Corrían los años de la década de los 60 del siglo pasado, cuando unos periodistas europeos lograron entrevistar al líder máximo de la Revolución china, Mao Tse-Tung, y uno de ellos le preguntó: “Sr. Mao, en un discurso que Ud. pronunció recientemente dijo que los comunistas de todo el mundo no deben descansar nunca, hasta derrotar al imperialismo norteamericano. La pregunta es: ¿Cómo piensan hacerlo?” A lo que Mao respondió: “La victoria del socialismo o sea de los países progresistas contra los EE. UU. no se dará en forma convencional, sino que será en forma de guerrillas, ir rodeándolo poco a poco hasta que caiga por su propio peso”.
Si nos atenemos a los hechos, esto quiere decir que con Deng Xiaoping, quien asumió el poder en 1978, dos años después de la muerte de Mao, el imperialismo chino sigue empeñado en el mismo propósito de su antecesor por la dominación mundial. Xiao Ping, fue acusado de querer restaurar el capitalismo en China. Pero la verdad es que les ha ido muy bien por ese camino. Lo que ha cambiado son las formas, pero el fondo es el mismo. La guerra convencional de ejército contra ejército ha pasado a ser la guerra comercial, en la que tanto chinos como norteamericanos luchan en feroz competencia por conquistar nuevos mercados y por ejercer la mayor influencia política a escala planetaria.
Sería prolijo mencionar los países de América Latina que en los últimos 20 años han recibido miles de millones de dólares en calidad de préstamos, donaciones, construcción de puertos, carreteras, estadios, etc. Todo financiado con el enorme superávit que a partir de los 80 disfruta la China imperial. Basta mencionar el caso de la atribulada Venezuela, cuya deuda con ese país asciende a los 60 mil millones de dólares. En cuanto a lo que nos concierne directamente, la pregunta es: ¿Cuánto le debe Nicaragua a China? Se asegura que son miles de millones de dólares. Por lo que conocemos, después del estrepitoso fracaso del Canal Interoceánico la dictadura de los Ortega-Murillo ha estado entregando servilmente a China caros terrenos, minas de oro y otras valiosas propiedades, todo en contra de los supremos intereses de nuestra nación.
Hoy quiero referirme a lo que considero como la abdicación de los EE. UU., a su condición de líder del mundo libre en defensa de la democracia y de la libertad. Lo hemos visto en el caso de Cuba, lo estamos viendo en los casos de Nicaragua y Venezuela. Los Estados Unidos, son potentes y grandes, como dijo nuestro gran panida Rubén Darío, pero ahora parece un gigante con pies de barro, que está dejando que los chinos y los rusos se apoderen de nuestros países, sin que haya un liderazgo democrático con la capacidad suficiente para contrarrestar tan deplorable propósito. ¿Qué pasó con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que se supone debe velar por la bienandanza de nuestras débiles repúblicas? ¿Qué pueden hacer nuestros pueblos cuando un grupo de matones armados se introducen con violencia en nuestras casas conculcando todos nuestros derechos humanos habidos y por haber?
Es del conocimiento público que en los archivos de la Casa Blanca existen leyes y acuerdos, aprobados por la Cámara de Representantes y por el Senado, que facultan a su Ejecutivo para que tome acciones más enérgicas en contra de las oprobiosas dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, pero no lo hacen. ¿Por qué? Por tal razón, hay muchos dirigentes democráticos en América Latina que ya nos estamos preguntando: ¿Cuál será el próximo país que caerá en las garras comunistas? ¿Bolivia?, ¿Brasil?, ¿Honduras?
Que conste. Con esto no quiero decir que EE. UU. no ha hecho nada en favor de la liberación de los pueblos oprimidos de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Lo que quiero decir es que, en los últimos 35 años, dada la gravedad de estos casos que amenazan incluso la misma seguridad de EE. UU., según ellos mismos han expresado, no han hecho lo suficiente en relación con el enorme potencial de que disponen, para demostrar su real preocupación por nuestros países y por ellos mismos. Es necesario actuar hoy. Mañana puede ser demasiado tarde.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el extranjero (ANE).