaltan el culto fálico, la fertilidad, la presencia del jaguar, el símbolo solar y conmemoran a jefes guerreros.

El Águila y el Jaguar, en Altagracia, en la isla de Ometepe. LA PRENSA/ REDES SOCIALES

El Águila y el Jaguar

En la isla de Ometepe, dentro del lago Cocibolca, en el municipio de Altagracia, se construyó en 1924 una iglesia, la parroquia San Diego de Alcalá, junto a la cual se instalaron dos esculturas precolombinas esculpidas en roca basáltica y que habían sido descubiertas años atrás en esa isla.

Según estudios científicos la isla estuvo habitada por poblaciones sedentarias que fabricaban cerámica bicroma desde el 2000 antes de Cristo.

En el año de 1833, el biólogo y arqueólogo sueco Carl Bovallius encontró fuera de la iglesia del pueblo dos ídolos que describió como “estatuas de dioses o de gigantes de tiempos de los Niquiranos”.

“Eran de tamaño menor que el de un hombre, con brazos excepcionalmente largos y con las manos descansando sobre las rodillas, las piernas eran desproporcionadamente cortas. Encima de la cabeza tenía una de las figuras una gorra casco representando una cabeza de jaguar. Era un monolito cortado en basalto negro vítreo”, escribió el sueco.

Las dos estatuas representan a figuras antropomorfas asociadas a animales que se apoyan sobre las cabezas y espaldas de representaciones humanas y sus alter egos, principalmente el águila y el jaguar.

Fueron esculpidas entre los años 800 y 1350 de la era cristiana y representan una estructura social y política con un orden jerárquico.

Esculpidas en una sola roca, sobre soportes de grandes dimensiones, llegan a alcanzar alturas de 3.5 metros.

Los indígenas consideraban al águila y al jaguar como animales sagrados, por su fortaleza y carácter.

El jaguar simbolizaba la noche y se le asociaba con los personajes más importantes como los gobernantes, sacerdotes, hechiceros. También representa la unión entre el cielo y la tierra y era uno de los animales sagrados más importante en la época precolombina.

El águila era venerada por su fortaleza y dominio de los cielos y se le relacionaba con el sol.

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Ambas esculturas formaron parte de un importante centro ceremonial de la época precolombina, como era la Isla de Ometepe, donde sus habitantes plasmaron sus destrezas, tanto en las rocas grabadas con dibujos geométricos, como en la talla de las monumentales esculturas.

La mayoría de las piezas de cerámica indígena que se han rescatado se encuentran en buen estado. LA PRENSA/ INTERNET

Cerámica precolombina

El Museo Nacional de Nicaragua “Diocleciano Chaves”, en el edificio del Palacio Nacional, alberga una sala donde se muestran una variada y amplia muestra de cerámica precolombina elaborada por diversas culturas y encontradas en diversos puntos de la región del pacífico y norte de Nicaragua.

Las piezas datan del año 2000 antes de Cristo hasta el 1350 de la era cristiana, aun hasta la llegada a Nicaragua de los españoles en 1502.

La variada colección cuenta con figurillas, jarrones y otros utensilios, urnas funerarias, así como collares de diferentes materiales, pendientes e instrumentos en piedra para realizar pinturas corporales.

La alfarería entre los indígenas nicaragüenses, indica un documento del INC, está íntimamente ligada a la producción agrícola por la necesidad de obtener recipientes para almacenar los excedentes de la cosecha y diversos líquidos, así como la elaboración de utensilios de cocina resistentes al fuego, que servían para la cocción y procesamiento de alimentos.

Las materias primas que componen la cerámica indígena estaban ligadas al uso que tendrían, así, las arcillas con cuarzo o cristales eran más resistentes al calor y podían ser utilizados para la cocina. En cambio, las que tenían mayor cantidad de elementos vegetales, como zacate, hojas y semillas, eran más plásticas y se utilizaban en elementos más decorativos y no sometidos a gran calor posteriormente.

La decoración era un elemento puramente estético y estaba asociada a las creencias religiosas y simbólicas, así como a elementos de uso cotidiano embellecidos para tal fin.

Los hornos que usaban los indígenas en su mayor parte fueron agujeros en la tierra con piedras y leña tapados con elementos vegetales como hojas. En algunos casos se pueden haber utilizados hornos de piedra o cerámica.

Urnas funerarias indígenas que se han encontrado en Villa Tiscapa, Managua. LA PRENSA/ INTERNET

Cementerio indígena en Villa Tiscapa

En Villa Tiscapa, en Managua, cerca de donde está el nuevo estadio de beisbol, se han encontrado urnas funerarias cuya antigüedad, según expertos del INC, es de aproximadamente 1,200 años, aparentemente de los chorotegas.

Las urnas funerarias o cerámica con características en forma de zapato han sido reportadas desde aproximadamente 1860. El diplomático norteamericano Ephraim George Squier, en su libro “Nicaragua, Sus Gentes y Paisajes”, habla de cementerios antiguos como los más notables restos de los aborígenes.

“Encuéntreseles comúnmente en terreno seco y elevado, cercados de piedras lisas y ordinarias, semienterradas. Allí, suelen hallarse muchas ollas llenas de usos y cenizas de muertos, así como gran diversidad de ornamentos de piedra y de metal”, escribió Squier.

Las urnas halladas en Villa Tiscapa muestran que era una práctica común de los pueblos del pacífico de Nicaragua enterrar a los muertos en urnas funerarias, al igual que en otras partes de Centroamérica, especialmente en Nicoya, que en un tiempo fue de Nicaragua, pero hoy es de Costa Rica, según describe el libro Un legado prehispánico, de la Alcaldía de Managua.

Para enterrar a los muertos, explica en un ensayo el arqueólogo Kevin González Hodgson, los indígenas primero depositaban al difunto de manera extendida y posteriormente se pasaba al entierro secundario, donde el cadáver era exhumado para ser nuevamente enterrado en una urna, posiblemente, en ceremonia colectiva.

Los objetos que se colocaban junto al muerto denotan una creencia en alguna forma de vida después de la muerte, así como también son indicadores de estatus social. En el caso de Villa Tiscapa, donde los enterramientos en urnas parecen estar vinculados a la gente del común, los depósitos funerarios presentan diversidad de ofrendas y ajuares finamente acabados vinculados a cementerios familiares, indica González Hodgson.

Las urnas también tienen plasmados figuras humanas, animales y elementos abstractos ligados posiblemente a la naturaleza.

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