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Para alcanzar la Nicaragua que anhelamos no basta crear nuevas instituciones democráticas. Se requiere, además una ciudadanía más ética o moral. La gran pregunta es ¿cómo lograrlo?
No es fácil ni algo que ocurra de la noche a la mañana. Pero es posible. Sociedades que hoy son oasis de paz y respeto a la ley no siempre lo fueron. Suiza tenía algunas de las ciudades más sucias del siglo XV. Sus hombres eran pésimos padres; deshonestos y borrachos. Un siglo más tarde había experimentado una gran transformación. Ejemplos más recientes y rápidos los encontramos en países como Corea del Sur y Singapur, quienes en pocas décadas dejaron muy atrás su pasado de miseria y desorden.
Las causas de estas transformaciones no pueden reducirse a un solo factor. Pero eso no es obstáculo para visibilizar algunos. Loren Cunningham, autor de El libro que transforma naciones (2006), atribuyó a la lectura asidua de la Biblia un papel preponderante en mejorar el ethos social. Su hallazgo ratifica el hecho comprobado de que las religiones influyen poderosamente en las conductas y que el cristianismo, en particular, ha sido uno de los factores más determinantes en el progreso moral y cultural de la humanidad.
Así lo entendió Singapur. Entre las medidas que tomó para saltar de ser en 1965 un paisito plagado por la pobreza, la corrupción y la inseguridad, a ser el más rico, seguro y entre los seis menos corruptos, fue priorizar la educación religiosa y moral, con énfasis en el cultivo de las virtudes y la unidad familiar.
En Nicaragua debemos hacer lo mismo. No basta con la mera educación secular, cívica o en valores. La referencia a Dios o a los preceptos derivados de la fe cristiana, son mucho más eficaces para forjar la conducta. Deberían introducirse en todas las escuelas clases de religión, aunque respetando las preferencias de los padres de familia; así unos recibirían instrucción católica y otro protestante. A todos habría que hacer memorizar y meditar los diez mandamientos de la ley de Dios.
Junto con ello debería también enseñarse el decálogo del desarrollo, una lista de diez hábitos o valores que, de acuerdo con su autor, Octavio Mavila, han practicado las sociedades humanamente más exitosas: Orden, Limpieza, Puntualidad, Responsabilidad, Deseo de superación, Honradez, Respeto al derecho de los demás, Respeto a la ley y a los reglamentos, Amor al trabajo y Afán por el ahorro y la inversión. En tiempos del gobierno de doña Violeta este decálogo adornaba las paredes de todas las escuelas públicas.
El gobierno podría imprimir pósteres con ambos decálogos para que cada oficina pública, establecimientos privados y casas de Nicaragua, los desplieguen en sus paredes. Junto con ello, debe asegurarse que cada escolar y hogar tenga una biblia. Esto ocurrió en forma notable y casi unánime, en la Norteamérica colonial y contribuyó mucho al civismo nacional.
Otra prioridad debe ser la enseñanza de las virtudes; como sinceridad, lealtad, paciencia, laboriosidad, fortaleza, templanza (autocontrol), valentía, compasión, etc. Fundamental deberá ser la enseñanza para la vida familiar; inculcar a la juventud el aprecio por la familia unida, el matrimonio, la fidelidad conyugal y, por muy difícil que parezca, por la castidad prenupcial. Fortalecer la familia monógama y estable es indispensable para una nueva Nicaragua. En primer lugar, porque la familia es la primera escuela del niño. En segundo lugar, porque el abandono paterno y la ruptura conyugal es el mayor flagelo y causa de pobreza en los hogares.
Fuera del sistema escolar el Estado puede contribuir en este esfuerzo con estímulos financieros y tributarios para los hogares unidos y con leyes que penalicen severamente el abandono. Las leyes tienen influencia moral en cuanto visibilizan las conductas que se consideran reprobables y recompensa las meritorias. Esto tiene mucha relevancia para combatir el cáncer de la corrupción: soborno, mordidas, defraudación fiscal, robos al erario, tráfico de influencias, etc., deben ser duramente castigados. Las leyes también pueden promover la limpieza; premiando escuelas y municipios limpios, y penalizando a quienes ensucian con el celo con que hoy los policías penalizan a conductores.
Estas ideas podrán juzgarse insuficientes o ingenuas, pero no puede considerarse inútil el esfuerzo por encontrar formas de mejorar nuestra moralidad ciudadana. Pues sólo lográndolo encontraremos la forma de romper la maldición de Sísifo: los retornos periódicos a la noche oscura.
El autor es sociólogo e historiador. Fue ministro de Educación en Nicaragua.