¿Hacia dónde va Nicaragua? La reciente reforma constitucional es sólo el último eslabón de una cadena de aberraciones capaz de producir la angustia que sentiríamos en un auto conducido por un adolescente borracho. Porque, en realidad, Nicaragua es conducida por un par de figuras extrañas que parecen sacadas de novelas del surrealismo mágico. He hablado con psiquiatras serios que, tras observarlos, piensan que adolecen de distintos grados de narcisismo, psicopatía, fijación adolescente y paranoia.
Síntoma evidente de una anomalía es la multitud de anillos en cada dedo, las docenas de brazaletes en cada brazo, la abundancia de collares y la vestimenta estrafalaria de ella. Junto con, ello la orden de poblar el país con los llamados árboles de la vida, verdadero capricho y locura esotérica en un país empobrecido. Otra fue, y llamó mucho la atención, la fiesta callejera organizada, contra imprudencia temeraria, para bien venir al coronavirus.
Elementos psicopáticos se manifiestan en la total indiferencia hacia el sufrimiento de los demás o en la ausencia de sentimientos de culpa o remordimiento. Por eso son crueles con sus prisioneros y sus familias y, para solo dar un ejemplo, no tuvieron reparo en dejar en desamparo a los niños y ancianos desvalidos que atendían las hermanas de la caridad.
Igual de obvia es la fijación adolescente, la que Freud describió como el caso de adultos que se quedaron estancados en actitudes típicas de esa etapa, como la rebeldía o el afán por desafiar e insultar la autoridad o lo establecido. Ortega se deleita en confrontar a Estados Unidos. Por eso ama a todos sus enemigos: Irán, Rusia, Corea del Norte, China, y más recientemente, el régimen talibán. Nótese que en este último caso Nicaragua se convirtió en el único país de Occidente que ha reconocido a ese régimen barbárico y opresor de la mujer. Nótese también que este hecho no tenía ningún valor estratégico ni económico para el país. Ortega lo hizo sencillamente porque le daba placer abrazar al malo de la película.
Precisamente uno de los problemas de este síndrome es que lleva a ejecutar acciones que le proporcionan satisfacción al conductor de la nave, pero que, lejos de ayudarle, pueden serle contraproducentes, aunque, claro, el adolescente no es bueno en medir riesgos. Ejemplos han sido su actitud confrontativa con Israel, su defensa de Hamás, y el albergue de terroristas. Ortega llegó incluso a acusar penalmente al gobierno de dicho país y, en otra acción muy delicada, acusó también a Alemania en el tribunal de La Haya. Con esto ganó dos enemigos importantes; uno de ellos capaz de golpear duro. Su abierta promoción de la inmigración ilegal hacia Estados Unidos, haciendo de Nicaragua el puerto para que millares de africanos, árabes y asiáticos entraran al continente, ha sido también otra política provocativa en un tema muy, muy sensible para el norte, y más aún para la nueva administración.
Su rabieta con Lula es otra instancia de este síndrome irracional: insultó a uno de los gobernantes más influyentes en los Brics, lo que le costó la humillación de no ser aceptado en dicho organismo. Ha insultado también a líderes de la izquierda, como Boric y Petro y, para colmo, al papa. ¿A qué estadista en sus cabales se le ocurre insultar al papa? Lo único que logró es quedar como patán y que el papa cuestionara su equilibrio emocional. La actual reforma constitucional se enmarca también en esta óptica que mezcla el afán totalitario con el de amenazar y retar a quienes no se enfilen; a la Iglesia, los bancos, los periodistas, etc. Uno de los logros de este nuevo golpe en el acelerador ha sido terminar de convencer a la oposición que no hay salida cívica o pacífica para salir de la dictadura, conclusión que, quiérase o no, tendrá consecuencias feas.
Lo que es cada vez más evidente es cómo el designio dictatorial de la pareja, acompañado de sus patologías y afán confrontativo, los está llevando a un mayor repudio y aislamiento; riesgoso para ellos y para el país. Pueden venir acciones fuertes y escenarios oscuros. Los tiempos están cambiando. Hay relámpagos en el horizonte. Al adolescente le gusta jincar la yegua, pero olvida que esta puede patear.
El autor es sociólogo e historiador. Fue ministro de Educación de Nicaragua.