Polvo eres y en polvo os convertiréis, Génesis 3-19

El pasado lunes 5 de agosto, mientras conversaba telefónicamente con mi amigo el empresario Arnoldo Castillo, como solemos hacerlo casi todas las madrugadas. Mientras hablábamos fue a buscar a su madre a su cuarto y de pronto escuché su llanto tratando de reanimarla, después de unos segundos me dijo entre sollozos, Guillermo, se me murió mi madre. Colgamos nuestros respectivos teléfonos y me quedé casi sin aliento recordando el momento en que no hace mucho pasé por el mismo trance, con la diferencia que yo no tuve la dicha de estar con mi madre pues ella falleció el mismo día en que arribé a Miami para verla.

He hecho este pequeño relato que espero me disculpe mi amigo (hermano), pero quería compartir con ustedes la razón del título de este artículo.

El hecho de la coincidencia de la llamada con el descubrimiento del fallecimiento de su madre, me hicieron revivir los momentos que viví cuando una enfermera del hospital Coral Gable de Miami me dijo: “Su mamá murió en la madrugada”. Han hecho que esa amistad entre ambos se estreche más, pues pude sentir de primera mano la angustia que sentía ante esa irreparable pérdida.

Amigos y lectores de esta columna, no creo equivocarme si digo que la madre es la persona cuyo principal objetivo en la vida es apoyarnos querernos con el amor más puro y desinteresado que un ser humano pueda tener, como reza un poema titulado el Ángel de los niños. El que considero un homenaje a ese ser que la vida nos regaló y que nos cuidó en nuestra infancia, nos encaminó y siguió cuidándonos durante nuestra adolescencia y ya adultos continúo haciéndolo hasta que sus ojos se les cierran por última vez.

En cuanto a mi persona, no me cabe la menor duda que tuve la más abnegada madre que hijo alguno haya podido tener. Recuerdo como si fuera hoy sus llamadas en las que dos cosas eran su prioridad, que me cuidara, que cuidara sus nietas y que nunca me distanciara de mi hermano Jonathan, que es el que tuvo la dicha o privilegio de acompañarla todo el tiempo. Sus llamadas finalizaban siempre con un te quiero, te quiero que todavía resuena en mi cerebro en mis diarios recuerdos de ella.

Me perdonan si me extendí demasiado pero mi intención ha sido que los que tienen la dicha de tener a sus madres vivas que las cuiden las colmen de atenciones pues es el alimento más grande para el alma de quien siempre nos dio todo y lo seguirá dando hasta su último aliento.

Personalmente, después del fallecimiento de mi madre tengo un sinnúmero de interrogantes en mi cerebro, sobre a donde vamos después de aquí, cual es la dimensión de la frase «libre albedrío» que no es más que la elección libre y voluntaria que tenemos de hacer o no hacer algo. Mateo 23:37 y Apocalipsis 22:17. ¿Existe el cielo como tal? ¿Hacia dónde vamos después de aquí? ¿Habrá una segunda oportunidad de reencontrarnos?

Estas interrogantes que he compartido con ustedes, de ninguna manera niegan la existencia de un ser superior, pero sí me cuestiono la interpretación que con el paso del tiempo el hombre ha dado a los mensajes que nos legó. Personalmente creo que, si todos los seres humanos cumpliéramos con los Diez Mandamientos, el mundo sería mucho mejor de lo que es.

En una ocasión hace mucho leí, que, si Dios no hubiese existido, el hombre lo habría inventado, los ricos para tener la idea de poder seguir disfrutando sus riquezas en el otro mundo y los pobres para tener la esperanza de vivir una vida mejor en el otro mundo. No me tiembla el pulso para escribir que a pesar de mis interrogantes cada día creo más en la existencia de un ser superior y cada día creo menos en las religiones contaminadas por las manos de quienes las gobiernan.

En pocas palabras lo que he querido expresar en este artículo, es que cada uno de nosotros hemos construido un entorno familiar y de amistades. Estas últimas valorémoslas en lo que valen, porque en gran parte las verdaderas contribuyen a darle sentido a nuestras vidas.

Termino exhortándoles a aquellos que tienen la suerte de tener a sus madres con vida, quiéranlas, ocúpense de ellas en la medida de sus posibilidades, es la mejor medicina que una madre puede recibir. En la medida que seamos buenos hijos, seremos mejores seres humanos. No sabemos y jamás sabremos si hay vida después de la vida, por lo tanto, no escatimemos cariño para esa personita que más nos ama y amará en esta vida.

Mi más sentido pésame a mi amigo Arnoldo Castillo y resto de familia.

El autor es analista político

Opinión
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