En vísperas de la Navidad continúan los despidos de empleados públicos.
Para la gente que no tiene más recursos que su fuerza laboral, física o intelectual, perder su empleo es una de las mayores desgracias que le puede ocurrir. Y con mayor razón en épocas especiales, como Navidad y Año Nuevo, cuando necesariamente hay que hacer gastos familiares y personales.
Se le llama compactación a los despidos masivos en el servicio público. Es un eufemismo para supuestamente suavizar el concepto, pero no lo logra porque compactación viene del verbo compactar, que significa estrechar, estrujar, oprimir, aplastar, apisonar y constreñir, entre otras acepciones más. Y todas representan exactamente lo que significa la compactación para las personas del servicio público despedidas y para sus familias.
Las leyes laborales establecen que todas las personas despedidas de sus empleos, en el sector público o en el privado, deben ser indemnizadas. Pero eso no se cumple en el régimen actual, pues según la información publicada por LA PRENSA, los empleados públicos despedidos son enviados a la desocupación “sin un peso (córdoba) de liquidación y sin otros derechos”.
Además, los compactados no tienen derecho ni siquiera de protestar. Y a pesar de que son sindicalizados —como es prácticamente obligatorio que lo sean todos los empleados públicos y municipales— en este país los sindicatos no son para defender a sus afiliados sino para ayudar al poder dictatorial a someterlos.
Lo mismo ocurrió durante la primera dictadura sandinista, de 1979 a 1990. En aquella época los comandantes sandinistas incrementaron el empleo público de manera desmesurada, pero por la desastrosa crisis económica y la guerra civil que causaron, en 1988 se vieron obligados a compactar el Estado y mandaron al desempleo a millares de personas, sin misericordia ni compensación.
El gobierno democrático de la UNO y doña Violeta Barrios de Chamorro, que en abril de 1990 recibió el país en ruinas y con un desmesurado empleo público (civil, militar, policial y de seguridad del Estado), también se vio obligado a despedir a miles de funcionarios y empleados que eran absolutamente innecesarios.
Pero lo hizo con sentido democrático y piedad cristiana. No los despidió, sino que les pidió renunciar a cambio de una compensación que les permitiera convertirse en trabajadores por cuenta propia o sobrevivir mientras encontraban otra oportunidad de trabajo en el sector privado, que estaba siendo reconstruido.
Como dejó constancia Antonio Lacayo en su libro La difícil transición nicaragüense, con el apoyo de organismos internacionales el gobierno de doña Violeta ejecutó el denominado “Programa de Conversión Ocupacional, para que el empleado público que quisiera salir del Estado tuviese una indemnización digna”.
A pesar de eso, en vez de colaborar con la reconstrucción del país que ellos habían destruido, Daniel Ortega y el FSLN montaron grandes huelgas y organizaron violentas asonadas e intentonas golpistas contra el gobierno democrático de doña Violeta.
Sin embargo, el gobierno de doña Violeta no solo sobrevivió sino que cumplió su tarea de pacificar y reconstruir el país que había recibido en ruinas. Y el 10 de enero de 1997, al entregar el gobierno, ella recordó en su discurso final que “transcurrió casi un siglo de historia para que este traspaso democrático de un civil a otro fuese posible en Nicaragua”. Y agregó, según cita Antonio Lacayo en su libro mencionado: “Fui electa por la mayoría de los nicaragüenses, pero goberné para todos, sin distinciones políticas. No di cabida en mi corazón ni al odio ni a la revancha y siempre dije que sin reconciliación era muy difícil reconstruir nuestra Patria…”
Agregó doña Violeta que “desde 1990 se terminaron las persecuciones, los exilios y los presos políticos. Las puertas de la Patria se abrieron para el retorno de sus hijos. La Nicaragua de hoy tiene un periodismo libre, sin censuras ni amenazas. La autoridad militar está subordinada al Poder Civil. El Ejército y la Policía son cada vez más profesionales y no llevan más las siglas de ningún partido. Los cuatro poderes del Estado son independientes…”
De verdad que eran hermosas la libertad y la democracia que heredó doña Violeta. Pero las perdimos, después de solo dos gobiernos democráticos más, por la corrupción y la traición política de quienes tenían la obligación de preservarla. Y no lo hicieron porque les valieron más sus mezquinos intereses personales y particulares.