Terror

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¡Insólito!; digno de Corea del Norte es que en la reciente aprobación de la nueva Constitución todos, absolutamente todos los 91 diputados que componen la Asamblea Nacional hayan aprobado por unanimidad, sin debates, y en una sola sesión, el texto que les presentó la pareja Ortega Murillo. Tal nivel de unanimidad no tiene precedentes en los países democráticos. Aún en casos extremos, como cuando el Congreso de Estados Unidos declaró la guerra a Japón tras el ataque a Pearl Harbor hubo un voto en contra.

Es cierto que no sorprende que los 75 diputados del FSLN hayan votado de esa forma. Desde que su diputada Xochilt Ocampo perdiera su curul en 2013, por abstenerse de votar a favor de la ley del canal, todos ellos se convirtieron, en palabras de Pedro Joaquín Chamorro Barrios, en “aprietabotones” (La Asamblea de los aprietabotón, LA PRENSA 6,12,2024). Lo sorprendente es que los otros 16 miembros de las bancadas supuestamente opositoras también lo hicieran; que mansamente y sin airear la más mínima discrepancia, aprobasen una Constitución que no solo entregaba todo el poder a la pareja, sino que elevaba la bandera de partido rival al rango de bandera nacional.  

¿Estarían convencidos de que esta era una reforma cercana a sus idearios liberales, o que sus banderas partidarias debían doblarse ante la rojinegra? Impensable, porque a menos que fuesen zombis en ningún grupo humano cabe semejante uniformidad; que todos los representantes del PLC (entre ellos la lideresa “roja sin mancha” Haydee Osuna), PLI, ALN, y Yatama, estuviesen internamente de acuerdo con cada uno de los 119 artículos nuevos o reformados. ¿Qué explica tan insólita conformidad? Sencillamente el terror: saber que la más ligera crítica, que la expresión de la más mínima reserva, les puede traer no solamente la pérdida de su apreciado curul, sino también la cárcel.

El temor de los diputados lo comparten el hombre y mujer de la calle, junto con los empleados públicos, militares, policías, militantes y militantes. Todos saben que caminan sobre cáscaras de huevo. Saben que el poder de la pareja es omnímodo; que no tiene límites y que están totalmente indefensos ante los manotazos del poder; que pueden ser desaparecidos —sin previa acusación o proceso— por un período indeterminado de tiempo en condiciones inhumanas. Saben, además, que los dictadores son paranoicos, intolerantes, impredecibles, y que no se detienen ante vínculos de sangre, ideología o pasado partidario.

Ni siquiera se libró de sus iras Humberto Ortega, arquitecto de la insurrección, primer general del ejército sandinista y hermano del presidente. Su pecado mortal —literalmente, pues le costó la vida— fue aconsejarle una transición democrática en lugar del modelo dinástico. Tampoco el mismísimo hijo del fundador del FSLN, Carlos Fonseca Terán, preso en casa y sus compañeros mandados al Chipote —sin proceso ni acusación alguna— probablemente por comentarios que disgustaron a la pareja. Igual o parecida suerte ha golpeado a generales, comisionados y magistrados.

Casos recientes como el de Steadman Fagot y el obispo Carlos Herrera, presidente de la Conferencia Episcopal, ilustran los peligros de hablar. El primero fue apresado al día siguiente de advertir amigablemente a Daniel que los colonos depredaban los bosques. El segundo expulsado por quejarse de la bulla que le hizo el alcalde de Jinotega mientras celebraba misa. Incluso actos totalmente inocentes pueden ser interpretados como dignos de castigo; como pintar un mural con el rostro de Sheynnis Palacios, que costó a Kevin Laguna cárcel y destierro. Centenares de militantes del partido han sido despedidos del Estado sin explicación ni indemnización alguna. El mazazo puede caer también sobre personas totalmente inofensivas y apolíticas, como las monjitas de la caridad, a quienes la pareja dio 72 horas para abandonar el país.

Dentro del partido no hay discusiones internas. Terror, no ideología o cariño, es el cemento del andamiaje dictatorial. Nadie osa decirle a la pareja algo que pueda incomodarles. Por eso se alejan cada vez más de la realidad. Ceguera peligrosa, porque ver es necesario para no caer. Quizás un día abran los ojos; cuando vean otra vez tumbados los árboles de la vida y ardan en las calles las banderas rojinegras. Pero entonces será muy tarde.

El autor fue ministro de Educación en el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro y es el autor del libro de historia “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de nicaragua 1492-2019) de venta en librerías locales y en Amazon, versión digital y física.

Opinión

COMENTARIOS

  1. Hace 2 años

    Todas esas latas denominadas árboles colocadas por toda Managua seran destruidas. Se convertirán en chatarras o sea en basura.

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