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En estos días, cuando la gran mayoría de los nicaragüenses celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, se nos acelera el corazón cada vez que encontramos a un pariente o a un amigo, a quien queremos desearle feliz Navidad y próspero Año Nuevo. Y todo porque una pareja de malandrines, haciendo uso del poder público (Ejército y Policía) que todos pagamos con nuestros impuestos, decidió algún aciago día que por muy aberrados que sean sus pensamientos, todos los que nacimos en este lindo país debemos pensar igual que ellos.
Es por tal razón que cuando escucho que el presidente de Panamá, José Raúl Mulino, públicamente expresa que “los nicaragüenses son un pueblo sin Dios y sin ley” con profunda pena tengo que reconocer que dice la verdad y nada más que la verdad. Aunque nos duela tenemos que admitir, que en materia de derechos humanos los nicaragüenses hemos retrocedido bajo la dictadura de los Ortega-Murillo, hasta el vergonzoso lugar de los ilotas en la antigua Esparta, que eran las personas que según las autoridades de aquellos remotos tiempos habían perdido todos sus derechos ciudadanos.
A mí me da grima y el consecuente incordio, cada vez que me encuentro en este amargo exilio con los compatriotas, hombre o mujer, que habiendo estado presos en las inmundas ergástulas de la dictadura les pregunto la razón, motivo o circunstancia de sus encarcelamientos y los aludidos me responden con resignación franciscana: “Por haber puesto el 15 de septiembre la bandera azul y blanco en el frontis de mi casa”; “Porque encontraron en mis bolsillos unas papeletas que demandaban la libertad para los presos políticos”; “Por haber gritado ¡viva monseñor Álvarez! cuando estuvo preso”.
Yo pregunto: ¿En qué país del mundo, fuera de Nicaragua, es delito enarbolar la bandera de la patria, sobre todo en sus fiestas epónimas? ¿Por qué la dictadura califica como delito el oponerse a sus propios desafueros y a sus graves violaciones a los derechos humanos y al demandar justamente la libertad de los presos políticos? ¿Por qué en Nicaragua se persigue a las iglesias cristianas (católica, evangélica, morava) y a sus dignatarios en abierta violación de la Constitución de la República?
Sobre este asunto de la libertad religiosa los periodistas estamos en la obligación de decir la verdad sin ambages: Daniel Ortega es hipócrita y falso. Después de perseguir implacablemente a la Iglesia católica, al mejor estilo de Atila también conocido como el “azote de Dios”, tiene el descaro sacrílego de invocar a la Inmaculada Concepción de María y a la Virgen de Guadalupe, patronas de Nicaragua y México respectivamente, para que los escuálidos adeptos que le quedan, crean que es devoto de ellas. ¿Habrá alguno de esos incautos que en medio de la estolidez en que vegetan le crean semejante patraña?
Ante semejante barbarie, muchos consideramos que ha llegado la hora de poner fin a las lamentaciones. Con los expedientes de violaciones a los derechos humanos y las condenas que de esas violaciones se han hecho, se podría levantar una montaña tan alta como cualquiera de nuestros volcanes. En suma, lo que quiero decir es que necesitamos una oposición democrática más activa, más beligerante y más a la altura de las circunstancias.
Mas, todas las cosas tienen su tiempo nos señala el Eclesiastés en las sagradas escrituras: “Tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de esparcir piedras y tiempo de recogerlas; tiempo para derribar y tiempo para edificar”. Pues bien, yo creo que ha llegado el tiempo en que hay que edificar una oposición democrática unida, para que no nos agarren de sorpresa los imponderables de la política nacional e internacional.
Tanto la oposición democrática de Cuba como la de Venezuela se están preparando para que el año 2025 sea el año de la liberación de nuestros pueblos oprimidos por el socialismo del siglo XXI. Los nicaragüenses no debemos quedarnos al margen de este proceso que, según me informan, contará con el apoyo real de las principales democracias de América y Europa Occidental. Quizás sea esta la última oportunidad que tengamos de alcanzar la democracia para nuestra querida Nicaragua. No la perdamos.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).