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Belén nos sitúa ante un hecho histórico irrebatible del que fluye una pregunta inevitable. La evidencia histórica de que el niño que nació en él, Jesús, es el personaje más famoso e influyente de la historia. Nadie le compite: ni Buda, ni Mahoma, ni Confucio ni Marx. Su nacimiento cambió el calendario: hay un antes y después de Cristo. Nadie ha inspirado más libros y escritos que Él. Nadie ha inspirado tantas obras artísticas, literarias, piezas musicales, construcciones majestuosas y universidades. Nadie puede negar tampoco el inmenso impacto humanizador de su mensaje como su decisiva influencia en los valores o en la ética mundial. Abundan las obras e investigaciones serias que lo documentan. Recomiendo al respecto dos de ellas: The Victory of Reason, de Rodney Stark, y Person of Interés, de Warner Wallace.
Su excepcionalidad conduce a la pregunta que por milenios se han hecho millones de hombres: ¿Fue él un hombre súper extraordinario, pero hombre, al fin y al cabo, o fue algo más? Una buena parte del planeta piensa lo primero; que fue un gran maestro, autor de principios sublimes o un gran profeta, pero no llega a atribuirle cualidades divinas. Otros piensan, en cambio, que fue divino; Dios encarnado en la historia. ¿Quiénes tienen la razón?
Si indagamos las repuestas de Jesús descubrimos de inmediato unas jamás proferidas por ningún fundador de religiones. Buda dijo: “Yo soy un maestro en búsqueda de la verdad”. Mahoma dijo: “A menos que Dios me cubra con el manto de su misericordia, no tengo esperanza”. Confucio dijo: “Yo nunca pretendí ser santo”. En el judaísmo encontramos que Moisés y los profetas comunicaban su pueblo las palabras de Dios o los mensajes del les inspiraba. En Cristo, en cambio, encontramos unas afirmaciones jamás usadas por líder religioso alguno.
Una primera nota sorprendente es que hablaba en nombre propio: «Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». (Juan 14:6). “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Juan 8,12) En el sermón del monte también se refiere a muchos preceptos tradicionales en la ley judía que Él modifica: “Han oído ojo por ojo… pero yo os digo, amad a vuestros enemigos…” (Mateo 5,38). “Han oído no cometerás adulterio, pero Yo os digo que cualquiera que desee a otra mujer ya cometió adulterio en su corazón” (Mateo 5, 27).
Otra nota, aún más sorprendente, que escandalizó a los judíos, y contribuyó decisivamente a su condenación, fue su pretendida —o veraz— identificación con Dios: “Yo y el Padre somos uno.” Esto, para los judíos, sonó blasfemo. “Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle”. (Juan 10,30-31). Aún para sus discípulos era difícil captar lo radical de afirmaciones semejantes. Por eso un día Felipe le dijo: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: muéstranos el Padre 10 ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?” (Juan 14.8).
Otro conjunto de citas sorprendentes es donde Jesús se atribuye poderes sobrenaturales o reservados a Dios. «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». «Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás”. (Juan 11:25-27). En fin, son muchas más las citas donde Jesús afirma su divinidad (puedo enviar un compendio de ellas a lectores que la soliciten). Esto plantea a cualquier lector la pregunta inescapable: ¿Le creo a Jesús? Si la respuesta es negativa, entonces sólo caben dos conclusiones: o que Jesús era un lunático (un caso psiquiátrico posible) o un embustero. Si es positiva no cabe más que adorarlo.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.
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