Es evidente que en los últimos meses ha amainado la persecución del Estado contra la Iglesia católica y algunas congregaciones evangélicas.
Decimos que ha amainado, porque por fortuna actualmente no hay obispos y sacerdotes presos como los hubo hasta enero de este año. Pero la persecución no ha cesado. Sigue el hostigamiento policial a las parroquias de la Iglesia católica, y las procesiones que son parte esencial de la manifestación de la fe de los creyentes son prohibidas o impedidas por el régimen.
En este contexto, la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos ha dado a conocer un interesante informe titulado “Desafíos a la libertad religiosa en América Latina: los casos de México y Nicaragua”, sobre el cual informó LA PRENSA el recién pasado jueves 20 de junio.
Dice el documento mencionado que en México los ataques contra la Iglesia católica, que incluyen asesinatos de sacerdotes y hasta de un cardenal, son perpetrados por mafias de narcotraficantes que operan en ese país casi como un poder estatal paralelo. Por eso México ha sido llamado “el lugar más peligroso para ser sacerdote en el mundo”, asegura el informe.
En el caso de Nicaragua precisa que los ataques contra la Iglesia católica no son de las mafias criminales, sino del Estado, “por defender a la sociedad civil contra la tiranía gubernamental, los abusos de poder y la represión violenta”. Y menciona algunos de los principales hechos represivos que ha sufrido la Iglesia, destacando los encarcelamientos de obispos, sacerdotes y seminaristas.
“La razón por la cual los católicos, así como los cristianos evangélicos y los líderes religiosos están siendo perseguidos —agrega de manera concluyente el documento de los obispos de EE.UU.—, es por su predicación de las doctrinas de justicia social inherentes a la fe que poseen. Es el evangelio y el desafío que representan a su autoridad total lo que el régimen de Ortega busca silenciar”.
Señala el documento episcopal estadounidense que las amenazas y agresiones contra la libertad religiosa se practican de diferentes formas. En otras partes del mundo —dice— algunas mayorías religiosas (o minorías militantes), son las que atacan a los cristianos para tratar de obligarlos a renegar de sus creencias, incluso mediante masacres de minorías religiosas, étnicas y culturales, toleradas o promovidas por el poder estatal.
Asegura que en Nicaragua, “a diferencia de otros movimientos de izquierda que llegaron al poder durante la Guerra Fría, los sandinistas consistentemente no han buscado destruir la religión, sino apropiarse de ella para servir a los objetivos políticos de los revolucionarios. Este objetivo se ha perseguido de varias maneras, incluido el intento de establecer una ‘iglesia paralela’, así como el intento activo de intimidar a los líderes de la Iglesia para que se sometan y empoderar a aquellos con tendencias o inclinaciones más aduladoras”.
O sea, que a juicio de los obispos de EE. UU. las acciones del Estado contra la Iglesia católica y algunas denominaciones evangélicas no son una persecución religiosa en estricto sentido, sino una pretensión totalitaria de someterlas y ponerlas al servicio del régimen. Como de hecho ya desde hace tiempo son algunos clérigos católicos y pastores evangélicos.