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Antes de desalojar la Nunciatura Apostólica de la Ciudad de Panamá, a las 8:50 de la noche del miércoles 3 de enero de 1990, Manuel Antonio Noriega se puso su uniforme militar y salió a la calle con paso inseguro en medio de la oscuridad para entregarse a las tropas de ocupación estadounidenses.
Tan solo 13 días antes, en la medianoche del 21 de diciembre de 1989, un estruendo provocado por cazabombarderos estadounidenses en vuelo rasante encendió las alarmas en la capital panameña. Eran cerca de 26,000 soldados de élite del Ejército de Estados Unidos invadiendo ese país y dando inicio a la Operación Causa Justa, cuyo objetivo era la captura del dictador panameño Manuel Antonio Noriega.
Los estadounidenses dejaron caer bombas y proyectiles sobre áreas populares como el barrio El Chorrillo, en el centro de Panamá. Este era un bastión militar de Noriega. Las bombas destruyeron el aeropuerto y las principales bases militares en Colón y Ciudad de Panamá.

Noriega se refugió en la Nunciatura Apostólica a las 3:00 de la tarde del 24 de diciembre de 1989. El portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro, informó que aceptaron darle refugio a Noriega después de que asegurara que pondría fin al conflicto que tenía a Panamá envuelta en caos.
Estuvo diez días refugiado en el Vaticano. En 2017, el abogado Enrique Jelensky, quien era cercano al nuncio contó que vio a Noriega “muy asustado”. Él dormía en el cuarto de al lado de Noriega y le sirvió de traductor cuando negoció su rendición con Estados Unidos.
El dictador “veía televisión todos los días”, dijo Jelenszky. “Mostraban gente patinando en el Rockefeller Center y disfrutando de la época de Navidad”, pero Noriega se veía “realmente triste y con temor”.
Noriega terminó entregándose al Ejército de Estados Unidos el 3 de enero de 1990, y los militares se lo llevaron hacia ese país en donde fue juzgado y encarcelado por narcotráfico. Luego fue enviado a Francia para cumplir con otra condena en ese país y finalmente murió en Panamá, en 2017.
Poco después, el 25 de febrero de 1990, los sandinistas perdieron las elecciones en Nicaragua contra la Unión Nacional Opositora (UNO). El candidato sandinista y dictador, Daniel Ortega, tuvo que entregarle el poder a Violeta Barrios de Chamorro quien lo derrotó en las urnas y puso fin a la guerra en el país.

Si bien Ortega entregó formalmente el poder, inmediatamente prometió “gobernar desde abajo,” y con el control de los sindicatos, organizaciones “de masas”, una fuerte bancada de diputados y mucha influencia en la Policía y el Ejército, pudo dificultarle la gobernabilidad a Chamorro, sobre todo en los primeros años; asimismo, Ortega se garantizó seguir siendo un jugador clave en la política durante los siguientes años.
Tanto la derrota militar de Noriega en Panamá, como la derrota electoral de Ortega en Nicaragua, constituyeron dos maneras de sacar a una dictadura, pero 35 años después de la caída de ambas, estos dos países tienen grandes diferencias políticas, económicas y sociales. Por un lado, Panamá tiene una de las economías más prósperas de América Latina y una democracia sólida, mientras que Nicaragua continúa siendo el segundo país más pobre de la región, puesto en que la dejaron los sandinistas en la década de los ochenta, y ha vuelto a caer en dictadura con Daniel Ortega.
Dos factores importantes
El analista político panameño, Rodrigo Noriega, explica que Nicaragua y Panamá tienen muchos elementos en común como la posición geográfica, la cultura y demás, pero hay dos factores importantes que permiten entender las diferencias económicas.
El primero, fue la invasión misma que hubo en Panamá. “Esa invasión lo que procuró en la práctica fue una especie de protectorado de Estados Unidos por al menos los cinco primeros años después de la invasión”, y bajo ese protectorado “hubo una transferencia de capacidades y acceso a mentalidades y prácticas culturales que rápidamente fueron asimiladas por la sociedad panameña”, comenta Noriega.
El segundo factor importante es que, a diferencia de Nicaragua, desde que salió el dictador Noriega no ha habido reelección presidencial y ni siquiera los partidos políticos han repetido de manera consecutiva en el poder.
En Nicaragua, a pesar de que la Constitución prohibía la reelección, Daniel Ortega buscó el segundo periodo presidencial en 2011 amparado en una sentencia firmada por los magistrados del poder Judicial que argumentaba que, al prohibir la reelección del caudillo sandinista, se violentaban sus derechos humanos.
En 2014, tras conseguir su reelección, Ortega reformó la Constitución y eliminó la prohibición de la reelección presidencial. Desde entonces, el dictador se ha reelegido en dos ocasiones consecutivas, 2016 y 2021.
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A criterio del analista político y experto en geopolítica, Alberto Cortés Ramos, la clave de las diferencias entre el desarrollo de la democracia en Panamá y Nicaragua es que hay una combinación de factores históricos, institucionales y económicos.
“En Nicaragua, una revolución armada derrocó a Somoza, seguida de una guerra civil y una transición política hacia la democracia liberal en un contexto de fuerte ajuste económico. En Panamá fue una invasión estadounidense la que puso fin al régimen de Noriega. Esto generó diferentes legados. Nicaragua heredó un país devastado y polarizado, mientras que Panamá, aunque intervenido, conservó cierta estabilidad institucional”, señala.
Por su parte, el analista político de la Universidad de Costa Rica (UCR), considera que es necesario tener en cuenta el contexto histórico en que se produjeron las caídas de las dos dictaduras.
“Recordemos que 1989 fue un año complejo en las relaciones internacionales por la caída del muro de Berlín. El mundo estaba impresionado por los eventos de carácter global y en ese sentido, la invasión no tuvo la repercusión que hubiera tenido si el mundo hubiera estado en un escenario de guerra fría”, valora.
Cortés también señala que después de la invasión, Panamá contaba con instituciones más sólidas, “especialmente en torno al Canal”. Esto le proporcionó ingresos y cierta estabilidad al país, mientras que Nicaragua, por el contrario, lidió con instituciones débiles, una economía devastada y una profunda desconfianza política.
“Los liderazgos y las culturas políticas también influyeron. En Nicaragua, las figuras de Daniel Ortega y de Arnoldo Alemán en los noventa marcaron el retorno al caudillismo autoritario, la corrupción y la polarización política debilitando la transición hacia la democracia. En Panamá, se buscó un mayor consenso entre diferentes sectores, lo que posibilitó la ruta contraria”, apunta.
Los expertos coinciden en que Nicaragua ha arrastrado históricamente una debilidad institucional, “marcada por el caudillismo, el clientelismo y una cultura política donde el respeto a la ley y las instituciones democráticas ha sido frágil”, agrega Cortés.
Esta debilidad se ha notado más en los últimos años con el estallido de la crisis política en abril de 2018 y perdura a la fecha.

El Canal, una ironía histórica que hace una gran diferencia económica
Irónicamente, el hecho de que Estados Unidos no haya podido construir el Canal que en Nicaragua, los políticos lo presentan como una afirmación de la “soberanía”, sin embargo, tanto Alberto Cortés como Rodrigo Noriega coinciden en que el Canal de Panamá ha sido clave para el crecimiento económico de ese país, y Nicaragua no ha tenido una ventaja de ese tipo.
“El Canal de Panamá marcó una diferencia fundamental. Sus ingresos permitieron a Panamá invertir en infraestructura y desarrollo, impulsando su economía. Nicaragua, sin un recurso similar, dependió más de la ayuda externa, que es menos estable”, explica Cortés.
Además del Canal, Cortés indica que Panamá ha desarrollado un sector de servicios financieros y logísticos muy dinámico, aprovechando su posición geográfica.
“Nicaragua, por su parte, se ha enfocado más en la agricultura y la manufactura, sectores que han tenido un crecimiento más lento”, comenta.

Para Carlos Murillo, el crecimiento económico de Panamá también se debe a que Noriega preservó la rentabilidad del Canal.
“La ventaja es que la dictadura de Noriega no rompe con ese esquema de desarrollo y cuando ya en democracia, en 1999, Panamá recibe el control total del Canal, queda muy claro que el Canal iba a aportar al desarrollo de la sociedad panameña en todas las áreas, pero sobre todo en términos de infraestructura, desarrollo socioeconómico, educación. El modelo, a pesar de los de los distintos gobiernos, no ha cambiado desde entonces”.
Noriega y los sandinistas
En un editorial de LA PRENSA publicado el 14 de diciembre de 2011, se dice que en los años ochenta, Noriega estuvo vinculado a los sandinistas.
“Sus vínculos no eran solo por afinidad ideológica y política con los comandantes sandinistas, sino también por sus negocios ilícitos comunes con algunos de estos. Con Noriega mandando de manera absoluta en Panamá, las redes del narcotráfico suramericano se extendieron hacia Nicaragua. Pablo Escobar Gaviria, el más importante de los cabecillas colombianos del crimen organizado internacional de aquella época, se movía como pez en el agua entre los altos círculos del poder revolucionario sandinista”, indicó LA PRENSA.
Otro de los vínculos de Noriega con los sandinistas fue Hugo Spadafora, opositor secuestrado y decapitado durante el régimen de Noriega, tras haber denunciado la vinculación del dictador con el Cártel de Medellín.
Spadafora había combatido en Nicaragua contra la dictadura somocista dentro de la tendencia tercerista del Frente Sandinista, aunque luego se desilusionó de la Revolución y apoyó al camaleónico Edén Pastora en su etapa de contrarrevolucionario.
Por otro lado, cuando Estados Unidos invadió Panamá, los sandinistas aseguraron que también habían allanado la casa de Antenor Ferrey, el embajador nicaragüense en Panamá.
Por esta razón, decidieron enviar tanques y turbas para asediar la Embajada de Estados Unidos en Managua. “Aquí, allá, el yanqui morirá”, coreaban unos, mientras otros gritaban, “viva Sandino”.
A pocos metros de los muros de la embajada, en los cuatro costados, se ubicaron los blindados. Había tanques ligeros anfibios PT-76, de origen soviético, provistos de un cañón de 76 milímetros. También vehículos blindados BRDM-2 y BTR-60, que se usaban para misiones de reconocimiento y traslado de tropas, pero que estaban dotados de ametralladoras. Además ubicaron piezas de artillería antiaérea.

“Ahí permanecerán, hasta que las tropas interventoras quiten el cerco”, dijo Miguel D´Escoto Brockman, el canciller sandinista, en conferencia de prensa, refiriéndose a la presencia de tropas norteamericanas frente a la sede nicaragüense en Panamá.
El final de Noriega
El 4 de febrero de 1989, Estados Unidos acusó a Noriega de lavado de dinero, narcotráfico y de tener vínculos con el cártel de Medellín de Pablo Escobar. El presidente de ese país, George H. W. Bush, ordenó la invasión a Panamá y la captura de Noriega por considerar que las actividades del dictador panameño afectaban la seguridad de Estados Unidos.
Noriega finalmente se rindió el 3 de enero de 1990 y fue llevado a ese país en calidad de prisionero de guerra, mientras que el Ejército panameño desapareció y luego se creó la Fuerza Pública panameña. Desde entonces Panamá no tiene Ejército, siendo el segundo país de la región después de Costa Rica que no cuenta con una fuerza armada.
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Fue condenado a 40 años de prisión en 1992 y siete años más tarde le redujeron la condena a 30 años. En 1999, un tribunal de París lo declaró culpable por haber lavado 2.8 millones de dólares al comprar una propiedad en Francia.
Noriega pasó en una prisión en Miami por 17 años. Ahí le diagnosticaron cáncer de próstata y le dio un derrame cerebral.

En 2007 fue extraditado a Francia para cumplir una condena de 10 años de prisión, pero en 2009 las autoridades francesas aceptaron que fuera enviado a Panamá en donde había sido condenado por varios cargos de asesinato a líderes políticos y militares.
Noriega se disculpó con su país el 24 de junio de 2015 durante una entrevista que concedió a la cadena local Telemetro y finalmente murió el 29 de mayo de 2017, después de haber estado por tres meses en un coma inducido tras un nuevo accidente cerebrovascular.
Rumbos económicos y democráticos
Tras la invasión Panamá salió del régimen de Manuel Noriega con grandes desafíos económicos y sociales, como un desempleo del 16.3 % y un 36 % de su población bajo la línea de pobreza, pero su sistema dolarizado le permitía mantener estabilidad inflacionaria (0.8 %) y una base institucional sólida para reconstruirse.
Nicaragua, por otro lado, se encontraba en un contexto de posguerra civil tras una década de conflicto sandinista y sufría una hiperinflación del 13.490 %, una deuda externa del 660 % del PIB y un 50.3 % de pobreza, con indicadores de salud y educación alarmantemente bajos, como una tasa de alfabetización del 57 %.
Para 2024, los caminos de ambos países muestran contrastes profundos
Panamá, con un PIB per cápita de $16,302, es ahora una de las economías más sólidas de América Latina, con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) de 0.805 y acceso al agua potable para el 95 % de su población.
Su economía diversificada, potenciada por el Canal de Panamá, ha reducido la pobreza al 19.9 % y mejorado significativamente en salud y educación, con una esperanza de vida de 78.9 años y una alfabetización del 95.7 %.
Mientras tanto Nicaragua, bajo una dictadura de 18 años liderada por Ortega y Murillo, permanece estancada, con un PIB per cápita de apenas $2,046 y un IDH de 0.667, altos niveles de corrupción y sanciones.
El panorama, según Carlos Murillo, refleja deficiencias estructurales de todo tipo que limitan el desarrollo humano y económico.
Señala que el progreso de Panamá ha sido impulsado por políticas orientadas a la estabilidad macroeconómica, el comercio internacional y la inversión en infraestructura.

La alternancia democrática con ocho presidentes desde 1989 ha permitido un desarrollo institucional sostenido, consolidando a Panamá como un centro financiero regional.
En contraste, Murillo señala que Nicaragua ha sufrido un retroceso democrático desde 2007, con un modelo autoritario que ha concentrado poder en una familia y reprimido a la sociedad civil, afectando su capacidad para atraer inversión y garantizar derechos básicos, perpetuando la pobreza y la desigualdad.
Según los expertos, la comparación entre ambos países ilustra cómo la estabilidad democrática, el buen manejo económico y la apertura al comercio han sido claves en el desarrollo panameño; mientras que el autoritarismo, el aislamiento internacional y la falta de políticas públicas efectivas han condenado a Nicaragua a un estado de atraso crónico en 2024.
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