Venezuela y los juegos de guerra

Opositores y críticos del régimen sandinista orteguista se han burlado de Daniel Ortega por sus declaraciones acerca de que si Estados Unidos (EE. UU.) ataca militarmente a la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela, combatientes sandinistas de Nicaragua irían a pelear a su lado.

Según informó LA PRENSA, Ortega dijo eso el fin de semana recién pasado después de que Maduro declaró que se prepara, junto a Cuba y Nicaragua, para “tomar las armas y defender la soberanía” de Venezuela. Por cierto que Ortega ya había mencionado el tema, en agosto de 2024, en una Cumbre del Alba realizada en Caracas.

Es obvio que en una hipotética situación como esa, ni Ortega ni ninguno de los altos cuadros militares y civiles de su régimen, irían a combatir a Venezuela. Pero, de cualquier manera, el tema de una eventual intervención armada estadounidense o internacional en Venezuela no es un chiste. Y no es descabellado suponer que en el supuesto caso de una invasión militar extranjera a Venezuela, sí irían combatientes de Nicaragua, Cuba y otros países a pelear contra los invasores.

Es bien conocido que ante la frustración y hasta desesperación provocada por la victoria de Nicolás Maduro y su grupo de bandidos, al retener el poder mediante el fraude y la fuerza, tanto dentro como fuera de Venezuela se habla de una intervención armada extranjera como única forma y último recurso para rescatar al pueblo venezolano de las garras de la tiranía.

Al respecto el expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, secundado por el también ex primer mandatario colombiano, Iván Duque, pidió públicamente “una intervención internacional, preferiblemente avalada por las Naciones Unidas, que desaloje a esos tiranos del poder y convoque de inmediato a unas elecciones libres”.

Siendo realistas, y aunque en política nada se puede descartar, es muy improbable que pudiera ocurrir algo como eso. Primero porque el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que es el único organismo internacional facultado para organizar y autorizar intervenciones militares internacionales en situaciones extremas de crisis, no tomaría esa decisión. Y en todo caso, si intentara tomarla sería vetada por Rusia y China que son estrechas aliadas y cómplices de la dictadura de Venezuela.

La única posibilidad de una intervención militar extranjera contra esa dictadura sería que EE. UU. la ejecutara unilateralmente. Pero esto no pasa de ser una posibilidad abstracta.

Es cierto que Donald Trump asumirá la Presidencia de EE. UU. dentro de una semana. Pero ya durante su primer mandato presidencial (2017-2021) Trump tuvo la oportunidad de autorizar una intervención militar colectiva en Venezuela, aplicando el Tratado Interamericano de Asistencia Mutua (TIAR). En ese entonces tenía el respaldo de los gobiernos de Brasil y Colombia que eran de derecha democrática, pero no se atrevió a hacerlo.

Es evidente que para la ejecución de sus objetivos internacionales con el fin de “hacer grande a América (EE. UU.) otra vez”, Trump prefiere usar las armas económicas de las tarifas y los aranceles, no las cañoneras de los tiempos de la política del Big Stick (gran garrote) de Teodoro Roosevelt.

No cabe duda de que Trump querrá que se terminen las dictaduras del socialismo del siglo 21 en América Latina, en particular la de Venezuela. Pero lo más probable es que con ese propósito siga usando las sanciones económicas, reforzándolas, así como la presión política y diplomática y el respaldo a la oposición venezolana.

Claro que eso podría cambiar, si la engreída dictadura de Nicolás Maduro tomara medidas que pudieran significar una mayor amenaza a la seguridad estratégica de la gran potencia estadounidense. Pero eso no es inminente, solo una posibilidad.

Editorial
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