Estados Unidos (EE. UU.) es un país plenamente democrático. Así es clasificado en los índices de la democracia en el mundo.
La democracia de EE. UU. no es perfecta, por supuesto, pues la perfección no existe y menos en política. Ni siquiera alcanza los niveles de plenitud de la democracia en los países nórdicos de Europa y Nueva Zelanda, que son los más altos, pero sus instituciones democráticas funcionan de manera eficaz.
Por ejemplo, en EE. UU. las elecciones son libres, limpias y confiables, dicho esto a propósito de que el próximo martes 5 de noviembre habrá en ese país otra elección presidencial, la número 60 desde que George Washington fue elegido como el primer presidente estadounidense.
Sin embargo, como la política es conflictiva y controversial por su propia naturaleza de vez en cuando hay quienes se quejan de que “les robaron” la elección. El caso más reciente ha sido el de Donald Trump, que lo hizo en 2020 y hasta montó una asonada con la pretensión de que se anulara la elección de Joe Biden. Y ahora que otra vez es candidato presidencial, como reincidente que es, dice que si pierde la elección del 5 de noviembre será porque se la robaron de nuevo.
Pero las elecciones competitivas, libres y limpias son solo una de las condiciones indispensables de la democracia. Para que esta exista y funcione de verdad, también tiene que haber ejercicio pleno de las libertades y derechos fundamentales, tolerancia política e ideológica, alternancia democrática en el poder, Estado de derecho, control del gobierno y separación de poderes.
Por otra parte, el filósofo político Karl L. Popper (1902-1994) escribió en su libro emblemático La sociedad abierta y sus enemigos, que “sólo la democracia proporciona un marco institucional capaz de permitir las reformas sin violencia y, por consiguiente, el uso de la razón en los asuntos políticos”. Hay que precisarlo, la razón es tanto en su sentido filosófico como práctico el entendimiento, el raciocinio, la inteligencia, la perspicacia, el buen juicio, la facultad de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto y entre lo bueno y lo malo. Por lo tanto, en el campo de la política la razón es la capacidad de elegir bien. No a un lobo vestido con piel de oveja, a un falso profeta o a cualquier charlatán populista de izquierda o derecha, sino a la persona más indicada.
Por eso Popper también advierte que “el futuro depende de nosotros mismos”, con lo que quiere decir que nuestro porvenir no depende de los elegidos para gobernar, sino de quienes los eligen. Pero, como es bien sabido, las personas cuando actúan como masa no siempre hacen uso de la razón ni eligen bien.
Basta recordar que en Alemania Adolfo Hitler fue elegido en 1933 por el voto popular, con todas las horrorosas consecuencias que tuvo esa decisión irracional. Mucho tiempo después, en 1999 en Venezuela, Hugo Chávez también fue elegido popularmente, y 25 años después, la gente que lo eligió y la que no votó por él sigue sufriendo por aquella insensata decisión.
En Nicaragua, en 2006 Daniel Ortega fue elegido con solo el 38.2 por ciento de los votos de los ciudadanos, pocos, pero legalmente suficientes para imponerse a los dos candidatos democráticos que tuvieron 29 y 26 por ciento cada uno. Allí comenzó la nueva tragedia histórica nacional que no termina hasta hoy ni se puede saber cuándo terminará.
Es la amarga e inmensamente costosa consecuencia de no hacer buen uso de la razón y elegir la tiranía en vez de la libertad.