El fallo de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos (EE. UU.) que le otorga inmunidad casi absoluta y vitalicia al expresidente Donald Trump ha tenido repercusión universal. Lo cual es comprensible, por todo lo que representa la superpotencia norteamericana en el mundo.
El poder imperial de EE. UU. ha menguado notablemente en los últimos tiempos, pero sigue siendo el país más poderoso del mundo, todavía delante de China y más aun de Rusia. Sin embargo, la presencia y la influencia estadounidense está en todas las regiones y países del planeta, sea que estén en situación de paz o de conflictos.
Ahora, la sentencia de la Suprema Corte le ha otorgado al expresidente Trump una especie de súper inmunidad, y por lo tanto impunidad. Pero además le allana el camino para ganar la elección presidencial el próximo noviembre, con todas las consecuencias que un nuevo gobierno trumpista podría tener para EE. UU. y el mundo entero.
La jueza Sonia Sotomayor, miembro de la Corte Suprema de Justicia de EE. UU., advirtió en su voto disidente del fallo de la mayoría de seis contra tres que este ha creado una “zona libre de leyes en torno al presidente”. Y agregó que con esta sentencia la mayoría de la Corte Suprema ha creado una “inmunidad atextual, ahistórica e injustificable que pone al presidente por encima de la ley”.
Todavía más contundente ha sido el juez Ketanji Brown Jackson, también miembro del supremo tribunal estadounidense, quien aseguró que con ese fallo se ha inventado “una nueva forma de responsabilidad legal, en virtud de la cual el presidente —y solo el presidente— estará exento de la ley penal”. En su opinión, “un futuro presidente que ordenara el asesinato de un rival político tendría al menos una ‘posibilidad justa’ de evitar cualquier procesamiento”. Lo cual, agregamos nosotros, es una monstruosidad en cualquier país donde haya democracia y Estado de derecho, según el cual todas las personas, incluyendo al gobernante, son iguales ante la ley y deben subordinarse a ella.
Al respecto la académica Claire B. Wofford, profesora asociada de Ciencias Políticas del College of Charleston, reflexiona en un artículo de la prestigiosa revista The Conversation, que “no está claro cómo afectará el fallo a los futuros presidentes”, pero “es posible que nunca más se le pida al tribunal que determine cómo se aplica el derecho penal al jefe del ejecutivo de la nación…” Y agrega que si la decisión de la Corte Suprema deja a los futuros presidentes en libertad de actuar de manera corrupta e incluso criminal, “tendrá un impacto importante en la separación de poderes entre las tres ramas del gobierno, potencialmente otorgando al presidente mucho más poder del que ha tenido a lo largo de la historia estadounidense. Eso tendrá enormes implicaciones para el funcionamiento de la presidencia y la estabilidad, si no la existencia, de la democracia estadounidense”.
Nada más oportuno, pues, en este 4 de julio que se celebra la independencia de EE. UU. y el establecimiento de su otrora ejemplar democracia, que esperar que Dios salve a América como invoca la canción patriótica con ese título (en inglés God Bless America), que para los estadounidenses es como su segundo himno nacional.