Larrazábal y la gloriosa gesta venezolana

Ya en escritos anteriores me he referido con exaltación patriótica a nuestros héroes nacionales: José Dolores Estrada, Benjamín Zeledón, Augusto César Sandino y Pedro J. Chamorro Cardenal. Soy de los que consideran que hay que rendirle culto a los héroes, no solo porque no escatimaron ningún sacrificio por su amor a la patria y a sus conciudadanos, sino porque como dice Thomas Carlyle, en su célebre obra Los Héroes: “Ellos constituyen en las actuales circunstancias un hecho inapreciable, el más consolador que ofrece el mundo hoy. En él hay eterna esperanza y aunque se hubieran hundido todas las tradiciones, credos, sociedades, contaríamos con la certidumbre de que surgen los héroes”.

En tal virtud, quiero referirme en esta ocasión al hombre que navegando en un mar de dificultades logró junto con otros compañeros de armas y el respaldo casi unánime del pueblo venezolano, el derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez que pretendía, como otros dictadores de nuestros tiempos, perpetuarse en el poder. Me refiero al almirante Enrique Wolfgang Larrazábal (1911-2003). Cuando lo conocí yo era miembro del Directorio de la Resistencia Nicaragüense (RN) y él era senador de la República de Venezuela, y en nuestras conversaciones siempre manifestó su cariño por el pueblo de Nicaragua que por aquellos tiempos (1989) sufría bajo el despotismo del FSLN.

El dictador Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) si bien hizo varias obras públicas notables y la economía se mantuvo bastante balanceada por los ingresos del petróleo, en el aspecto político fue altamente represivo, fomentando la inconformidad tanto en las Fuerzas Armadas como en las clases populares. Muchos líderes democráticos fueron expulsados del país y otros tuvieron que hacer labor clandestina para escapar a las frecuentes embestidas de la dictadura. Entre estos cabe mencionar a Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Raúl Leoni y otros.

Después de superar muchas dificultades, el 23 de enero de 1958, Larrazábal y otros altos militares anunciaron que habían derrocado a la dictadura de Pérez Jiménez y que ya los venezolanos podían gozar de entera libertad. Pletórico de alegría el pueblo se lanzó a las calles, pero esta vez para celebrar su liberación. Larrazábal presidió la Junta de Gobierno que duró menos de un año, pero que fue la puerta por donde entró la democracia que disfrutaron los venezolanos por 41 años, hasta la llegada al poder con su llamada revolución socialista el nuevo dictador Hugo Chávez.

Después de conocer algunos hechos memorables de la historia de Venezuela y concretamente del noble gesto de los militares respaldando la actitud patriótica de Larrazábal, uno se pregunta: si las Fuerzas Armadas Bolivarianas tienen pleno conocimiento de que Edmundo González Urrutia y María Corina Machado ganaron ampliamente las elecciones presidenciales del 28 de julio pasado ¿por qué no los reconocen como seguro habría hecho Larrazábal?

La respuesta que me han dado algunos politólogos venezolanos es la siguiente: “Es porque la cúpula de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, integrada por generales chavistas está corrupta y quienes los mandan, Maduro, Diosdado y Padrino son los que generan la corrupción. Su tozudez por mantenerse en el poder, aun mediante fraudes electorales es porque eso les garantiza la impunidad por los horrendos crímenes que han cometido y porque temen perder toda la riqueza mal habida que han acumulado y que ahora disfrutan abyectamente”.

La comunidad internacional no puede ni debe tolerar que bajo esa deleznable premisa los usurpadores del poder público en Venezuela se salgan con la suya, y contra viento y marea se mantengan al frente de la administración gubernamental más allá del 10 de enero del 2025, fecha en que a más tardar debe tomar posesión de la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela el señor Edmundo González Urrutia, electo por la arrolladora voluntad mayoritaria del pueblo venezolano en las elecciones del 28 de julio pasado. Lo contrario sería hacerse cómplice de la pandilla de facinerosos que hoy descaradamente rigen los destinos de la patria de Bolívar. Hay suficientes tratados (TIAR), convenios, Carta Democrática, etc., a los que se puede invocar en respaldo de cualquier acción que se quiera emprender, en salvaguarda de la democracia a que aspiramos todos los pueblos del Continente Americano. ¿Qué esperan?

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

Opinión
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