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San Martín de Tours (316-397) además de obispo de esta ciudad del Centro del Valle de Loira, en Francia, fue elevado a santo y patrono de varias localidades del mundo, incluyendo a Buenos Aires, Argentina. Lugar donde el poeta nicaragüense Rubén Darío vivió entre los años de 1893-98, desempeñando el cargo de cónsul de Colombia y como corresponsal y periodista de varios periódicos y revistas incluyendo principalmente al diario La Nación, donde trabajó alrededor de 29 años.
Darío siempre estuvo escaso de dinero. Lo poco que tuvo no supo administrarlo bien. A veces lo perdía todo en manos de algún inescrupuloso y vivió acumulando cuantiosas deudas para poder subsistir. El salario de parte de la delegación nicaragüense siempre le llegaba tarde o incompleto. Siendo el sueldo del diario La Nación, el que siempre le proveyó su mayor sustento.
En un artículo publicado en LA PRENSA el 14 de octubre 2024, titulado: Rubén Darío en la isla Martín García y su estancia en el Lazareto, hago mención del poeta, cuando estando este frente a la Casa Rosada (Casa de Gobierno) en Buenos Aires, Argentina, luciendo enfermo y muy desabrigado se encontró con el doctor Prudencio Plaza, coincidiendo con la llegada del poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre, quien viéndole en ese estado lamentable, le cedió su abrigo para que luego se embarcara junto al mismo doctor Plaza, rumbo a la isla Martín García en busca de cura para su dipsomanía.
La académica Claudia Gilman publicó un artículo en el magazín literario Centenario en noviembre de 1977 titulado: Rubén Darío y san Martín de Tours, destacando la sempiterna lucha del poeta contra su propia pobreza; teniendo en muchas ocasiones que recurrir a sus amistades para poder vestirse a la altura que requerían sus relaciones aristocráticas. Agregando que, cuando El Ateneo de Buenos Aires preparó en honor del autor de Azul, un banquete para recibirle, Rubén le confesó al poeta Leopoldo Díaz con “franciscana sencillez” que no tenía ropa apropiada para presentarse, teniendo su amigo que ofrecerle su levita recién confeccionada para que pudiera asistir al evento.
Esta anécdota me hizo recordar también, cuando en un 3 de junio de 1908 el ministro de Colombia, Juan E. Manrique le facilitó a Darío su uniforme diplomático para que pudiera presentarse a la ceremonia de entrega de sus credenciales ante el rey Alfonso XIII cuando recién ocupaba el cargo de ministro de Nicaragua en España.
Fueron estas experiencias de Rubén, aunadas al recuerdo de la nobleza del corazón de san Martín, las que le iluminarían para publicar un artículo titulado: La leyenda de san Martín, patrono de Buenos Aires, un 11 de noviembre (día del natalicio del santo) de 1897 en el diario La Nación, destacando primordialmente la generosidad del santo cuando vistió con su media capa a un mendigo, quien titiritaba de frío en una noche de invierno en las afueras de Amiens, mientras cabalgaba con su potro, siendo para ese entonces un militar.
Siguiendo primordialmente la narrativa que hiciese sobre su mentor, el hagiógrafo Sulpicio Severo, Rubén va describiendo en una bella prosa poética cronológica la vida del santo.
Había crecido el santo de Panonia (Europa Central) dentro de un hogar pagano. Desde temprana edad buscó a los catecúmenos para iniciarse en el cristianismo. Ya adolescente se enlistó en las tropas de caballería en las legiones de Constancio. Continuaría su lucha a favor de Juliano, hasta que en una madrugada de hielo que se dirigía a su campamento militar le sucedió el encuentro con el pordiosero quien temblando de frío le pedía misericordia. Martín al no disponer de otra cosa, desenvainó su espada, rasgó su bella capa de soldado, cediéndole una mitad al mendigo para que se calentase. Ya en sus sueños, al santo militar se le aparecería el buen Jesús, quien llegó acompañado entre un “cortejo angélico” y el “trueno divino de los clarines del Señor” cubierto con la media capa y sonriéndole por las escaleras del Empíreo.
Después del encuentro con Jesús, el joven militar abandonaría las obras de la guerra llegando a amar más, a la “sangre del Cordero”, mientras, sin otra arma más que con la señal de la cruz, entraba con las tropas de Juliano, victorioso como un militar de Dios, enfrentando al enemigo, mientras éstos al verle salían huyendo. Milagro sucedido atribuido al santo.
San Martín de Tours, siempre ejerció la caridad con su prójimo, convirtiendo todo lo tocado por él en virtud, hasta que se despidió del mundo mirando directamente al cielo.
“Severino en Colonia y Ambrosio en Milán tuvieron revelaciones de su paso a la otra vida. Tal es, más o menos, la leyenda de san Martín, obispo de Tours, patrono de Buenos Aires, confesor y pontífice de Dios, beati Martín confesoris tui atque pontificis, como reza la oración;” finalizó Darío.
Entre las crónicas viajeras de Rubén Darío se encuentra una muy graciosa con un tema semejante: Historia de un sobretodo.
En un invierno de 1887, el aeda iba por las calles ventosas y heladas de Valparaíso, Chile, con frío, sintiéndose cohibido, usando una vieja chaqueta de verano. Sin embargo, iba muy feliz pues recién se había cobrado su sueldo en El Heraldo, mientras recordaba lo que le había dicho Poirier al salir: “amigo, lo primero ¡comprarse un sobretodo!”
Siguiendo esta recomendación, se encaminó muy contento a la calle del Cabo entrando a un almacén de ropa confeccionada; encontró la pieza a su medida e hizo rápidamente su selección. “¡Es un Ulster, elegante, pasmoso y triunfal!” Dijo Rubén; pagó ochenta y cinco pesos, cerca de la mitad de su sueldo, y salió muy orgulloso luciendo “como un príncipe” caminando por la misma calle con su sobretodo que “atraería la atención de todas las porteñas”. Dando comienzo así a su hermoso relato sobre las aventuras que pasarían sobre aquel sobretodo.
El abrigo conoció el Palacio de la Moneda, cenó en “chez Brinck, conoció “a un gallardo Borbón, a un gran criminal, (…) ¡él oyó la voz y vio el rostro del infeliz y esforzado Balmaceda!”, quien fuera su mecenas para la publicación de Abrojos (1887) y de Azul (1888). “Al compás de los alegres tamborileos (…) él gustó, a son de arpa y guitarra, de las cuecas que animan al roto, (…)”. Supo del cólera morbo cuando la peste azotó al país chileno, y sobre las olas del Pacifico él “contempló, desde la cubierta de un vapor, las trémulas rosas de oro de las admirables constelaciones del sur”. Pasaría por Nicaragua, “viviendo de sus recuerdos, encerrado en su baúl”. Ya en El Salvador saldría a la calle. Huyó a Guatemala, el 22 de junio de 1890, cuando sucedió el golpe militar de Ezeta contra su futuro suegro, Francisco Menéndez. En Guatemala, “su dueño ingrato, lo regaló” a un joven poeta que llegaba, a alborotarle la bilis pues era muy inquieto, pero que él lo quería mucho. Era Enrique Gómez Carrillo, guatemalteco en quien veía buena “tela para un buen escritor”. Gómez Carillo se llevó el abrigo a París. Cuando nos despedimos, (dijo) “Enrique iba ya pavoneándose con el Ulster de la calle del Cabo”. Gómez Carrillo se dio a conocer en la gran capital conociendo a todos los literatos jóvenes. Un día recibió Rubén noticias suyas: ¿Sabe usted a quién le sirve hoy su sobretodo? Le preguntó. A Paul Verlaine, al poeta… Yo se lo regalé a Alejandro Sawa (…) y él se lo dio a Paul Verlaine.
¡Dichoso sobretodo! concluyó Darío, “pues del poder de un pobre escritor americano, ha ascendido al de un glorioso excéntrico, que aunque cambie de hospital todos los días, es uno de los más grandes poetas de Francia”.
Narrativa un tanto jocosa donde tiene lugar la personificación de su abrigo, pero que al igual que las anteriores, nos hacen recordar la caridad cristiana que imperaba entre los poetas, quienes quizás inspirados por el santo patrono, destacaron una verdadera hermandad y bondad.
Darío muere un 6 de febrero de 1916, mientras sostenía entre sus manos un Cristo, regalo de su amigo Amado Nervo, siendo una prueba más de la generosidad ocurrida entre los poetas y de su propia religiosidad; fervor cristiano que nunca le abandonó, tanto en su poesía como en su narrativa.
La autora es máster en Literatura Española.