El dictador venezolano Nicolás Maduro y sus amigos y aliados de la comunidad internacional de Estados autoritarios, entre ellos el de Nicaragua, califican como fascistas a las personas que protestan contra el fraude electoral del domingo 28 de julio y quienes las apoyan en otros países.
Ese calificativo es absurdo, por no decir estúpido, pues no puede ser fascista alguien que demanda transparencia electoral y pide alternabilidad en el poder y cambio de gobierno de manera pacífica, cívica e institucional. Es tan disparatado y sin sentido como decir que esas personas son “cucarachas con ojos de ratón”.
El principio fundamental del fascismo es que la fuerza da la razón. El de la democracia es al revés: lo que da la fuerza es la razón y más exactamente la autoridad para gobernar.
En Venezuela, a juzgar por sus propias palabras y hechos, los fascistas son Nicolás Maduro y sus secuaces, que se aferran al poder por medio de la fuerza bruta y sanguinaria.
El fascismo puede ser tanto de derecha como de izquierda. Más todavía, el fascismo surgió en la Europa del primer tercio del siglo 20 como una mutación perversa del socialismo radical. Benito Mussolini fundó en Italia el fascismo a partir de una facción extremista del Partido Socialista Italiano al que pertenecía. Y no por casualidad el partido creado por Adolfo Hitler en Alemania se llamó Nacional Socialista, de donde surgió el odioso concepto abreviado de “nazi”.
Los politólogos Juan Manuel Galarza y Edgar Patricio Ribadaneira Ramos explican en un ensayo sobre los sistemas políticos que el fascismo se basa en la existencia de un solo partido y un gobernante que acapara todo el poder. Por conveniencia a veces permite que haya otros partidos, pero se le deben someter y no pueden aspirar al poder.
Agregan que en el régimen fascista el líder o caudillo “alcanza niveles de veneración por parte de sus seguidores”. Y que el terror que siembra en la población es terrible, ya que elimina cualquier tipo de opinión distinta a la de la postura oficial, es decir, a la que promulga el líder del Estado, sirviéndose para eso de la policía, el ejército, los tribunales y otros instrumentos de represión como las organizaciones de masas y las fuerzas de choque paramilitares.
Por el contrario, señalan, la democracia “se define por un gobierno en el cual los ciudadanos controlan a los gobernantes y estos deben ser responsables ante aquellos, es decir, el gobierno debe responder a los mandantes”. Los cuales reciben sus mandatos del voto libre de los ciudadanos en elecciones competitivas y transparentes.
La única diferencia que hay entre el fascismo de derecha fundado y practicado por Mussolini y Hitler en el siglo 20, y el fascismo de izquierda del siglo 21, radica en que aquellos eran enemigos declarados de la democracia y los de ahora se dicen democráticos.
Por su parte el articulista venezolano Marcos Hernández López cita en el periódico El Nacional al politólogo peruano Juan Claudio Lechín W., quien en su libro Las máscaras del fascismo demuestra que “existe un lazo que une el fascismo europeo de Mussolini y Hitler con el socialismo del siglo XXI de Castro, Chávez y Evo Morales: su tajante antiliberalismo. Para Lechín, entre fascismo y comunismo hay pocas diferencias, y por esta razón los llama a ambos fascismos”.
El fascismo no deja de serlo porque sus representantes se hagan llamar demócratas, igual que las personas democráticas no son fascistas solo porque sus enconados enemigos los califiquen de esa manera.