El presidente de Costa Rica y la crisis de la democracia

El presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves Robles, sorprendió a nacionales y extranjeros al asegurar en un discurso que pronunció el 14 del mes de junio corriente, que en su país existe una “dictadura perfecta de 75 años”.

Ante el revuelo que provocó su extraña afirmación, el primer mandatario costarricense quiso explicarse  argumentando que lo que había querido decir es que en Costa Rica hay una “tiranía de las instituciones”, que por sus controles sistemáticos no dejan que el jefe de Estado gobierne “libremente”. O  sea que no le permitan hacer su voluntad autocrática como comentó el diario La Nación en un editorial.

El principal periódico costarricense puso en evidencia la flagrante contradicción del presidente Chaves, quien tres meses atrás, el 21 de marzo, había asegurado a una delegación de estadounidenses que “Costa Rica ha sido y seguirá siendo un faro de democracia, paz y compromiso ambiental. A menos —advirtió— que se nos meta gente con ideas extrañas vendiendo una estafa diciendo, nosotros tenemos una mejor alternativa a la democracia para usted”.

Añade La Nación que al presentar su informe anual ante la Asamblea Legislativa en mayo pasado el presidente Chaves “afirmó con toda solemnidad: ‘Nuestra democracia es fuerte y sigue siendo ejemplo mundial. Así lo refleja el índice de democracia del año 2023 del prestigioso diario The Economist, que sitúa a nuestra nación como la democracia mejor consolidada de toda América Latina y la número 17 en todo el mundo’”.

Se puede deducir, entonces, que la “gente extraña” que trata de vender una estafa a los costarricenses como alternativa a la democracia, es el mismo presidente Chaves, quien está pretendiendo imponer un referendo para restarle fuerza a los sistemas institucionales de control gubernamental y ha mencionado la “posibilidad” de reelegirse, a pesar de la prohibición constitucional, como lo hiciera Oscar Arias mediante una turbia interpretación judicial de la Constitución. Lo mismo que hiciera Daniel Ortega en Nicaragua para reelegirse por tercera vez en 2011.

El caso del presidente costarricense, al calificar como “dictadura perfecta” o “tiranía de las instituciones” al sistema político de Costa Rica, es una muestra de la crisis que sufre actualmente la democracia en todas partes. Crisis que no es tanto por la fuerza propia y el crecimiento del autoritarismo, como por las inconsecuencias de la base social de la democracia y sobre todo por la ambición de líderes sin escrúpulos ansiosos de mantenerse en el poder.

La conducta del presidente costarricense confirma también la validez de la tesis que Anne Applebaum razona en su libro El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo. Applebaum sostiene que “dadas las condiciones adecuadas, cualquier sociedad puede darle la espalda a la democracia… El autoritarismo es algo que atrae simplemente a las personas que no toleran la complejidad: no hay nada de intrínseco ‘de izquierdas’ o ‘de derechas’ en ese instinto. Es meramente antipluralista; recela de las personas con ideas distintas y es alérgico a los debates acalorados. Resulta irrelevante que quienes lo tienen deriven en última instancia su postura política del marxismo o del nacionalismo”.

Applebaum califica el autoritarismo como “una actitud mental, no un conjunto de ideas… Los mecanismos de separación de poderes de las democracias constitucionales occidentales nunca han garantizado la estabilidad. Las democracias liberales siempre han exigido algo de los ciudadanos: participación, debate, esfuerzo, lucha (…) Siempre hemos sabido —o deberíamos saberlo— que la historia puede volver a irrumpir en nuestra vida privada y reorganizarla. Siempre hemos sabido —o deberíamos saberlo— que ciertas visiones alternativas de nuestras naciones intentarían arrastrarnos consigo”. Sin embargo, Applebaum también indica que “puede que, al abrirnos camino a través de la oscuridad, descubramos que juntos podemos oponerles resistencia”.

Solo que es muy difícil que se dé esta posibilidad después de que se ha perdido la democracia, debido a la inflexibilidad de los políticos de viejo y nuevo cuño. Eso es lo que muestra la experiencia de Nicaragua.

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