Hace seis años, el 17 de julio de 2018, los masayas se enfrentaron a la furia de la dictadura Ortega Murillo, que ordenó ir “con todo” contra quienes se atrevieran a protestar. El brutal ataque, al que el orteguismo denominó como “operación limpieza”, inició en Masaya ese martes en horas de la madrugada, cuando decenas de hombres, con armas de guerra, comenzaron a atacar a quienes resguardaban las barricadas que se habían alzado por toda esa ciudad en protesta.
Hoy, aunque la ciudad no está cerrada con barricadas, no hay muertos o heridos ‘en las calles’ y las armas y los agentes de la Policía orteguista o los paramilitares no son tan visibles en las calles de esa ciudad, algunas de las propiedades de Masaya todavía conservan las marcas que testifican lo que ocurrió.
Las calles de Masaya pueden parecer, sobre todo para quienes la visitan sin saber lo ocurrido, una ciudad bajo una aparente normalidad, pero los lugareños saben que se conserva con tensión y zozobra, bajo el sentimiento de estar constantemente vigilados y la premisa de no hablar de política o contra la dictadura, porque podría significar cárcel o destierro, práctica que ha asumido el orteguismo en los últimos años.
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En esa ciudad se ve poco patrullaje policial, al menos de uniformados; hay un tránsito constante de personas que van y vuelven de sus empleos, que comercializan todo tipo de productos alimenticios de manera informal; y de niños que juegan en el Parque Central, sobre todo por las vacaciones de medio año. Tiendas y restaurantes poco concurridos, pero también es parte de su realidad las decenas de viviendas en las que se aprecian las marcas de los disparos que el orteguismo detonó contra quienes protestaron.
La iglesia Nuestra Señora de Asunción, ubicada en el centro de Masaya, aunque su fachada fue cubierta con una nueva capa de pintura blanca, en el costado este del edificio todavía se ven decenas de agujeros que dejaron las balas que llegaron a impactar a ese lugar durante el ataque perpetrado por la dictadura Ortega Murillo.

El antiguo edificio de la Casa del Periodista, que desde hace diez años luce deteriorado y con clara urgencia de al menos una capa nueva de pintura, también es parte de las propiedades que en las paredes de su fachada conserva docenas de agujeros que dan testimonio del ataque descomunal y derroche de municiones que destinó el orteguismo contra un pueblo que solo se defendía con bombas artesanales, morteros, piedras o algunos con armas hechizas o artesanales.
Propiedades abandonadas y a la venta
Tras el brutal ataque que dejó en Monimbó al menos tres personas fallecidas —según el conteo de organizaciones nicaragüenses de derechos humanos— decenas de personas fueron encarceladas y otras decidieron huir del país para garantizar su libertad.
Desde entonces en esa ciudad es común ver, producto de la migración masiva, viviendas en venta o con claras muestras de haber sido abandonadas.
Se confirmó, en un tramo de un kilómetro dentro de esa ciudad, que al menos cuatro viviendas se encontraban “en venta” en una zona ampliamente transitada. También, había en ese mismo tramo al menos seis viviendas en claro estado de abandono, con recibos de servicios acumulados en sus entradas, cerradas con candados y cadenas.
Casi al final de esa vía, frente al Mercado de Artesanías que luce vacío, con casi nula presencia de extranjeros y comerciantes necesitados de vender, aprovechando ofrecer sus productos cada vez que alguien ingresa, está la estación policial.
Tras las protestas de 2018 fue renovada, muestra una capa viva de pintura azul y negro, adornada con banderas del Frente Sandinista y en su ingreso principal, en una clara muestra de culto a la imagen, una foto de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
En este mismo lugar, los dictadores armaron un remedo de Repliegue, justamente tres días antes de la masacre que ordenaron aquel 17 de julio de 2018.