Así como las naciones latinoamericanas aprovecharon en los albores del siglo XIX la invasión napoleónica al imperio de Fernando VII en España, para luchar y alcanzar su independencia, ahora que tanto Rusia como China están muy ocupados con sus propios problemas, estos mismos pueblos se están levantando para extirpar de sus fronteras el cáncer que las ha venido corroyendo, bajo el eufemismo del socialismo del siglo XXI.
Desaparecidos sus fundadores, Fidel Castro y Hugo Chávez y puesto en evidencia el total fracaso de las economías en los países en donde se asentaron, ahora donde aún prevalecen solo les queda la represión como último recurso para prolongar su agonía y como colofón de esto, su inevitable caída. Ya en algunos países como Argentina, Ecuador y Perú, con los Kirchner, Rafael Correa y Pedro Castillo respectivamente, son historia pasada. Dejaron tan malos recuerdos que ¡no volverán! es el clamor popular de las masas empobrecidas que dejaron a sus funestos pasos.
Solo quedan 4 naciones en nuestro hemisferio que seguimos bajo el despotismo de estos mafiosos que tanto daño le han causado a nuestros conciudadanos: Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia. Pero saben que sus días están contados y en su desesperación por salvar lo robado y al amparo de la impunidad por sus horrendos crímenes cometidos, buscan desesperadamente la negociación que les permita una vida muelle y placentera en un exilio dorado.
De acuerdo con la información fidedigna que he recibido, a pesar de sus bravuconadas Maduro ya está negociando su salida y lo único que atrasa su reconocimiento al triunfo en las elecciones del pasado 28 de julio de Edmundo González y María Corina Machado son dos asuntos que para los sátrapas del oficialismo son fundamentales:
- Garantías de que tanto a Maduro como a sus secuaces (presentaron una larga lista) no se les afectará ni en sus bienes ni en sus integridades físicas.
- Que se anulen todas las sanciones internacionales que pesan sobre ellos (EE.UU., UE, etc.). Se me asegura también que Maduro está bajo la amenaza del resto de la nomenclatura chavista, de que si pretende escaparse solo junto a su familia, va a terminar con sus huesos en la cárcel como le ocurrió al dictador panameño Manuel Antonio Noriega.
Algo que ha atrasado estas negociaciones y que está dejando un sabor amargo en varios líderes demócratas latinoamericanos es la actitud que han asumido los presuntos mediadores: AMLO, de México (ya se retiró) que no ha reconocido el triunfo opositor y dice que lo hará hasta que el Tribunal Supremo de Justicia (todos incondicionales de Maduro) se pronuncie sobre dichas elecciones; Lula, de Brasil, cuyo canciller insinuó en su nombre que se hagan nuevas elecciones y Petro, de Colombia, que insiste a más de tres semanas del evento electoral, en que el Consejo Electoral Nacional muestre las actas para saber quién fue el vencedor de los comicios.
La verdad es que cada día que pasa el régimen de Maduro se está quedando más solo. Lo vimos en la reunión del Consejo Permanente de la OEA del jueves 15 de agosto pasado, en la que por consenso se aprobó una resolución en la que se le exige al régimen chavista que publique de manera expedita las actas electorales. Y lo vimos también en las manifestaciones multitudinarias de protesta contra el pretendido fraude, encabezadas desde Caracas por Edmundo González y María Corina Machado, que se realizaron en 350 ciudades del mundo entero.
En cuanto a Nicaragua, me dicen algunos amigos venezolanos que es imperativamente necesario que nos unamos todas las organizaciones en el exilio y lo que hay organizado dentro del país, para tener un interlocutor válido que nos represente, ya que después de que se confirme el triunfo de la Plataforma de Unidad Democrática (PUD) vamos con Nicaragua. Todas las últimas medidas represivas que ha adoptado la dictadura de los Ortega-Murillo tanto contra nuestra Iglesia católica y los evangélicos, como contra los empleados públicos no son más que reflejos de la debilidad del régimen (patadas de ahogado), que ponen en evidencia la desesperación de la dictadura en disponer de rehenes a la hora de negociar su inevitable e inminente salida.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).