Otra Navidad con presos políticos

Desde 2007, cuando Daniel Ortega y el FSLN volvieron al poder, no ha habido ninguna Navidad sin presos políticos. Esta vez, según el Mecanismo para la Identificación de las Personas Presas Políticas, en Nicaragua hay 45 presos políticos: 39 hombres y 6 mujeres y entre todos ellos13 adultos mayores.

Podría parecer que esa situación mejoró en el último año, pues para la Navidad de 2023 había 119 presos políticos, de acuerdo con los datos del mismo organismo humanitario. Pero es una apariencia engañosa, pues a principios de septiembre de este año fueron excarcelados 133 presos políticos, desterrados a Guatemala y despojados de su nacionalidad.

De todas maneras, cualquiera que sea la cantidad de presos políticos ellos no deberían estar detenidos porque son personas inocentes. Están encarcelados porque el régimen los ha acusado por delitos que no cometieron, solo por el insano placer de tener presos políticos.

El pasado 1 de noviembre el régimen liberó por motivos humanitarios a 1,500 presos comunes. Y según la información de LA PRENSA, en todo el año 2024 había excarcelado a un total de 7,600 de esa clase de reos.

Por supuesto que hay que celebrarlo, porque esas personas que estaban presas por cometer delitos de menor cuantía merecían una segunda oportunidad. Esto es un principio humanitario básico del moderno derecho penitenciario, que apunta a promover la rehabilitación y reinserción social de la persona que está presa por delinquir, no sólo a castigarla.

Pero si los presos comunes tienen ese derecho y son beneficiados con la libertad que les concede el régimen por motivos humanitarios, con mucha mayor razón deben ser liberados quienes no han cometido ningún delito, como son los presos políticos. Y se les debería dejar en libertad en el marco de las celebraciones de Navidad, que motivan los sentimientos de generosidad, el deseo de dar y de hacer el bien a los demás por el solo hecho de que son seres humanos.

Todas las buenas personas, sean o no cristianas, no pueden dejar de llenarse de bondad y ternura en estos días, de impregnarse de motivación espiritual para hacer el bien a todos los demás que se pueda.

Los actuales gobernantes de Nicaragua proclaman públicamente ser cristianos. Lo dicen hasta en eventos políticos internacionales en los que se tratan temas que no tienen nada que ver con la religión. Incluso lo han escrito en la Constitución de Nicaragua.

Pero no basta decir que se es cristiano, también hay que actuar como tal. Ser cristiano se demuestra con la conducta, no solo con la palabra. No se trata de ser perfectos, como los santos, pero ser cristianos obliga a ser confiables, veraces y compasivos, sobre todo con los que sufren. ¿Y quiénes pueden sufrir más que los inocentes que están encarcelados por motivos políticos y religiosos, sin haber causado mal a nadie y solo querer lo mejor para todos?

No nos chupamos el dedo, como dice la expresión coloquial sobre los ingenuos, cándidos y crédulos de todo lo que se dice. Sabemos que por interés político hay quienes simulan ser devotos de alguna religión, aunque no lo sean. Pero aun así tenemos derecho de exigirles que en los asuntos de interés público actúen de acuerdo con lo que predican.

Y sobre todo tenemos el deber moral de solidarizarnos con los presos políticos que sufren en prisión, y con sus familiares, madres, padres, hijos, hermanas, hermanos y todos los que padecen el martirio de tener a sus seres queridos encarcelados y maltratados.

Editorial
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