Tras el asesinato del obispo Valdivieso en1550, la Iglesia católica nicaragüense no volvió a sufrir ataques de mayor envergadura en los dos siglos y meses restantes del periodo colonial. Apoyada por la Corona y con el beneplácito de las autoridades locales, pudo dedicarse de lleno a su labor evangelizadora y educativa. Jamás podrán apreciarse bien los frutos de este esfuerzo. Como ocurrió a lo ancho y largo del continente, la Iglesia pudo cristianizar a la casi totalidad de la población aborigen y mestiza.
Un testimonio de lo mucho que caló en el pueblo humilde la nueva fe lo proporcionó Squier, el primer embajador de Estados Unidos en suelo nicaragüense. En 1850 presenció la reacción de una multitud al sonar las campanas del Ángelus describiéndola con estas palabras: “En un instante se apagaron todos los ecos; los jinetes sofrenaron sus caballos, de las manos de los marineros cayeron las velas, remos, mecates, el vigía se paró en seco, cántaros y tinajas quedaron a medio llenarse. Todo el mundo se quitó el sombrero, y todos los labios musitaron: ¡Ave María Purísima…! …Algo como de magia tuvo el repentino silencio de la multitud y su absoluto recogimiento místico. Todo eso no podía sino emocionar profundamente al extranjero que por primera vez lo presenciaba.1
Mas no solo fue fe lo que aportó la Iglesia. Junto con ella creó las primeras escuelas, hospitales, orfelinatos y talleres de artes y oficios. En 1812 el seminario de San Ramón, en León, fue elevado a rango universitario por las Cortes de Cádiz. Magníficas iglesias, nunca igualadas, surgieron por doquier como testimonio de su pujanza y de la piedad colonial. Mientras tanto, aunque sin brillo ni esplendor, sacerdotes, monjas y religiosos hacían el esfuerzo, nunca finalizado, por cambiar la cultura; por inculcar entre los indígenas, acostumbrados a la promiscuidad sexual y al abandono paterno, el concepto de matrimonio monogámico permanente y de la castidad; por combatir el alcoholismo, el hábito de la mentira y la indolencia, enseñando industrias, artes manuales, etc.
Todo cambió con la independencia de 1821. Como huracán devastador las imparables guerras civiles arrasaron la paz y civilidad de las nuevas repúblicas. Lo más grave fueron las nuevas ideologías. Impulsados por el liberalismo decimonónico, radicalmente anticlerical y anticatólico, una nueva casta de líderes revolucionarios, en nombre de la libertad y so pretexto de acabar con el “opresivo legado español”, se propuso imponer a sangre y fuego su credo supuestamente racionalista.
Uno de ellos fue Francisco Morazán. Tras tomar el poder en Guatemala, capital de la confederación centroamericana, en abril de 1829, desató la primera persecución de la Iglesia en la postindependencia. Desterró al arzobispo y el 7 de septiembre decretó la expulsión de todas las órdenes religiosas, ordenando, además, la confiscación de los bienes eclesiales y la supresión de los diezmos con que la Iglesia financiaba sus obras sociales. La medida fue resentida por los indígenas, quienes reverenciaban a los curas. Morazán envió como gobernador a Nicaragua a Dionisio Herrera. Este la emprendió contra las órdenes religiosas, particularmente contra los franciscanos y mercedarios y abolió las comunidades religiosas de León, Granada y otras poblaciones. También ordenó la confiscación de las propiedades de los monasterios. Los religiosos que quedaron tuvieron que sobrevivir de la caridad pública. Sus acciones terminaron con la red de escuelas que suministraban la escasa educación disponible.
Las políticas anticlericales de Morazán provocaron el levantamiento de las masas indígenas bajo el liderazgo del indio Rafael Carrera en 1838. Echado del poder, Morazán pensó recuperarlo en 1842 desembarcando con un contingente armado en Costa Rica. Con él derrocó al presidente conservador Braulio Carrillo y se proclamó en julio como jefe supremo de la Confederación centroamericana. Mas no tomó en cuenta los sentimientos de la población católica tica. El 11 de septiembre el populacho multitudinario, armado de palos, machetes y piedras, se lanzó en masa a las calles y se tomó el cuartel de Morazán “vivando la Santa Libertad, nuestro padre San José y Nuestra Señora de los Ángeles”2. Luego el mismo pueblo lo fusiló el 15 de septiembre de 1842. Cuando cundió la noticia en Centroamérica, las campanas de todos los templos tocaron a rebato.
El autor fue ministro de educación en el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro y es el autor del libro de historia “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de nicaragua 1492-2019) de venta en librerías locales y en Amazon, versión digital y física.
Notas: 1. Squier, “Nicaragua, su Gente y sus Paisajes”. 2. Francisco de Paula Gutiérrez.