Este lunes 20 de enero de 2025 fue investido Donald Trump como el cuadragésimo séptimo (47º) presidente de Estados Unidos de América (EE. UU.). El primero, hace 235 años y medio, fue el “padre de la patria” George Washington, quien tomó posesión el jueves 30 de abril de 1789 en la ciudad de Nueva York. La ciudad de Washington no existía entonces, fue fundada dos años después, en 1791.
EE. UU. se constituyó como una república democrática sostenida en los pilares de la libertad y los derechos de las personas. La libertad de expresión, de reunión, de manifestación pacífica y de asociación. El derecho de propiedad privada. El derecho de elegir a sus autoridades. La igualdad de todos ante la ley. La separación de los poderes estatales y su control recíproco. El Estado de derecho y la rendición de cuentas de los gobernantes.
Por supuesto que la democracia de EE. UU. nunca ha sido perfecta. La perfección no existe en ninguna obra humana y el Estado lo es. A lo largo de su historia la democracia estadounidense ha sido atacada y dañada por graves conflictos internos, incluyendo una terrible y desastrosa guerra civil. Y durante mucho tiempo su ejercicio fue distorsionado, y en cierta medida lo sigue siendo, por desigualdades humanas y sociales institucionalizadas, como la discriminación racial y la imposibilidad de acceder al poder de quienes no son adinerados o no tienen respaldo de las grandes fortunas.
La democracia estadounidense también ha sido afectada en algunos períodos de su desarrollo histórico por gobernantes plutocráticos de tendencia autoritaria y supremacista, vicios políticos que son absolutamente ajenos y contrarios a la democracia.
No obstante, las instituciones fundamentales de la democracia arraigaron profundamente en EE. UU. y a lo largo de la historia se creó y desarrolló una extendida y sólida cultura democrática. Ambas, las enraizadas instituciones de la democracia y la cultura social democrática, han impedido que los impulsos autoritarios de algunas personas y grupos poderosos socavaran muy gravemente o destruyeran la democracia estadounidense, como ha ocurrido en muchos países de Europa en distintas ocasiones.
Trump es a todas luces un personaje autoritario, nunca lo ha ocultado y más bien se ha empeñado en exhibirlo. Ya lo era cuando por primera vez asumió la Presidencia de EE. UU., en 2017. Pero por la fortaleza de las instituciones de la democracia y de la cultura democrática estadounidense no pudo dar rienda suelta totalmente a sus impulsos autoritarios.
En su discurso de toma de posesión presidencial este lunes 20 de enero, Trump habló como un poseído mesiánico, dijo que con él llega la “edad de oro de EE. UU.” y mencionó algunos de sus conocidos objetivos nacionales e internacionales, que son rupturistas y revolucionarios en las condiciones históricas de EE. UU. Y tal vez para no alarmar a algunos de sus partidarios que son muy conservadores, Trump aseguró que en todo caso se tratará de una “revolución de sentido común”.
Como sea, es obvio que Trump otra vez pondrá a prueba la fortaleza de las instituciones democráticas de EE. UU. Que ahora quizás será la más desafiante de su historia, considerando el deterioro de la confianza en la democracia que ha habido en los últimos años en ese país y en todo el llamado mundo libre.