La trampa viste diferentes disfraces. Puede aparecer como una seductora abogada que tienta con sus frescas carnes o una afligida y perfumada feligresa que te invita a una casa solitaria para pedir consuelo o quizás sea un simpático periodista que te pide una entrevista o, a lo mejor, sea un inesperado amigo que te salve de la ruina económica. Los infiltrados usan diversos ropajes.
La historia en Nicaragua está llena de infiltrados y los sandinistas, que todo el tiempo viven en guerra, aunque siempre hablen de paz, son expertos en ello. Y han dejado tras cada acto de penetración, un reguero de cadáveres, sangre, fuego y dolor.
Recordemos algunos casos, de los miles ejecutados durante sus largas décadas de terrorismo.
El asesinato del coronel en retiro José Ramón Silva Reyes
En 1983, el régimen sandinista orquestó un plan de infiltración y asesinato contra José Ramón Silva Reyes, un coronel en retiro de la Guardia Nacional (GN) de Nicaragua.
Tras la caída del régimen de Somoza en 1979, Silva Reyes, junto con otros militares, se asiló en la Embajada de Guatemala en Managua, buscando protección y un salvoconducto para salir del país. Sin embargo, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) les negó ese permiso y urdió un plan para asesinarlos.
El Ministerio del Interior, bajo las órdenes de Tomás Borge, infiltró a un agente en la embajada, haciéndolo pasar por asilado, con el objetivo de ganarse la confianza de Silva Reyes y otros dos exoficiales.
Después de dos años, el infiltrado convenció a los asilados de intentar escapar, prometiéndoles un traslado seguro a Guatemala.
En realidad cayeron en una trampa. Fueron capturados en una casa de seguridad en las afueras de Managua y torturados hasta la muerte por agentes de la Seguridad del Estado y carceleros en la prisión de Tipitapa.
Los cuerpos fueron enterrados en fosas comunes y nunca se reveló dónde.
El caso de Silva Reyes fue presentado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que en 2023 determinó que su desaparición fue un crimen de Estado, confirmando que Silva Reyes fue torturado y ejecutado por agentes del régimen sandinista.
Durante años, la familia de Silva Reyes luchó por justicia, enfrentando amenazas y obstáculos. El Estado de Nicaragua, hasta la fecha, no ha investigado ni asumido responsabilidad por su desaparición forzada.
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La masacre de La Penca
El 30 de mayo de 1984, los sandinistas ejecutaron un atentado en el campamento guerrillero de La Penca, borde fronterizo con Costa Rica, sobre la ribera del río San Juan, contra el líder guerrillero Edén Pastora, durante una conferencia de prensa.
Pastora, quien había roto con el FSLN tras la Revolución, se encontraba alzado en armas contra el régimen sandinista desde el sur de Nicaragua. En ese contexto, convocó a medios internacionales para explicar su posición política.
El atentado fue perpetrado mediante una bomba colocada en el rancho donde se encontraba Pastora, camuflada en el equipo de un supuesto periodista.
El infiltrado fue Roberto Vital Gaguine, un agente argentino vinculado a la Dirección General de la Seguridad del Estado (DGSE) del Ministerio del Interior sandinista.
Gaguine se infiltró como el reportero danés Per Anker Hansen y aprovechó la cobertura de la prensa internacional para colocar la bomba.
El ataque dejó varios muertos y heridos, aunque Pastora sobrevivió con graves lesiones.
Según investigaciones posteriores, los autores intelectuales del atentado fueron altos mandos del FSLN, específicamente Tomás Borge, ministro del Interior, y Lenín Cerna, jefe de la DGSE, con autorización de la Dirección Nacional de Daniel Ortega y los nueve comandantes.
Ambos habrían planificado el ataque para eliminar a Pastora, considerado una amenaza para el régimen sandinista como jefe del grupo Guerrillero ARDE, pero en lugar de ello asesinaron a periodistas.
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Operación Reptil: infiltraron a terroristas como periodistas
El 17 de septiembre de 1980, los sandinistas ejecutaron la Operación Reptil, un plan de infiltración para asesinar al exdictador nicaragüense Anastasio Somoza Debayle, quien vivía exiliado en Asunción, Paraguay, tras ser derrocado en 1979.
El ataque fue liderado por el terrorista argentino Enrique Gorriarán Merlo, un miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de Argentina, que trabajaba como sicario político en coordinación con los sandinistas.
Gorriarán Merlo y su grupo de combatientes ingresaron a Paraguay haciéndose pasar por periodistas interesados en encontrar una casa para alojar al popular cantante Julio Iglesias durante una gira.
Bajo esta cobertura, vigilaban los movimientos de Somoza para ejecutar el atentado.
El 17 de septiembre, utilizando un lanzacohetes ruso emboscaron el vehículo blindado en el que Somoza viajaba junto a su chofer y asesor financiero. La explosión destruyó el auto y mató instantáneamente a Somoza, dejándolo irreconocible.
Los autores intelectuales de la operación fueron altos mandos del FSLN, específicamente Tomás Borge, ministro del Interior y Humberto Ortega, jefe del Ejército Sandinista, con conocimiento de la cúpula sandinista que celebró el asesinato político.
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Caso del sacerdote Bismarck Carballo y la terrorista Maritza Castillo
El 11 de agosto de 1982, el sacerdote Bismarck Carballo, entonces vocero de la Curia Arzobispal de Nicaragua y director de Radio Católica, fue víctima de una trampa orquestada por el régimen sandinista para desacreditarlo.
La operación fue planificada por Tomás Borge, Lenín Cerna y Luis Carrión, altos mandos del Ministerio del Interior (Mint), con visto bueno de la Dirección Nacional.
Maritza Castillo, radical militante sandinista y agente de la DGSE, se infiltró como feligresa en la vida de Carballo, fingiendo necesitar orientación espiritual debido a problemas personales en su matrimonio.
Tras varias reuniones de celada, Castillo lo citó en su casa, una propiedad confiscada por la dictadura, preparada sigilosamente para la emboscada.
Una vez dentro, agentes de la DGSE irrumpieron, golpearon al sacerdote y lo desnudaron a punta de pistola, para aparentar que había sido descubierto por un marido celoso en fornicación con la agente Maritza Castillo.
Inmediatamente, periodistas y camarógrafos de la prensa sandinista, que esperaban afuera para filmar el show, lo exhibieron desnudo ante la televisión y los medios sandinistas.
Este montaje fue diseñado para humillar al sacerdote y desacreditar a la Iglesia católica, que en ese momento mantenía una postura crítica frente al régimen comunista.
Las imágenes de Carballo desnudo fueron ampliamente difundidas por los medios afines al régimen, presentándolo como parte de un escándalo sexual. La operación fue vista como un ataque directo contra la Iglesia nicaragüense.
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Asesinato del general Reynaldo Pérez Vega
Aquí el señuelo fue una mujer atractiva, que terminó como un arma asesina. El 8 de marzo de 1978, Nora Astorga, una encubierta militante sandinista y abogada de una empresa privada, participó en un plan para secuestrar y asesinar al general de la Guardia Nacional, Reinaldo Pérez Vega, jefe de escoltas de Anastasio Somoza.
Astorga, de 32 años, divorciada y con dos hijos, proveniente de una familia somocista y acomodada, utilizó su relación íntima con el general, quien le había hecho propuestas sexuales, como señuelo para asesinarlo.
Fue reclutada un año antes por el FSLN para matar al militar. Lo invitó a su casa en el barrio Altamira de Managua con la intención de capturarlo y canjearlo por prisioneros del FSLN.
Según la propaganda de la época, el plan original era secuestrarlo, pero cuando el general intentó resistirse, los comandos del FSLN, que aguardaban ocultos en la alcoba, lo asesinaron a cuchilladas.
De acuerdo con los reportes forenses de la época, el militar fue degollado y mutilado decena de veces, mientras su cuerpo fue envuelto en una bandera del FSLN.
Los autores del asesinato pertenecían a la Unidad de Combate Camilo Ortega, bajo las órdenes de la dirección nacional del FSLN, como Daniel Ortega, Víctor Manuel Tirado, Henry Ruiz y otros.
Astorga confesó su crimen a LA PRENSA en una carta en la que justificó el asesinato como “justicia revolucionaria” y desapareció tras el asesinato y se unió a la guerrilla.
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El asesinato del comandante Bravo en Honduras
En octubre de 1979, el asesinato de Pablo Emilio Salazar, exalto militar de la Guardia Nacional de Somoza, marcó una de las primeras operaciones internacionales de infiltración sandinista.
Salazar, conocido como Comandante Bravo, había huido a Miami tras la derrota de la Guardia Nacional por los sandinistas en julio de ese año, pero regresó a Centroamérica con el objetivo de reorganizar a los exguardias para formar una guerrilla que combatiera al nuevo sistema sandinista.
Aquí la infiltración fue doble. Primero metieron a Honduras a agentes de la DGSE como diplomáticos y luego al señuelo para el crimen.
La trampa fue tendida cuando Salazar llegó a una casa en Tegucigalpa para visitar a su amante, Miriam Barberena, quien había sido capturada por los sandinistas en Managua y bajo amenazas, ofertas de dinero y promesas de todo tipo, la obligaron a colaborar.
Ella era la pieza principal del plan para eliminarlo y fue infiltrada a Honduras como señuelo.
En una casa alquilada para el crimen, a Salazar lo esperaban tres terroristas argentinos, liderados por el sicario político Gorriarán Merlo, quien lo ejecutó con un disparo en la cabeza.
El cadáver de Salazar fue encontrado días después, escondido debajo de una cama, aun vestido.
La operación fue coordinada por la DGSE, con asesoría de los agentes cubanos Renán Montero y el extremista argentino Gorriarán Merlo, con visto bueno de la Dirección Nacional del FSLN.
Lenín Cerna, entrenado en el trabajo sucio de la Seguridad del Estado, proporcionó las armas y los recursos. Este asesinato simbolizó el comienzo de una serie de operaciones de inteligencia sandinista en la región para neutralizar a antiguos guardias y contrarrevolucionarios.

Asesinato de Jorge Salazar y el infiltrado Néstor Moncada Lau
El asesinato de Jorge Salazar, vicepresidente del Cosep y crítico del gobierno sandinista, fue el resultado de una operación de infiltración y complot dirigida por la DGSE el 17 de noviembre de 1980.
Néstor Moncada Lau, agente infiltrado, se había acercado a Salazar meses antes, ganándose su confianza y facilitando el complot que culminaría en su muerte.
La operación fue cuidadosamente orquestada por la DGSE, quien designó a Álvaro Baltodano Cantarero como autor intelectual del plan para presentar a Salazar, un empresario crítico del régimen, como conspirador contrarrevolucionario.
Tanto Baltodano como «cerebro» del asesinato, como Moncada Lau como sicario infiltrado, eran cercanos a la familia de Salazar y a otros empresarios inconformes con las políticas económicas de la reciente dictadura.
La emboscada tuvo lugar en una gasolinera en El Crucero, donde Salazar fue citado por Moncada Lau para ser asesinado por otros agentes de la DGSE apostados en el sitio.
El plan era que la DGSE le haría un alto al vehículo cuando este se detuviera frente a Moncada Lau, quien dispararía al aire en señal de ataque y los agentes responderían asesinando al empresario.
Salazar fue ejecutado a quemarropa en un simulado un intercambio de disparos. Luego colocaron armas en su vehículo y «capturaron» a Moncada Lau.
La versión oficial afirmó que Salazar estaba armado y participaba en un complot para desestabilizar al régimen sandinista.
Lo confiscan después de muerto
Sin embargo, testigos presenciales declararon que Salazar no poseía armas al momento de su asesinato. La narrativa oficial fue cuestionada tanto por observadores independientes como por el embajador estadounidense Lawrence Pezzullo, quien exigió una investigación independiente sobre el caso.
Moncada Lau es ahora uno de los hombres más cercanos al dictador Daniel Ortega y Baltodano un empresario millonario afin al régimen.
Después de montarle la trampa y matarlo, a Salazar le confiscaron varias propiedades cafetaleras, entre ellas la famosa hacienda-hotel Santa María de Ostuma, que convirtieron en Casa de Protocolo y después destruyeron.
Pocos días después, en un acto celebrado el 19 de noviembre, Jaime Wheelock, de la Dirección Nacional del FSLN y Ministro de Agricultura, aseguró ante una multitud reunida en la Plaza de la Revolución, que Salazar era parte de un “complot” que buscaba la intervención norteamericana.
El asesinato de Salazar fue parte de una campaña más amplia de represión del Frente Sandinista, que buscaba neutralizar a figuras influyentes del sector privado y político que se oponían a las confiscaciones.
Para aparentar “justicia”, la DGSE simuló capturar al infiltrado Moncada Lau, quien denunció a otros empresarios y líderes políticos de oposición para confiscarlos, apresarlos y luego desterrarlos.
Después absolvieron al agente y escaló a posiciones de poder dentro de las estructuras de la Seguridad del Estado, en operaciones de sabotaje, ejecuciones e infiltración.
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La infiltración como arma de guerra y recurso político
Los elementos infiltrados en las filas enemigas son tácticas comunes de “guerra sucia”, tanto de ejércitos y organizaciones terroristas, como de guerrillas, gobiernos y sectores empresariales.
Veteranos exmilitares de la antigua Contra y del ejército sandinista, consultados por Domingo, revelan que la estrategia de usar infiltrados para influir en el enemigo va más allá del combate físico.
“Su papel abarca desde la obtención de información hasta el sabotaje y la manipulación psicológica, convirtiéndolos en herramientas estratégicas valiosas para cualquier organización sin escrúpulos”, dice un militar en retiro desde el exilio y el anonimato por razones de “prudencia” y “seguridad”.

Infiltrados para neutralizar desde adentro
En su análisis, el exmilitar sandinista detalla el papel fundamental que jugaron los infiltrados en las tácticas de guerra del FSLN durante los años más álgidos del conflicto en Nicaragua en los 80.
“El uso de infiltrados era decisivo para neutralizar al enemigo desde adentro”, explica el exmilitar. Estos agentes encubiertos se integraban en las filas contras para sembrar la desconfianza y erosionar la moral.
“Su objetivo principal era generar desconfianza entre los comandos y sus jefes, haciendo que se cuestionara la lealtad de quienes los rodeaban”, añade.
Esta táctica lograba, en muchos casos, que los errores estratégicos se multiplicaran a la hora de una operación, “debilitando a las tropas sin que siquiera hubiera un enfrentamiento directo”.
La obtención de información fue otro de los roles vitales de los infiltrados. “El Ejército sabía con antelación sobre los movimientos y los planes de la Contra o de los disidentes dentro del propio país”, confiesa el excombatiente.
Esta información permitía al FSLN anticiparse a los ataques enemigos y preparar contraofensivas “que desconcertaban” a los contras.
Además, estos infiltrados a menudo se encargaban de sabotear equipos y abandonar suministros críticos para el enemigo.
“A cada rato dejaban radiocomunicadores botados, mapas, planes operativos, armas nuevas, qué cosas no abandonaban”, recuerda este militar, ahora disidente del FSLN.
Finalmente, el militar retirado destaca el componente psicológico de la infiltración. “El Ejército atizaba la paranoia del enemigo, usando a infiltrados como satélites de la propaganda, difundiendo desinformación y sembrando pánico”.

Los infiltrados desde la Contra
Del otro lado de la acera estaba el jefe de Operaciones y Contrainteligencia de la Contra, Luis Moreno Payán, alias Mike Lima.
Autor del libro Principio y fin de la guerra de los contras, Moreno detalla a Domingo lo que significó para las fuerzas guerrilleras antisandinistas el uso de infiltrados en sus filas.
“Solo en una operación en la que intentamos crear un Frente Interno de la Contra en Nicaragua, nos infiltraron y nos ejecutaron a 80 miembros”, recuerda.
Moreno explica que al inicio de la guerra, la CIA asistió a la Resistencia Nicaragüense para capacitarlos en Inteligencia y Contrainteligencia, con el fin de crear una red interna en la Nicaragua bajo la dictadura militar sandinista.
Sin embargo, la red fue infiltrada por los servicios de seguridad de los sandinistas y desarticulada en un operativo sangriento, cuando capturaron, ejecutaron a los miembros, los interrogaron con torturas para sacarles información y luego infiltraron a la Contra.
“Nos asesinaron a correos, a bases de apoyo, a familias que nos suministraban información y a baquianos que sacaban a nuestros comandos de las emboscadas de los piricuacos”, dice Moreno.

Foto: Cortesía / La Prensa
El FSLN infiltrado por la CIA
Según sus cálculos, unos 6,000 combatientes contras y más de 15,000 colaboradores fueron abatidos por los sandinistas de 1979 a 1990.
“Luego de eso la CIA asumió la infiltración directa en las estructuras sandinistas y nos pasaba la información para nuestras operaciones”, rememora.
“Recordá los grandes casos de Jaime Miranda Bengoechea, Álvaro Baldizón, Reynaldo Aguado Montealegre, que son los más conocidos, pero la CIA tenía infiltrado a los sandinistas en todos los sectores”, dice.
Relata, por ejemplo, que cuando en 1988 se dio la Operación Bertha para supuestamente neutralizar las reservas de córdoba de la Contra, la CIA les notificó que el dinero que tenían embuzonado en fincas y casas de seguridad pronto dejaría de tener valor.
“Pero imagínate como estaban de infiltrados los sandinistas, que a los nicaragüenses solo les permitieron cambiar hasta 10,000 córdobas nuevos, y a nosotros la CIA nos llevó millones de esos billetes ¿Cómo lo consiguieron? Los mismos sandinistas los cambiaron por dólares”, rememora.

Infiltrados en el campo de batalla
Mike Lima recuerda que mientras la CIA se encargaba de las infiltraciones estratégicas a gran escala, ellos hacían lo propio en los escenarios de guerra.
“En el terreno nosotros hacíamos lo nuestro, los propios comandos y colaboradores nos alertaban de los infiltrados y los jefes de tropas los interrogaban y si había pruebas, los ejecutaban ahí mismo”, recuerda.
Según Moreno, con los años los servicios de inteligencia de la Contra se fueron especializando en la detección y neutralización de infiltrados sandinistas.
“El temor de saberse descubiertos era tan fuerte que muchos de ellos se neutralizaban solos”, recuerda Moreno, quien confiesa que a margen de las infiltraciones de la CIA, la Contra también infiltró a la DGSE y al Ejército en el teatro de operaciones.
Según su testimonio, las tácticas de infiltración les ayudaron no solo a propinar emboscadas y operaciones de neutralización física como “golpes de mano”, sino también a provocar impacto psicológico, afectando profundamente la siquis de los combatientes del FSLN.
“Vos les decía: ‘Ahí anda operando Mike Lima’ y les daba terror”, recuerda.
“Yo tenía en mi unidad a un infiltrado en la propia DSGE en Matagalpa, que nos avisaba de los planes operativos, misiones y estrategias. Era un valioso colaborador, pero lo descubrió la DGSE y lo ejecutó Juan José Úbeda antes de llevar unos explosivos para destruir una central eléctrica”, recuerda.
Luis Moreno
¿Cómo nacen los infiltrados?
Durante la entrevista, el excontra ofrece una visión humana sobre las razones que llevaban a alguien a convertirse en un infiltrado.
“Mirá, en nuestro caso lo hacían por patriotismo. Muchos de los que se infiltraban lo hacían porque simpatizaban genuinamente con la causa de la Resistencia y odiaban a los sandinistas, claro, era gente que ya daba por hecho que si los descubrían iban a ser asesinados», explica.
Recuerda de un caso, por ejemplo, donde un militar pasó mucha información valiosa a la CIA en venganza contra Humberto Ortega, a quien acusaba de haber seducido a su esposa mientras él estaba en una misión asignada por el jefe del Ejército Sandinista.
Moreno dice que del otro lado, de las filas sandinistas, muchos se atrevían a infiltrarse por ambición y dinero o por terror. «La CIA pagaba muy bien», reseña.
“El dinero se mueve más de lo que uno se imagina en tiempos de guerra”, comenta.
“En los interrogatorios descubrimos que a veces se les ofrecía una recompensa económica o casas o fincas cambio de traicionar a sus propios compañeros. Billetes o la promesa de propiedades podían ser suficiente para alguien que ya estaba desesperado por la crisis que había en Nicaragua”, analiza Moreno.

¿Obligados a traicionar?
Pero no solo el dinero estaba en juego. A otros los movía el placer, el gusto por cosas que les ofrecían: sexo, alcohol, drogas.
“La guerra despierta lo peor de la gente a veces, y había quienes se vendían por satisfacer vicios personales”, dice.
Sin embargo, lo más oscuro, según él, eran aquellos que no tenían elección. “Muchos fueron forzados a infiltrarse».
“Cuando te amenazan con matar a tu familia, o cuando te dicen que tienen a un ser querido como rehén, hacían lo que fuera. Incluso si te descubren algún secreto vergonzoso que no quieres que salga a la luz, te conviertes en su peón. Esos casos eran trágicos. No lo hacían porque querían, sino porque no les quedaba más remedio, pero igual… tenían que pagar”, reflexiona.
Al final, el exmilitar concluye: «La infiltración no siempre era un acto de convicción. Muchas veces era una cuestión de supervivencia, de necesidad o de debilidad humana».